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jueves, 22 de diciembre de 2011

Portación de apellido

No sé quién lo traía a casa. Ni la frecuencia con que lo leía. Pero sí sé que me hice adicto a sus páginas y tal vez sea uno de los tres o cuatro "culpables" de que yo sea periodista y esté fatigándolos también con estos textículos.
Recuerdo su formato sábana, sus ocho páginas, su logo verde milico y, sobre todo, la pluma mordaz, incisiva y bien fundada de su director. El periódico se llamaba "Propósitos" y era una bandera de debates y polémicas cuya distribución oscilaba entre la venta legal en los kioscos de revistas y la militancia clandestina, según los humores del prepotente de turno. Su inspirador, director y redactor principal, Leónidas Barletta, era un francotirador de izquierda. De lo que entonces se conocía como "compañero de ruta o aliado" del comunismo. Hoy le diríamos comunista inorgánico.
Dotado de un riquísimo uso del lenguaje, Don Leónidas no dejaba títere con cabeza. Tenía pergaminos suficientes para salir al cruce de todo tipo de iniquidades, desde los casos de censura explícita o disimulada hasta las denuncias públicas cuando el sistema capitalista mostraba sus garras contra los desposeídos. Es decir, mostraba su esencia.
En 1930 fundó el Teatro del Pueblo, emblema y refugio gestor del movimiento de teatro independiente en nuestro país. Allí estrenó varias de sus obras Roberto Arlt, entre otros.
Es cierto que en nuestra historia hay casos de apellidos que se repiten, pero no se repite la trayectoria de los poseedores. Me viene a la memoria el apellido Justo. Agustín fue presidente garca de Argentina y su hijo Liborio un pensador anarquista que usaba el apodo Quebracho (nombre de una agrupación de energúmenos contemporáneos que creen que quemar un árbol navideño es revolucionario. Actitud ésta que ejemplifica y da la razón a aquella paráfrasis de "El Principito", ese grafitti virtual que dice: lo esencial es invisible a los troskos) y que dejó páginas atrevidas e inteligentes. Otro Justo, Juan Bautista, fue uno de los ideólogos del socialismo blandito, en épocas de polémicas fecundas.
Entre los Alsogaray hay casi de todo. Desde el padre del neoliberalismo ortodoxo y capitán e ingeniero, el inefable don Álvaro, pasando por la hijita de los tapados de visón, los incendios patagónicos, los arrumacos ideológicos con el riojano más perverso, María Julia, hasta un comandante Montonero asesinado por quienes fueron el brazo armado de su propia clase social. Por estos días conocí el caso de Magdalena Roca, sobrina bisnieta del genocida Julio Asesino Roca, ferviente defensora de los derechos de los pueblos originarios. Ella misma reconoce la sublime influencia de nuestro Osvaldo Bayer. Recientemente, se nos murió León Rozitchner, uno de los pensadores más sólidos que dio la filosofía nacional. Su hijo Alejandro forma parte del equipo de discriminadores, elitistas y grondónicos de lo peor de la llamada inteligencia de derechas.
Me vino el recuerdo de Leónidas Barletta cuando el flamante presidente de lo que queda del radicalismo vernáculo, Mario Barletta, llamó a reintegrarse al Partido a Ricardo López Murphy y Elisa Carrió. No sé si Mario es o no descendiente de Leónidas, pero la portación de apellido no garantiza, ni mucho menos si nos atenemos a los ejemplos mencionados, la portación ideológica. Los declamados aires de renovación que, presuntamente, traería la designación del ex intendente de Santa Fe se fueron al diablo. Llamar a dos retrógrados para gestar progresismo me recuerda al título de uno de los libros liminares del Barletta histórico. En 1957 apareció "Cuentos del hombre que daba de comer a su sombra".
No otra cosa parece estar haciendo el radicalismo argentino.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Una despedida

