lunes, 26 de octubre de 2015

Soy un tarado

Según el Manual de Política Moderna de la Correct University de Tranquilandia esto que voy a hacer no se hace, pero no me importa. En primer lugar, seré autorreferencial y además meteré la cuchara en el trillado y espinoso asunto de que si el pueblo se equivoca o no. Hasta donde sé eso que se conoce como pueblo está compuesto por seres humanos, llamados electores para la ocasión. Entonces, falibles por definición. Y más si se cuentan de a muchos. Pero se lo sacraliza y ya se sabe que lo sagrado y quien escribe no se llevan bien.
Cuentan que mi abuelo Manuel encaneció en una sola noche, la noche en que murió un hijo suyo. Sucedió mucho antes de que yo naciera. Lo conocí así, con su pelo blanco y finito, hilos de nieve en ese hombre robusto y tierno. Anoche cuando me acosté a no dormir me acordé de ese episodio. No fue mi caso, mis hijos y mis nietos están bien, tristes y golpeados por dentro, pero con la rebeldía en pie. Soy yo el que se siente un reverendo tarado. Si no sonara soberbio diría que anoche me licencié en tarado cum laude.
¿Cómo no me di cuenta de que dos satélites celestes y blancos surcando el espacio no cuentan ante la telenovela de las 19? Sólo un tarado mayúsculo al que se le llenan los ojos de agua cada vez que las Abuelas recuperan un nieto puede creer que ese momento vale más que la cotización del dólar blue. Hay que ser un estúpido visceral para ilusionarse con cada universidad pública mientras la señora que almuerza en televisión sigue formateando los comedores argentinos.
¡Cómo no entendí que un viaje a Europa o al Caribe pesa millones de veces más que el reconocimiento a las trabajadoras del servicio doméstico! Este tarado que soy vio crecer la casa propia de mi hija y su familia y a las señoras y señores de la clase media mirar con recelo cómo los ladrillos se elevaban sin su permiso.
Tengo 69 años. 12 de ellos, los últimos, fui cursando la carrera de tarado. Casi el 20% de mi vida, no es poco. Fui un alumno optimista y desprendido. En esos años me jubilé y cobro la mínima. Trabajo en Radio Nacional y de la magra remuneración que recibo dejo casi la mitad en taxis y remises porque mi discapacidad motriz no me deja subir a colectivos. Es decir, soy lo más parecido a lo que mis colegas hegemónicos llaman un periodista militonto. O militaradotonto, si se me permite el trabalenguas.
Ganó el candidato que voté, pero el de los globos amarillos quedó mejor parado. Veremos, pero como soy un tarado coherente volveré a votar igual. Es que ratifico en mi soberbia taradez que no estamos aislados del mundo. Festejaron Merkel, el FMI, Rajoy, Cameron y el amigo Donald Trump. Ayer la preciosa Mar del Plata consagró a un nazi como alcalde. Ayer el ecuatoriano que le da letra a Macri ratificó su admiración por Hitler y le fue bien. Pero este tarado, el que anoche no pudo dormir y envejeció como nunca antes, es además de tarado tozudo.
En el muro de una ciudad, creo que Rosario, alguien pide que lo abracen hasta que vuelva Cristina. Paulina pide que la despierten en 2019. Yo necesito lo mismo que el rosarino, pero despierto. De puro tarado que soy.

