miércoles, 16 de septiembre de 2015

Los alguien

"Los espantapájaros se zambullen en la niebla.
Con la cabeza rellena de sentido común
aplauden sus prejuicios, sus lugares comunes
y comienzan todas sus frases con la palabra yo."

Luis Alfredo Villalba


A las 19,30 de un día con el viento Zonda dueño de todas nuestras sensibilidades sonó el teléfono. Atendí. Se presenta una voz masculina, joven y amable. "Buenas tardes, soy del equipo de Prensa de Mauricio Macri", me dice. Primera sorpresa, no es una grabación, es un ser humano. "¿Es usted Julio Rudman?" Sí, claro, ese que nombra soy yo, pienso, pero le digo que sí, sólo eso. "Queremos hacerle algunas preguntas, ¿puede responder ahora?". Con mucho gusto, y empecé a relamerme, a poner en funcionamiento el costado más ponzoñoso de mi hemisferio derecho. Pero nunca imaginé que la estocada venía por donde venía.
El joven toma impulso y comienza la compulsa (de ideas porque para la de precios tienen la organización armada en Obeliscolandia). "¿Qué necesitaría usted para ser feliz?", me escupe el tipo por el tubo. En ese instante pensé en las multitudes manipuladas por algún pastor trucho en esos templos brasileños y me sentí uno de ellos (de los manipulados, digo), pero fue un flash, sólo un instante. Me rearmé, puse la voz lo más parecida a la de Eduardo Aliverti (mi vocación por el ridículo sigue intacta) y respondí: "Necesito que el 25 de octubre próximo gane la fórmula del Frente para la Victoria, necesito que Scioli y Zannini profundicen lo hecho desde 2003, necesito que Macri confiese que no puede o no quiere ser presidente." "Je", fue la reacción del joven pro. Tragó saliva y se recompuso. Más o menos, porque de inmediato me agradeció la atención y cortó. Con la satisfacción del deber cumplido volví al televisor. En ese momento recordé que me había prometido, el muchacho, preguntas, así, en plural. Se ve que con mi perorata quedó satisfecho, pipón, como yo cuando mis queridas amigas me festejan con sus postres.
Mientras el noticiero mostraba el enésimo naufragio mediterráneo y su contracara, la señora Merkel distribuyendo entre sus pares los pobres que ellos mismos fabricaron y ahora no saben dónde poner, mientras salía pus de los contratos entre amigos del gerente de la Ciudad Autista de Buenos Aires, recordé una conversación con Lucrecia (supongamos que se llama así). Ella revolvía su pocillo de café cuando ya se lo había tomado. Estaba asustada, preocupada por la posibilidad de que todo se fuese al carajo. Traté de calmarla, le pedí otro café. Por lo menos para que no revuelva al pedo y me lancé a desplegar mis argumentos tranquilizadores. Los comparto con ustedes.
Todavía no sé si la derecha nativa no quiere ganar las elecciones porque no puede. O viceversa.
Un partido político que critica el sistema electoral del que participa juega con fuego. Porque si gana (toco madera) gana manchado por su propia sospecha. Ergo, si bate el parche con el argumento del fraude es que sabe que no gana. Un partido político que admite, en la voz de su eventual ministro de Economía, que va a devaluar la moneda un 60% es porque sabe que no llegará al Poder, al menos por la vía electoral (vuelvo a tocar madera). Un partido político que promete terminar con la pobreza, el narcotráfico y unir a los argentinos en 4 años sin explicar cómo sabe que es marketing, sólo eso, y que es más fácil vender un chocolate a un niño que asumir el Poder (tráiganme más madera). Un partido político que tiene un candidato a presidente abonado a las indagatorias judiciales desde que era así de chiquitito y cada vez y desde siempre va a esas audiencias con paraguas mediático a prueba de almanaques. Un partido político que recibe el aplauso militante de un sentenciado por violación (Héctor Ruiz, exintendente de La Banda, Santiago del Estero. A propósito, hay que ser macrista y haber sido alcalde de un lugar que se llame así).
¿"Tu argumento supone que hay que seguir tomando café hasta que el 25 de octubre a la noche nos encuentre festejando junto a los compañeros en la plaza?", me miró Lucrecia mientras revolvía su tercer cortado.
No, de ninguna manera, porque de este comicio deben surgir funcionarios legitimados por los votos populares, pero no sólo. Deberán sustentarse en el piso alcanzado, en los ladrillos consolidados y con los cantos, los colores y el perfume que reparten "los nadies" de los que habla Galeano, "los ningunos, los ninguneados". Los que empiezan a ser "los alguien", los visibles, los que pueden acceder a bienes y servicios que eran de exclusiva propiedad de los espantapájaros del yo, los que se hacen visibles por "prepotencia de trabajo".
No sé si convencí a Lucrecia, pero el beso de despedida en la puerta del bar me dejó ese sabor a fruta primaveral en la comisura izquierda de mis labios.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Cultos