Lo conocí al fragor del desamparo político que dejó el cataclismo de 2001. Precisamente, las masas en la calle (eso que llamamos pueblo, sin avergonzarnos) nos amparaban los sueños, golpeados por pesadillas. El coro biclasista que pedía que no quede ni uno solo. Y la guita acorralada.
Fue uno de los primeros en reaccionar bien. Si la debacle era general debíamos pensar las causas y los diagnósticos colectivamente. Publicó un libro en el que convocaba al desahogo inteligente de políticos de fugaz predicamento, sindicalistas no corrompidos todavía por el hambre de poder kiosquero, militantes sociales e intelectuales con relativo prestigio. Pero la figura central, el gurú convocante, el que hacía las preguntas y moderaba el debate era él. Presentó ese libro coral aquí, en Mendoza, y nació una relación de afecto que, con el correr de sus libros y mis lecturas, se transformó en amistad. Hasta tuvimos, mi familia y yo, el honor de figurar en lo que él mismo llamó un cameo en su libro de crónicas de viaje por el interior del país. Desde enero o febrero de 2002 yo me había sumado al Manifiesto Argentino por invitación de Mempo Giardinelli.
Martín Caparrós, lo dije y lo sostengo, es uno de los mejores cronistas de nuestra lengua. Y pese a los premios conseguidos no es un gran novelista. Y, mucho menos, un polemista profundo. Es agudo, irónico, sarcástico y hábil para autogestionar esas características, al amparo de organismos internacionales.
Hace un tiempo salí en su defensa cuando, en 6,7,8, en la televisión pública, se lo calificó de canalla. Dije entonces que si él era considerado así, qué quedaba para Magnetto, Morales Solá o Gelblung, por citar unos pocos ejemplos. Me agradeció el gesto por correo electrónico privado. Le contesté que sus críticas al modelo nacido el 25 de mayo de 2003 eran erróneas, según mi punto de vista. Y le enumeré las múltiples medidas de inclusión, justicia y recuperación del Estado como herramiento de cambio, entre otras. Su respuesta fue que le gustaría compartir mi esperanza y mi apoyo, "pero no puedo" me contestó, textualmente. Fin del diálogo y del contacto. Inclusive, dejé de recibir el ejemplar de cada nueva obra suya, dedicado de su puño y letra.
Siempre, hasta hoy, quise distinguir su actitud de la de Jorge Lanata. Éste, miente. Caparrós opina. No es lo mismo. Escribe para el diario El País, de España. Está en su derecho, pero cruzó el límite, según mi escala de valores morales.
En una reciente entrevista a Sergio Shoklender, para el mismo periódico, le permite al parricida reincidente, estafador y mitómano, una serie de ofensas a las Madres. Y a la inteligencia de los lectores. El tema no es a quién se entrevista, sino cómo. El tema no es tanto las preguntas que se le hacen al entrevistado sino, sobre todo, lo que se le repregunta.
Durante mi trayectoria laboral he tratado de ser coherente. Lo he conseguido, espero que en más ocasiones de que las que he fracasado. Cuando salió a la luz la maniobra perversa y criminal de Shoklender, dije y lo ratifico, que cualquier crítica opositora, cualquier reclamo ciudadano o cualquier pensamiento, por más absurdo que parezca (por ejemplo, decir que las elecciones presidenciales se iban a dirimir entre una viuda y un huérfano. O la estadística frívola de eventos, instituciones, edificios, escuelas o plazas que pasaron a llamarse Néstor Kirchner. Como se ve, tópicos decisivos para el presente y futuro de la nación), tenía, tiene como límite ético y moral, a las Madres. Aún con sus errores pero, sobre todo, con sus innumerables virtudes cívicas.
De Shoklender ya no sorprende nada. Lo de Martín obliga al asco, el desprecio y el repudio.
Lo digo desde el dolor, desde mi trabajo en Radio Nacional Mendoza, medio de comunicación de este cambio de época. A él que dicta cátedra desde uno de los instrumentos mediáticos de la maltrecha socialdemocracia europea.
He cosechado amistades invalorables a lo largo de mi trayectoria laboral. Mempo encabeza una lista de seres maravillosos que incluye, entre otros, a Liliana Herrero, Liliana Heker, Felipe Pigna, Eduardo Galeano, Elsa Drucaroff, Luisa Valenzuela, León Gieco, Daniel Viglietti, María Rosa Lojo, Rodolfo Braceli, José Pablo Feinmann, Miguel Repiso, Osvaldo Bayer, Reynaldo Sietecase, Eduardo Aliverti, Víctor Ego Ducrot, Patricia Verdugo, Mónica González. Martín era parte de este racimo nutriente, humanista y querible. Ya no.
Es durísimo, angustiante, perder un amigo por propia decisión. Pero tomo ese camino y lo hago público, con la misma convicción con que un día lo defendí por la misma vía. Me defraudó. Aunque seguramente seguiré leyendo sus crónicas fascinado y como agradecido lector.
Ya no hay diferencias. Ahora Caparrós y Lanata son Caparrata.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Parte médico