lunes, 12 de octubre de 2015

El vacío

Lo primero que me aparece cuando busco la definición de la palabra "vacío" es: "Que no contiene nada". Y no me llena. La definición, digo. Porque si no contiene nada quiere decir que hay un continente sin contenido. Sí, ya sé, parezco Sztajnszraiber, pero sin libreto adecuado. Entonces sigo investigando y el asunto se me complica un poco más. O un mucho. A esta altura ni Darío (ni en curda vuelvo a escribir ese apellido endemoniado) me ayuda. Es que hay tantos vacíos que sus estudios pueden llenar varios estantes de mi biblioteca. El que quiero encontrar, sin embargo, no está. Pero existe, lo intuyo, casi lo sé. Veamos. Busquemos qué nos ofrece el mercado, diría Melconian.
El vacío al que se refiere la definición con que se inicia este textículo necesita un recipiente. Eso que llamé continente, pero no el geográfico. No, no me sirve para satisfacer mi curiosidad.
Si estamos en un lugar, abierto o cerrado, aludimos a la falta de individuos. Pueden ser humanos o animales. Una presentación artística y el teatro sin público. La jaula de los gorilas sin gorilas. Este último ejemplo es también, lo confieso, una expresión de deseos ideológica.
En el plano sentimental a veces se confunde con el desánimo. Cuando la mina te dejó por un rubio camel o, al revés, el vacío que siente ella si el tipo se chifló con las minifaldas de la vecina y las minifaldas ganaron por goleada.
Arrojar o arrojarse al vacío, se suele escuchar. Una piedra, en el mirador del Lago Traful. O el paso en falso ante el precipicio, imagen que me lleva a la pesadilla individual o colectiva.
Alguien filmó una película (digresión: me sublevan las comentaristas e istos que dicen peli, info, promo, pochoclera y demás mutilaciones del lenguaje) que se titula "El nido vacío" (Daniel Burman, 2008). Un matrimonio entra en crisis cuando sus dos hijos crecen y levantan vuelo. Se piantan de su hogar. Dicen que no estuvo mal. La película, claro. No la vi, pero los jóvenes hacen eso y está muy bien. A nosotros, a mi compañera y a este servidor, no les pasó. Es más, nos vino de perlas que desplieguen alas.
A un espacio que no contiene aire, que está hueco, también se lo encasilla como vacío, pobrecito. Él quiere que lo llenen, pero nadie se compadece.
La desesperanza, la depresión y el horizonte en contramano a veces te dejan vacío. Creo que los especialistas en estas situaciones le pusieron el mote de vacío existencial cuando, en realidad, quien lo padece no piensa más que en acabar con el vacío, con la existencia y el oscuro devenir. Pero, en fin, supongamos que después de las pastillas y el masaje al Eros del padeciente el tipo o la tipa salen del encierro tanático y aceptan que un buen asado con los amigos bien valió la pena tanta guita invertida y tantas horas en el diván.
Esa carne de vaca que está entre el costillar y el cuarto trasero, crocante, tierna y sabrosa, como lo preparan algunos expertos, es el mejor vacío que nuestra cultura culinaria le ofrece al mundo. Crepita en la parrilla de Guido, en la de Leandro o en la de Patico y cualquier pesar le da paso al brindis. Alguna vez el gran Juan Sasturain se explayó al respecto cuando le pidieron colaborar para un dossier cuyo tema era la carne. Claro que los solicitantes apuntaban para el lado del sexo y esas linduras, pero el Juan es así. Impredecible, creativo y maravilloso.
La Argentina que, ahora que lo pienso es como Juan, ha aportado a la cultura del mundo mucho más de lo que creemos. Ya se sabe, Borges, Gelman, Cortázar, Quino, el dulce de leche, la birome, el trágico concepto de desaparecidos y las inscripciones al frente y a la cola de camiones y ómnibus, por dar algunos pocos ejemplos. En estos días proselitistas mi país agrega a esa lista una nueva especie de vacío.
El vacío argentino mediático es un aporte de quien asume su condición de clase, pero con nada de clase. Entiéndase a la primera como colectivo social. Y a la segunda como estilo, modo de ser y convivir. Ahora que lo pienso, una y otra son complementarias, funcionales entre sí. Bien, la cuestión es que ese vacío argentino al que aludo nos llena los ojos y los oídos con burbujas de la nada, con frases evanescentes, con discursos retóricos. Que habrá pobreza cero, que juntos podemos, que los sueños, que nos merecemos vivir mejor, que todos somos buenos y tomamos la sopa, que mejor cambiemos, que vamos a hacer un millón de casas porque somos un millón de amigos de Roberto Carlos y de María Eugenia, que nadie nos va a perseguir por pensar, que podremos empapelar nuestro hogar con billetes verdes y colgar globos amarillos en la cuna de los bebés, que van a matar a los malos como en las películas de Hollywood, que la patria es el campo y la empresa privada es un orgasmo económico, que en los países serios la educación es de mejor calidad siempre que sobrevivas a la matanza semanal en sus aulas, que la Justicia debe ser independiente para que no se lleve puesto a los estafadores de lujo, pero no deje en paz al pibe adicto, que la amistad se cotiza en las buenas, aun con errores de carga.
Un vacío raro, con pus.

jueves, 1 de octubre de 2015

Me convidan con vida

"Me vienen a convidar a indefinirme,
me vienen a convidar a tanta mierda"
 Silvio Rodríguez



