lunes, 20 de marzo de 2017

Tarupitambiota

La vicepresidenta argentina, Gabriela Michetti, ha dicho que sería bueno que se suspendan las elecciones de medio término, las que renuevan parcialmente el Congreso Nacional.
La reacción que produjo su exabrupto ha sacudido la tumba de Montesquieu, pero a mí me trajo a la memoria una travesura infantil. O de la preadolescencia.
Cuando se nos presentaba un personaje que mezclaba buenas dosis de ignorancia, soberbia y hasta cierta ingenuidad se le decía opa, si la ignorancia predominaba, o tarado, estúpido, imbécil e idiota. Yo todavía no había confirmado mi vocación periodística, pero ya tenía alguna predilección por la síntesis. Y sí, desde muy chico me devoraba cuanto libro quedaba a mi alcance. Y los que no quedaban a mi alcance también. Aprendí en esa época a jugar con las palabras. Otros preferían las figuritas, las bolitas y las piernas femeninas (en este último caso me prendía también. Virtud estética que me dura).
Así nació ese neologismo. Tarupitambiota, esa mezcla, esa síntesis entre tarado, estúpido, imbécil e idiota. Me parece que a esta mujer el diagnóstico le cae justo. Además, era y sigue siendo un adjetivo sintético, nuevo y unisex. Pero también me parece que bien vale profundizar un poco más en el asunto.
Michetti me hizo acordar a esas criaturas que repiten en público lo que escucharon en la casa. Los comentarios familiares en el almuerzo, el pensamiento de papá y mamá respecto de los proyectos hogareños para el futuro y sacadas de cuero varias mientras tomamos el cafecito de la sobremesa. Por ejemplo, la novia que presentó la sobrina de la Choli, la vecina del 5° C.
Tengo la impresión de que debe haber sentido esa propuesta de boca de alguno de los mequetrefes gubernamentales mientras el encuestador contratado les acercaba los últimos datos de cara a los comicios de octubre.
Y con la impune tarupitambiotez que la caracteriza salió a repartirlo "urbi et orbi". Ellos lo piensan, ella lo dice. Anda floja de Superyó.

jueves, 16 de marzo de 2017

Teoría del rehén

No hay un mundo feliz. No existe. O sí, pero sólo como novela. Aquella obra del escritor británico Aldous Huxley publicada en 1932 plantea, con la ya tradicional flema inglesa, la imposibilidad de una sociedad sin conflictos.
Traigo a colación este clásico literario universal porque las aguas de nuestros días turbulentos se agitan cada vez con más ímpetu mientras desde las alturas del Poder nos machacan frases con la intención de que vivamos una eterna telenovela.
El conflicto se plantea alrededor del concepto de conflicto, precisamente. Es que no hay sociedad que no tenga conflictos. Es más, no se avanza sin conflictos, como me dijo un hoy funcionario provincial radical macrista cuando todavía la jugaba de progresista, hace mil años. Son imprescindibles para crecer, para ser mejores siempre y cuando se resuelvan a favor de la vida. El divorcio vincular, el fin de la esclavitud, el voto femenino y miles de ejemplos más fueron avances que se consiguieron gracias a los conflictos planteados.
A raíz del deterioro vertiginoso y feroz que padecemos desde fines de 2015 se suceden y acumulan los reclamos. Sin embargo, la propuesta desde los gobiernos provinciales y el nacional es enfrentar a los reclamantes con el resto de la sociedad. El argumento central que esgrimen gira alrededor de la Teoría del Rehén.
Los docentes del país se movilizan para que Macri y sus secuaces cumplan con la ley. Ni más ni menos. Se declaran en huelga y entonces los rehenes, dicen las autoridades, serían los alumnos y sus padres.
Si la huelga la declaran médicos y enfermeros los rehenes serían los pacientes.
Si el paro lo impulsan los bancarios seríamos rehenes los clientes, nuestras cuentas, nuestras deudas y nuestras caras de culo ante el cajero automático.. En realidad, ahora que lo pienso, somos siempre sus rehenes. Con paro o no.
Si paran los trabajadores de los medios de transporte seríamos los pasajeros.
Si protestan los carniceros las víctimas serán los asadores de los domingos. Esto ya suena a un ejemplo nostalgioso.
Si la huelga la declaran los panaderos nosotros, los gorditos asumidos, vendríamos a ser sus rehenes.
Y si un día los sepultureros abandonan su tarea excavatoria por tiempo indeterminado los cadáveres quedaremos como rehenes de la intemperie eterna.
No hay caso. La vida novelesca, edulcorada y florecida, es sólo posible en la ficción. Y ni siquiera, me parece, después de leer a Huxley.
Pero la paradoja esencial se producirá el día en  que haya paro nacional general. Porque, más temprano que tarde, ese día llegará. De la mano de Manuelita, la tortuga de Pehuajó, pero llegará. Y entonces seremos todos rehenes de nosotros mismos.