Paradójicamente, el síntoma era claro: veía turbio, oscuro. Y el diagnóstico, conocido: nada especial en esta época de ascenso a la categoría de maravilla natural del mundo. Más modestamente, me sometí por segunda vez a las manos expertas del Doctor Osvaldo Guzmán. El resultado, aunque altamente satisfactorio, me permite reflexionar acerca de la felicidad de tener sólo dos ojos. Hace dos años, exactamente, se trató del derecho. Ahora, el izquierdo, claro, si no hay más. Polifemo hubo uno solo, dicen. Esta vez la catarata era, apenas, una cascadita precordillerana.
Pero no importa tanto mi vicisitud quirúrgica como los efectos que pueda producirme al enfrentar el día a día. Veo más y mejor. Pero, sobre todo, más.
Por ejemplo, a Hugo Moyano lo veo más gordo; a Mirtha Legrand la veo más decrépita; a Jorge Lanata lo veo más parecido a Luis Majul, tanto que me los confundo y los llamo Jorge Manata o Luis Lajul; a las curvas de las muchachas las veo más apetecibles; a ciertas flores las veo más femeninas; a los amigos los veo más cercanos y tiernos, incluídos aquellos que no veo hace tiempo; a Barack Obama lo veo más pálido, menos negro y más hipócrita ("es más fácil empezar una guerra que terminarla", dijo el Premio Nobel de la Paz); a los líderes europeos los veo más bancarizados y menos bancados; a la Argentina y Latinoamérica las veo más lúcidas; no veo a algunas amigas hace mucho tiempo, más de lo tolerable; no veo más a Julio Cobos y a Elisa Carrió, pero eso no es mérito de ningún cirujano sino de la voluntad colectiva; a mis compañeras y compañeros humillados por los genocidas los veo más reivindicados, ¿no es cierto, Silvia?; a mis nietos los veo más luminosos; a mis montañas las veo más azules; a mis libros los veo más.
No habrá más partes, por ahora. Me espera la mesa de café de los sábados, la batalla cotidiana contra los burócratas de diversas jurisdicciones, mis compañeros de la radio, la militancia por mejor ciudadanía y los placeres mundanos.
Vuelvo a leer, la Tierra gira sobre su eje.