Soy inconforme de nacimiento. Tal vez mi malformación articular congénita, más tanto libro leído y por leer, tanta poesía gelmaniana, tanto Saramago, tanto Cortázar, tanto galeanismo, tanto perfume de la revolución cubana, tantas amistades, tanto amor célico, tanto hijo e hija luminosos, tantos nietos al sol, tanto fracaso personal, tanta derrota colectiva y tanto Gramsci me fueron alimentando la insatisfacción optimista. No sé si se entiende. Quiero decir que a medida de que vamos subiendo la cuesta se me aparecen nuevos desafíos. Se nos aparecen, digo. Y así debe ser. Ningún conforme ayudó a cambiar la historia.
A esta altura del partido cuatro años se cotizan alto. Puede ser por un viaje importante o el reencuentro con alguien muy querido, un período presidencial o la partida final de un amigo (aunque tenga razón Marx por aquello de que la muerte es "esa revancha de la especie sobre el individuo"), pero cuatro años se convierten entonces en decisivos.
Y me acordé del cuento "Alí Babá y los 40 ladrones", que forma parte de "Las mil y una noches". Un clásico tan clásico que, adaptado a épocas de nuevas tecnologías, de guerras preventivas y pontífices americanos "de la vereda de acá", parece una alegoría escrita en la mesa de madera de un bar de Buenos Aires. Mientras tanto encuentro el concepto de "bancarrota moral" del que habla Ricardo Piglia en "Los diarios de Emilio Renzi" (Anagrama, 2015) y calza justo en el panorama de opciones para empezar a vivir el cuatrienio futuro.
Me vienen a convidar con las 19 vacunas obligatorias y gratuitas o a la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones.
Me vienen a convidar con las 1.900 escuelas públicas nuevas o a la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones.
Me vienen a convidar a darle la bienvenida a los científicos argentinos repatriados, ya más de mil, o a la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones.

(Pequeña digresión antropohistórica: que uno de los administradores de la guita de Alí Babá, es decir uno de los 40, se apellide Macchiavelli se puede leer como una afrenta al gran Nicolás o como una ironía cósmica. Cósmica dije, no cómica).

Un exhumorista mendocino, un exdirigente peronista con apodo maderil, un actual abogado de asuntos electorales y Alí Babá y los 40 bla bla opinan que hay pueblos enteros que no están en condiciones vitales de saber elegir. Ellos creen, en verdad lo creen, que un bolsón de comida y un par de zapatillas vulneran la soberanía de las personas humildes. Ellos creen que los otros son como ellos, como Alí Babá y los 40 ladrones contratistas del Estado bobo.
Me vinieron a convidar un lugar en la plaza sin rejas, un espacio en los tribunales donde se juzga a los genocidas de uniforme, de sotana o de saco, corbata y guante blanco. Me dejé convidar agua del manantial que brotó del hueco que dejó el cuadro del infame, descolgado por las manos sabias del que nos dejó antes de tiempo.
Me vinieron a convidar 117 veces, por ahora, ciertas abuelas al reencuentro con los pañales blancos, la calesita de la plaza, las muñecas de trapo y la pelota de cuero del potrero. Y acepté ese convite como acepto los abrazos de mis amigos y los postres que preparan mis amigas cada vez que hay fiesta en los patios. A esa fiesta no fueron, no van y no irán jamás Alí Babá y los 40 "espantapájaros del yo".
Me sumo jubiloso y jubilado a las fechas de cobro, a las vacaciones, al trabajo solidario, a las abejas y sus mieles, al roce de las manos callosas de los obreros. Se me instala en la cara la sonrisa de la Tere, nuestra trabajadora doméstica, cuando se entera de que su paritaria la protege por primera vez en la historia argentina. A ella, que es peruana, connacional americana del sur.
Pero, como dije, no me alcanza, no nos alcanza. Todavía hay mujeres que no pueden decidir sobre su cuerpo, hay extorsiones internas, hay mucho garca sentado a la mesa de la fiesta, faltan guardaparques y guardabosques, hay demasiada mugre mineral y sobran terratenientes sojetes. Todavía hay pobres que matan a pobres por defender la sacrosanta propiedad privada de un celular imbécil,. Ayer nomás, en Ugarteche, Luján de Cuyo, Mendoza, la prédica mediática de la "tolerancia cero", de que esto es mío y sólo mío hizo encender el fuego asesino y calcinó la vida de un pibe de 16. Con la impunidad que los caracteriza, los incomunicadores de siempre se regodearon en el morbo de una falsa "justicia por mano propia". Cuando en verdad hubo antes años, decenas de años de tinta roja, micrófonos sucios y cámaras obscenas enseñando que el otro es el enemigo. También allí juega su juego Alí Babá.
Resumo para no aburrirte, resumo para seguir. Cuando me convidan a la vida, celebro y voy. Pero cuando Alí Babá y sus 40 me convidan con el veneno de sus balances mentirosos, con sus cirugías oxidadas, sus cuentas en guaridas externas, con sus joyas truchas y sus ostentaciones de plástico. Cuando de su cueva sale ese olor putrefacto, cuando sus excrementos emergen de los micrófonos, las cámaras y los muros virtuales. En fin, cuando la mierda de clase trabaja su fétida plegaria, ya sé qué hacer en octubre, mes de revoluciones amanecidas.