miércoles, 28 de septiembre de 2016

Significados

                                       "Que no es lo mismo, pero es igual"
                                                                              Silvio Rodríguez

Trataré de ser breve. Hay otras urgencias. Por ejemplo, el machismo, la cosificación de las mujeres y la defensa irrestricta de la propiedad privada las están matando a mansalva. Ahí voy.
Cuando la escuela primaria me recibió, a los seis años de edad, mi madre y mi hermana se esmeraban en proteger cuadernos, libros y carpetas con esos papeles verdes o azules, con dibujos y guardas que semejaban arañitas. A mí nunca me gustó tapar los libros. El colorido de sus tapas y lomos eran, y son, un regalo para mis ojos. Los veo como un arco iris, reflejo de lo múltiple y lo diverso que encierra su interior. Pero los cuadernos y carpetas sólo tienen la marca comercial al aire y eso siempre me importó un bledo.
Cuando entré en la pubertad y la adolescencia, es decir, cuando perdí la inocencia y gané el placer de sentir placer por el roce de los cuerpos, por las caricias cómplices, la búsqueda gozosa de las humedades sexuales compartidas aprendí, me enseñaron, a cuidarme de contagios peligrosos. Llegó la época del sida, pero también el riesgo de un embarazo no querido y la responsabilidad irresponsable de traer un bebé a este mundo sin estar preparados, ella y yo, para esa maravilla. Entonces había que aprender a utilizar ese látex, ese capuchón que nos preservaba de esos riesgos y nos permitía disfrutar de los cuerpos. Terminada la fiesta había que retirar el globito impregnado de esa "gelatina de sexo pegajoso", como escribió Armando Tejada Gómez.
Hace unos días el presidente argentino que supimos conseguir viajó en transporte público de pasajeros como uno más. Sonriendo (él con la dentadura blanca y completa, ellas y ellos no), tomado del pasamanos y en pleno diálogo con sus compañeros de viaje. Eso pareció. La cuestión es que todo fue mentira. Ni los pasajeros eran pasajeros, incluido él, ni el viaje era un viaje. Montaron la escena para difusión. Un acting, le dicen los chetos. En agosto pasado sucedió algo similar durante su visita, la visita de él como dicen los mexicanos, a Mendoza. Pidió permiso para ir al baño en una casa de Luján de Cuyo. También mintió. Los dueños de casa confesaron que sabían desde el día anterior que la vejiga presidencial iba a protagonizar esa performance. Estrategias de comunicación.
El senador bonaerense del PRO, Juan Pablo Allan, dijo ante la evidencia que era "nueva forma de comunicar". Lo dijo en televisión sin que se le mueva ni un pelo ni un músculo. También eso es falaz. Durán Barba, el estratega del asunto, es un buen alumno de un tal Goebbels. Nada nuevo.
De usted, lectora de mis amores, depende encadenar los relatos etarios del concepto que nos ocupa. Una misma palabra, pero significados distintos. La riqueza de nuestro idioma lo permite.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Desnaturalizar es la tarea

Se llama Miguel Ponce y dice ser radical. Radical, el término, viene de raíz, pero en este caso se refiere al partido político que tiene su origen en Leandro Nicéforo Alem y su secuencia histórica en Hipólito Yrigoyen, Marcelo Torcuato de Alvear, Arturo Illia, Ricardo Balbín, Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa y en esta absurda muestra de vasallaje neoliberal que tiene en su muestrario destacado a Ernesto Sanz y Luis Brandoni con sus "tres empanadas".
Ponce se reivindica como militante de los '70. Hace gala de haber pertenecido a la generación de los soñadores por un mundo más justo, los revolucionarios, los "hombres nuevos". Es casi un panelista de las tardes domingueras de C5N. A veces parece un hombre sensato, equilibrado. Suele criticar al gobierno nacional por no acceder a las propuestas "sociales" de su Partido. Algo así como esas amantes clandestinas que le reprochan a su macho alfa que no le pongan el departamento prometido. Despecho, que le dicen.
Cuando se refiere a los gobiernos de Néstor y Cristina Miguel se transforma. Parece brotarle espuma por la comisura de los labios y uno tiene la impresión de que se le va a romper la camisa, le van a empezar a crecer pelos en la espalda y las manos, los ojos se le van a salir de las órbitas y la piel se le pintará de verde hasta remedar la imagen del Increíble Hulk. en versión porteña. Toda la mesura, racionalidad y equilibrio se le van al carajo. El hombre, ya transformado en un personaje de Lovecraft, colapsa. Su Yo, su Ello y su Superyó se retuercen en una danza diabólica que hace las delicias de Freud, que fuma su pipa con sonrisa socarrona desde su tumba - diván.
Doy un ejemplo reciente.
Se debatía el tema de la seguridad cotidiana. Alguien dijo que hay una relación directa, pero no única, entre la desigualdad creciente y los casos, también crecientes, de inseguridad. Don Miguel aprovechó la volada para volcar todo su odio simiesco hacia el gobierno anterior. Que se habían robado todo (¿le suena?), un PBI y medio, dijo. Y remató con el sonsonete de que los 12 años anteriores habían sido de los gobiernos más corruptos de la historia argentina. El conductor del programa, Nicolás Magaldi, que a veces hasta parece un periodista, le preguntó de inmediato si el gobierno actual era o no corrupto. Ponce, rápido de reflejos, respondió que habrá que investigarlo. Como al anterior, a los dos, dijo.
O sea, un segundo antes afirmó, muy suelto de bigotes, que era el más corrupto, pero que había que investigarlo.
Nadie le hizo notar la contradicción. Síntoma elocuente de que se ha incorporado al inconsciente colectivo la versión Bonadio del pasado reciente. Total, ya está naturalizado el chisme del robo del PBI, a imagen y semejanza de los bolsos de guita sobrevolando a las monjitas del convento.
Todo se naturaliza así, sin anestesia. Que las tarifas de los servicios públicos había que actualizarlas y eliminar los subsidios. ¿Por qué? Porque las empresas concesionarias no tenían rentabilidad. Que Macri y los suyos no necesitan robar porque eran ricos desde antes de llegar al gobierno. Aunque también se naturaliza no preguntar cómo se hicieron ricos. Que la vicepresidenta Michetti es honesta porque vive en silla de ruedas. Como si la historia de la humanidad no desbordara de ejemplos de discapacitados corruptos. Papas, monarcas, empresarios y dirigentes políticos, por ejemplo. Que matar a quien te roba es natural, como síntoma inhumano de la preeminencia de la defensa de la propiedad privada por sobre la vida. La naturalización de la venganza que ignora que nadie nace chorro, así como ninguna mujer nace puta.
Una flamante publicidad del Banco Hipotecario promueve las ventajas de depositar nuestros dineros bajo la modalidad de plazo fijo. En una anécdota proselitista a tal fin se ve a una señora retirar su plata de debajo de la cama mientras la voz en off la asusta respecto de los peligros de robos y esas travesuras capitalistas. O sea, promueve un afano para evitar otro. Si la vista no me engaña la actriz en cuestión se parece bastante a Michetti, pero no se observan ni la silla de ruedas ni al generoso novio empresario protagonizando la escena. En fin, coincidencias tal vez. Ya se sabe, el mundo del marketing tiene estas preciosuras.
Desnaturalizar tantas mentiras nos llevará la vida, supongo. Para cuando mis nietos desenmascaren las bravuconadas de los Ponce de entonces no habrá sillas de ruedas que amparen a ningún Ministro de Trabajo que ponga a disposición de los empresarios lo que fue creado para defensa de los trabajadores, ponele. Espero.