martes, 6 de diciembre de 2011

Una de animalitos

Ella se llamaba Norma Guimil. Como se había casado con un señor de apellido Plá, se la conocía como Norma Plá. Costumbre machista esa de abandonar su propia identidad para asumir la del patermarido. La Gorodischer, la Bodoc, la Kirchner, son ejemplos en ámbitos públicos. En algunos casos por decisión personal y por razones artísticas, digamos. En otros, por iniciativa colectiva.
Norma era jubilada cuando, en 1991 ó 92, enfrentó al entonces Ministro de Economía y lo hizo llorar. O eso pareció. Domingo Cavallo (haga cuernitos vecina) dijo que su papá también era jubilado y, puchero mediante, se le piantó un lagrimón. No mucho más. También reconoció que las diez lucas de su sueldo (para esa fecha el equivalente a verdelincoln o jefferson o washington o custer o algún otro prócer de la democracia trucha del norte), a veces, no le alcanzaban para mantener su ritmo de gastos. Mintió, bah, como de costumbre. "No llore ministro", le pidió Norma ante las cámaras de televisión y se fue a acampar en la Plaza del Congreso Nacional, como reclamo y repudio por el congelamiento de los haberes jubilatorios para poder cumplir con los organismos multilaterales de crédito, según consignaba la excusa de los regalapatria.
Norma murió unos años después, tan pobre y digna como había vivido y protestado. Domingo sigue dando conferencias, tan rico e indigno como siempre. Ya no llora, al menos en público. Pero ya no jode, al menos al público.
En estos días euromortuorios hemos visto llorar a Elsa. Elsa es Elsa Fornero, Ministra de Trabajo del gobierno de lo que queda de Italia y que preside don Monti. Banqueros, ambos. Fornero es su apellido de soltera, al menos eso dice el tío Google. Estaba por anunciar, ante las Cámaras y las cámaras, el desbarajuste del ajuste a sus compatriotas cuando estalló en llanto. No pudo seguir. Pero tranquilícese vecina (no deshaga los cuernitos todavía), el guadañazo lo van a aplicar igual, con o sin pañuelos descartables para Elsa.
Los cocodrilos son animalitos de la clase reptilia, poco amigables, acuáticos pero también terrenales, con mandíbulas tenebrosas, dientes que no necesitan colgate ni sensodyne y con una cola escamosa tan poco amigable como el resto. No son domesticables, aunque la National Geographic quiera convencerte de lo contrario.
Cuando salen del agua, sus ojos producen una sustancia parecida a las lágrimas para conservar la humedad perdida. De ahí la alusión a las lágrimas de cocodrilo, para destacar la falsedad, el truchaje de una tristeza fingida. O, al menos, que no compromete a nada.
Los horneros no lloran. Los caballos tampoco. Ni en castellano ni en italiano. Los cocodrilos, parece pero no, tampoco.
No les crea y no se les acerque. Ya se lo dije, no son amigbles.

