miércoles, 23 de diciembre de 2015

Triste, solidario y final

Anoche soñé que manejaba un auto. Iba por una ruta costera y el vehículo se deslizaba con la placidez que dan los buenos momentos, los buenos sueños. Como saben los que me conocen mi discapacidad motriz me impide conducir un coche, un camión, un ómnibus, un tanque, una lancha y un avión, entre otras cosas. Pero soñé y quién me quita lo soñado y la cara de feliz cumpleaños que me inundaba. Iba acompañado por un amigo muy querido, de los de la categoría de los eternos.
Hoy, miércoles 23 de diciembre, termina el ciclo 2015 de "El Candil", programa de radio que en noviembre pasado cumplió 20 años consecutivos en el aire. Desde febrero de 2011 su hogar fue Radio Nacional Mendoza, bajo la dirección de Ernesto Espeche (no habrá ninguno igual, no habrá ninguno). Y si digo fue y no es se debe a que algo pasó en nuestra patria el 10 de diciembre de 2015. Pero enseguida sigo con eso.
A los festejos por el aniversario vinieron, antes del cataclismo electoral, Liliana Herrero y sus músicos, Víctor Hugo Morales, Eduardo Aliverti y Nora Veiras, todos y cada uno cosecha de amigos, compañeros y colegas (en ese orden) de tantos años.
Después vino lo que vino, el aluvión de los negocios amparados en la legitimidad del voto popular. Por muy poquita diferencia, pero diferencia al fin. Juan Carlos Villegas, trabajador de la empresa avícola "Cresta Roja", reprimido por Gendarmería según las instrucciones del delincuente que nos gobierna, dijo que él y sus 5 hijos lo habían votado porque querían un cambio. Y el muy procesado cumplió. Algo cambió. Jamás lo habían reprimido a él o a sus compañeros laburantes durante estos 12 años. Cambió, ahora los apalean, les pegan, los hieren, los desamparan y cuando están hechos mierda van y negocian unos mangos, pero con la promesa firme de que van a volver a apalearlos, pegarles, herirlos y desampararlos las veces que haga falta para que los sojeros y los formadores de precios sigan rapiñando tranquilos. Axel Kicillof, nuestro mejor Ministro de Economía, dijo que, a diferencia de otras épocas, no necesitan privatizar las empresas estatales porque las han asaltado, las tomaron para ellos Monsanto, Techint, Clarín, HSBC, Shell y siguen las firmas.
En fin, nadie sabe decirme si en febrero volveremos a juntarnos, a abrazarnos a través de los micrófonos de la Radio Pública. Mientras escribo estas líneas de despedida están anunciando la intervención de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual, AFSCA, organismo creado por la ley más y mejor trabajada por la sociedad civil argentina y sancionada por amplísima mayoría legislativa. Es decir, no soplan buenos vientos.
Sin embargo, si soñé lo imposible me pregunto y les pregunto ¿cómo harán los buitres nacionales que supimos conseguir para impedirnos soñar? ¿qué decreto me va a prohibir comunicar mis sueños y mis pesadillas?
Esta despedida es triste, no lo puedo negar, no sé si será final, insisto, pero a diferencia del título de la obra del gran Soriano y según lo vivido en estos días por el equipo que me acompaña y por mí, no será un final solitario. El amor de los y las oyentes convierten a esta despedida en un abrazo solidario. Abrazo aprendido en esta docena de años, los mejores de mi vida.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Conejos

"Se acerca un tiempo de conejos"
Silvio Rodríguez


"¿Qué hay de nuevo, viejo?". Mientras roe una zanahoria, la misma zanahoria de siempre, el conejo Buggs Bunny aparece en las pantallas de la televisión mundial desde el 27 de julio de 1940. Es decir, es más viejo que yo. No mucho, pero 6 años a esta altura de la vida es una diferencia más que interesante.

Sos, desde entonces conejo viejo, una herramienta de lo que algunos politólogos, sociólogos y demás "ólogos" llaman penetración cultural. Nuestro país fue también víctima, en estos días, de esa infección ideológica. Y ahora que el Gerente General y sus secuaces se proponen "desideologizarnos" hasta los saludos no está demás, entonces, repasar si hay algo de nuevo o no, viejo.
Y no, me parece que no, viejo. Si inclusive en algunos casos son los mismos conejos de antes o sus crías de idéntico apellido. Veamos. Federico Sturzenegger es el mismo. Alfonso Prat Gay y Carlos Melconian, también, viejo. Pero Horacio Liendo es el hijo de Horacio Liendo, el ministro del Interior o algo así del infierno genocida. O Nicolás Massot, sobrino del tío Vicente, el dueño del diario nazi de Bahía Blanca "La Nueva Provincia". Procesado el tío viejo, viejo, por la desaparición forzada de dos trabajadores de su medio durante la dictadura. O Luis Blaquier, también sobrino, pero de Carlos, el viejo, viejo, dueño del Ingenio Ledesma y responsable de la "Noche del Apagón", que nos debe la vida de muchos jujeños en esa época del miedo. O Santiago de Estrada, el octogenario y prejurásico responsable de la Secretaría de Cultos (en el sentido religioso del término, casi un oxímoron), también desempolvado de la lista de cómplices civiles del terrorismo de Estado.
Donde antes se leía Michel Camdessus o Teresa Ter Minassian hoy se lee Thomas Griesa, Cristine Lagarde o Daniel Pollack. Donde antes se leía ajuste hoy léase sinceramiento. Pero nada nuevo, viejo. Son las careteadas en la gala del Colón y los escotes frívolos de las minas de los CEOS, las groserías farandulescas en los balcones históricos y los atropellos y amenazas de los que vuelven, viejo, rejuvenecidos de revancha.
El Deutsche Bank, Citibank, JP Morgan (conozco gente de otra JP un poquitín más solidaria, viejo), HSBC, Monsanto, Shell (con su traducción al castellano y la puteada respectiva), el innoble Magnetto, los agropecuarios Mitre, sus vacas y sus campos robados a punta de pistola, sus escribanos y sus jueces, todos ellos te van a dejar sin zanahoria y sin tus hermosas paletas frontales, viejo Buggs. Van a sobreimprimir la imagen de Laura Alonso a la tuya con la voz de Marcelo Bonelli diciendo "Que la inocencia les valga" y durante los próximos cuatro años, por lo menos, todos los días será 28 de diciembre. Así es, viejo. Nada nuevo.
Salvo que aparezcan los otros conejos. El necio que canta Silvio, el que se va con Alicia al otro lado del espejo o ese que, asombrado, sale de la galera del trabajador cuando cada atardecer, al regresar al hogar, el hijo, conejo él también, corre a su encuentro con la sonrisa desplegada.