A Graciela Alaniz, amiga de buena madera


Algo se veía venir. El escritor Ilya Ehrenburg había escrito en 1954 "Deshielo", novela emblemática desde el título, aparecida el mismo año de la muerte de Stalin. Después, en febrero de 1956, el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética desnudó las perversiones de un sistema que nació para liberar al ser humano de la explotación y desbarrancó hacia las purgas, matanzas y otras ternuras así. Nikita Jruschov, el histriónico y rechoncho líder del deshielo, describió la conducta de dirigentes y burócratas varios que se inclinaban sumisos ante la presencia, a veces simbólica, del padrecito georgiano. A eso se le denominó "culto a la personalidad". Y el ejemplo se viralizó, como dicen los posmodernos hoy.
El primer peronismo al compás de los avances libertarios a favor de trabajadores y capas medias también produjo ese fenómeno. La figura y las frases del general ocuparon la cartelería pública, los libros, las películas y las efemérides y el país se hizo casi monocolor. Tal vez haya sido una característica de época. Lo cierto es que en la Unión Soviética y en nuestra patria hubo motivos que pueden explicar el fenómeno. Explicar, no justificar.
Allá, la conducción estratégica de la guerra y su secuela de millones de víctimas y destrucción de medio país. Acá, el Estatuto del Peón rural, la sensación de dignidad para la clase obrera, su participación protagónica en la construcción de una nueva sociedad, su constitución, aunque precaria, como sujeto político emergente. Los años demostraron, allá y acá, que no era tanto ni tan poco, pero es fácil leerlo en el diario del día siguiente.
Pero parece innegable que Argentina tiene características suficientes como para escribir páginas llenas de épica en distintos ámbitos. Nadie nos va a discutir el mérito de haber inventado el dulce de leche, el revuelto gramajo y la costumbre de pintar el frente y el trasero de los camiones con frases y dichos populares. O la birome. Y para qué hablar de las dos gloriosas M del fútbol mundial: Maradona y Messi. Y el tango, claro, el tango. Y las villas miseria y los desaparecidos y tantas tragedias más industria nacional marca registrada.
La cuestión es que no nos cansamos de ser los primeros en instalar novedades, quizá globales, vaya uno a saber. Cuando veo a señoritas, señoritos, viejas y viejos musicalizando su fervor idiota con la bijouterie y las casacas de moda, respectivamente. Cuando lo veo a él bailar sobre el escenario como un canguro epiléptico, cuando escucho su escaso vocabulario, para colmo dictado al oído o escrito por su coach o leido en una pantalla mal disimulada, en fin, cuando el festejo por alguna de sus arengas vacías y abstractas se viste de globos amarillos. Cuando la impostura los hace vociferar "Se siente, se siente, Mauricio presidente" me pasan dos cosas. En lugar de presidente mis oídos escuchan prescindente. Y, sobre todo, sospecho que Argentina ha inventado el "inculto a la personalidad".