martes, 29 de noviembre de 2011

Los nenes

No se trata de una cuestión generacional. Se sabe que, para cierto sector de la sociedad, la juventud es un producto comercial, un estereotipo y, a la vez, los jovenes son sujetos de consumo. Alguna vez fue "la juventud maravillosa" y pocos años después, cuando buscaban su lugar en la construcción de un mundo mejor, "imberbes y estúpidos". Siempre que se trate de la gestión pública el asunto es ideológico, político.
Por estos días se viene argumentando que la conducción de algunos organismos estatales está en manos inexpertas, jóvenes, demasiado jóvenes. Es el caso de Aerolíneas Argentinas, la empresa aérea de bandera, rescatada por el gobierno nacional de las garras de Antonio Mata, personero de la española Marsans y socio capitalista de Jorge Lanata en la estafa a sus colegas periodistas, conocida como diario "Crítica de la Argentina". El dirigente gremial de guante blanco, Ricardo Cirielli, acusó a Mariano Recalde y Axel Kicillof, presidente y vice de Aerolíneas respectivamente, de ser "los nenes", doble alusión a su edad y la pertenencia de ambos a la agrupación La Cámpora.
Reitero. Lo generacional es un ingrediente, importante si se lo analiza desde el punto de vista ideológico, pero sólo un ingrediente. Quiero decir que Martín Redrado, ese golden boy neoliberal es un hombre joven también. O Patricia Bullrich lo fue alguna vez. Tanto, que algunos todavía le dicen "la Piba".
Sin embargo, no está demás repasar algunos nombres que dejaron su huella en la Historia. La enumeración no es taxativa, por supuesto, apenas un muestrario de nenes. Una especie de nursery de la memoria. Veamos.
El 25 de mayo de 1810 Mariano Moreno tenía 31 años. Había nacido el 23 de setiembre de 1778.
Manuel Belgrano andaba por los 39. El intelectual más brillante y honesto de la Revolución, el que hizo algo más que crear la bandera nacional, había nacido el 3 de junio de 1770.
Fidel Castro entró en La Habana el 1 de enero de 1959 con sus 32 años, sus guerrilleros y el amor y la esperanza de un pueblo que lo acompañó jubiloso. Fidel había nacido el 13 de agosto de 1926. Sigue siendo joven. Aunque, como dice nuestro Norberto Galasso de sí mismo, lo es desde hace mucho.
El Che ganó el combate de Santa Clara, con el que se selló el triunfo final de ese acontecer luminoso conocido como la Revolución Cubana, con su asma, su título de médico y su paso por nuestra América, y sus 30 años de edad. Nació en Rosario un 14 de junio de 1928.
Cuando se publicó "Facundo", en 1845, obra maestra con la que nace la literatura argentina moderna, su autor, Domingo Faustino Sarmiento, tenía 34 años. Se sabe que había llegado a su San Juan, parido por Paula Albarracín el 15 de febrero de 1811.
Karl Marx nació en Tréveris, Prusia, un 5 de mayo de 1818. El Manifiesto Comunista, aquél del fantasma que recorría Europa, vio la luz el 21 de febrero de 1848. Marx tenía, entonces, 30 años. Un nene, aunque su imagen más conocida lo muestre con profusa barba entrecana.
Cuando José de San Martín llegó a nuestras playas imbuído de las ideas independentistas americanas, en 1812, tenía 34 años. Hasta mi nieto mayor, el Manu, para quien el Libertador es un superhéroe, sabe que nació en Yapeyú, Corrientes, el 25 de febrero de 1778.
Albert Einstein nació en Ulm un 14 de marzo de 1879. En 1905 dio a conocer su Teoría de la Relatividad. El cachorro de genio tenía 26 años.
Sigo, ya falta poco y termino, morocha. Después de tanta fecha y tanto dato nos tomamos un café con masas secas (me las prometiste, ¿te acordás?) y miramos pasar a nenas y nenes que algún día engrosarán estas listas, imaginemos.
Armando Tejada Gómez, el poeta nuestroamericano, nació en este país de arenas, Mendoza, el 21 de abril de 1929. Cuando suscribió, y se supone que redactó, el Manifiesto del Nuevo Cancionero, junto a Tito Francia, Oscar Matus y Mercedes Sosa, entre otros, un 11 de febrero de 1963, tenía 34 años.
Orson Welles estrenó "Citizen Kane" en 1941. Como dicen que su madre lo parió el 6 de mayo de 1915 y si las cuentas no me traicionan, tenía 26 años.
Por último, para no fatigarte y para evitar que me llames Sr. Efemérides, que suena horrible, te recuerdo que Serguéi Eisenstein tenía 27 cuando se estrenó "El acorazado Potemkin", en 1925. Lo deduje porque don Google me dijo al oído que el tipo había nacido en Letonia un frío 23 de enero de 1898.
Como se puede apreciar tanto dato no significaría nada si cada uno de estos nenes no hubiese dejado su impronta creativa, rotunda y definitiva en los lugares y los tiempos en los que les tocó vivir.
No sé (sí sé) si te acordás qué edad tenía Evita cuando se convirtió en inmortal. O un tal Cristo, por ejemplo.
La irrupción de la juventud en la vida política argentina se visibilizó explícitamente el 27 de octubre de 2010, en la despedida de Néstor, pero no fue un exabrupto emocional. Se venía cocinando a fuego lento y colectivo luego de tantos años de desasosiego, despojo y humillaciones.

viernes, 25 de noviembre de 2011

El señor no es un chiche

El señor dice no saber qué es el 24 de marzo, qué pasa ese día; el señor dice ser amigo del comisario Luis Patti, torturador y genocida, elegido alguna vez por voto popular intendente de Escobar, en Buenos Aires y condenado a perpetua en juicio justo; el señor fue Secretario de Redacción de una revista cómplice de la dictadura, es decir, el señor y Gente, fueron la dictadura; el señor ha sido reciclado como un periodista inteligente por obra y gracia de cierta lógica comunicacional que cree (y nos intenta hacer creer) que todo, absolutamente todo, se puede frivolizar; hace un año el señor recibió en su programa a la señora Cecilia Pando, quien dijo, muy suelta de cuerpo y muy atada de mente, que defendía "aún a los que habían robado bebés" y al señor no se le movió un pelo, de los pocos que le quedan; sin embargo, el señor condujo hace un tiempo un programa televisivo que se llamó "Memoria" (como se ve, el señor piensa también que todo, absolutamente todo, se puede frivolizar. Hasta la memoria).
El señor recibió en su estudio televisivo, esta semana, a Aleida Guevara March, la hija del Che y Aleida March. Para él y para la lógica del negocio mediático da lo mismo, vende igual, la hija del Che que la apóloga de un genocidio. En un momento del diálogo el señor le pregunta a su invitada por la herencia que, supuestamente, le dejó el padre a la hija. Al escuchar la palabra herencia, la mujer dio, literalmente, un respingo. Inútil sería explicarle al señor que el concepto jurídico de herencia tiene un significado totalmente distinto en una sociedad socialista como la cubana (aunque matizada hoy por esquirlas de mercado). Repuesta de la sorpresa, Aleida empezó a nombrar libros, recuerdos, objetos y anécdotas. Pero lo que el señor quería saber era qué le había dejado "en metálico, propiedades, joyas, esas cosas". Y Aleida, sonriente, con el aplomo y la sencillez que la hacen heredera de ese padre, le dijo: "¡Qué poco conoce usted a mi padre!".
El señor comparte con el padre de Aleida dos cosas: el país natal y la cehache de sus respectivos apodos. Nada más.
Quise entrevistar telefónicamente a la hija del Che. Amablemente, me dijeron que su agenda estaba colapsada. Quiero creer que su paciencia también.

lunes, 14 de noviembre de 2011

El asesor italiano

"La verdad de unos pocos es casi una mentira"
  Juan Sasturain

Me llamó a casa la colega Astrid Pikielny, del diario La Nación, para invitarme a responder algunas preguntas. Estaba confeccionando, dijo, un artículo para la sección "Enfoques" que, finalmente fue publicada el domingo 13 de noviembre, o sea ayer, bajo el título "Periodistas vs. periodistas"(www.lanacion.com.ar/1422420-periodistas-vs-periodistas). Allí son consultados además, Ruiz Guiñazú, Tenenbaum, Russo, Brienza, Wainfeld y, del interior (como le llaman, graciosamente, quienes habitan el ombligo del Obelisco), Suppo, de la Voz del Idem, y Miller, de Río Negro.
La nota empieza mal, con trampa. Se habla allí del ataque que sufrieron Lanata y Ruiz Guiñazú, quienes fueron atacados a piedrazos en los jardines de la Universidad de Palermo, por un par de energúmenos. Pongámonos de acuerdo, ninguna agresión física o verbal es justificable. En el ámbito periodístico o en cualquier otro. De ahí a calificar a Lanata, Ruiz Guiñazú y asociados como "independientes" parece un chiste de mal gusto. La nota arranca así, preguntándose el por qué de este ataque. Y se omiten los insultos de Majul y el mismo Lanata hacia los panelistas de "6, 7, 8" (se los trató de "boluditos, cagones y forros", respectivamente), aunque hace mención a las agresiones sufridas por Russo y Wainfeld, con cero repercusión en los diarios, radios y canales dominantes. Es que, como me acota el escritor mendocino Pablo Gullo, se termina el paradigma del periodismo objetivo o, su equivalente, el independiente. Ninguno lo somos. Todos, pero todos, dependemos. De la empresa que nos paga, del Estado, de los anunciantes, de nuestra propia historia y de la Historia, de nuestras convicciones y nuestra formación. De ahí que es bueno no descarrilar.
No estoy tratando de averiguar si primero fue el huevo o la gallina. Digo que si se nos "acusa" de ser oficialistas es porque hay otros que son opositores. Y ninguno objetivo ni independiente.
Planteado eso, sigamos. El otro item acerca del cual fui consultado es el de la bendita pauta oficial. Nadie dice qué porcentaje ocupa esa pauta en los medios llamados oficiales y en los opositores. Pero no son producto de la pauta oficial, como bien señala la colega mendocina Ana María Vega, la Asignación Universal por Hijo y Embarazada, ni el aumento, por ley, dos veces por año del haber jubilatorio, ni los juicios a los genocidas, ni el respeto internacional, ni la recuperación de la educación técnica, ni el retorno de los científicos emigrados, ni el Fútbol para Todos, ni la producción cinematográfica, ni los cinco millones de puestos de trabajo recuperados, ni los doce millones de votos, ni las más de mil escuelas construídas, ni las universidades abiertas, ni la recuperación de la línea aérea de bandera, ni el matrimonio igualitario, ni la Ley de Medios y así podría seguir hasta cansarte, pequeña. En todo caso, es al revés. Son estas medidas las que deberían ser promocionadas por propios y extraños porque benefician a las mayorías y respetan e incluyen a las minorías. Pero no, sólo se promueven, desde el empresariado mediático dominante, las dificultades, las zancadillas y los casos, evidentes o no tanto, de corrupción enquistados en el aparato estatal. Se comportan como con los piquetes. Si los producen los trabajadores, entorpecen la libre circulación. Cuando los patrones ruralistas derramaban cuatro millones de litros de leche diarios para evitar un impuesto sobre su renta extraordinaria, eran los salvadores de la patria.
Claramente, el tema no es la pauta oficial ni la absurda y perversa acusación de listas negras. El tema es que están desnudos, como dice mi amigo el Cholo, y en lugar de agarrarles pudor, les da odio. Y como "la moral hay que buscarla del lado de lo real, especialmente en política", según enseña Jacques Lacan, no sirve ocultar que algunos de esos colegas desnudos fueron cómplices activos o pasivos del genocidio, formando parte de la campaña mediática exterminadora cuando presentaban un campo clandestino de detención como centro de reeducación de subversivos, o mentían descaradamente acerca de la identidad de una niña cuyos padres estaban desaparecidos, o formaban parte del equipo de propaganda de Martínez de Hoz, el genocida civil. Esos no son profesionales, como se pretende clasificarlos desde la usina de La Nación. Es una categoría que, hasta semánticamente, es una burrada. Se supone que profesionales somos todos los que vivimos de ésto. Así que, como aclara muy bien Brienza en la misma nota, esa categoría tiraniza y no echa luz sobre el asunto. Esos son, entonces, simplemente cómplices reciclados.
Sin máscaras, desnudos, desorientados y confundidos, no hacen más que plantear dilemas falsos. Por ejemplo, Tenenbaum dice en la nota que fue el periodismo privado el que descubrió casos de corrupción, como la estafa de Schoklender a nuestras Madres, el asunto Antonini Wilson y una supuesta connivencia (nunca probada) entre el gobierno nacional y el Ingenio Ledesma, de Jujuy, en la represión contra pobladores originarios. El planteo es falso porque nadie pretende ni imagina la desaparición del periodismo privado ni la supremacía del público u oficial sobre él. Se trata del viejo juego entre la verdad y la mentira. Ni más ni menos. Y ambas, la verdad y la mentira, se construyen. Por unos pocos, para muchos. O por muchos, para muchos, como sugiere el maestro Sasturain.
En el fondo, la realidad los ha puesto en manos de un asesor temible, del que no se conoce que nadie haya podido recuperarse. Es italiano y reparte su influencia no sólo entre periodistas y afines. También tiene en su carpeta de clientes a dirigentes políticos, empresarios urbanos y rurales, figuras de la farándula e intelectuales famosos.
Se trata del Lic.Franco Deterioro.