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lunes, 30 de noviembre de 2015

ANAL.

Como casi todas las buenas cosas la idea nació alrededor de la mesa del café de los sábados. Las otras buenas cosas se generan de a dos y en una cama. Estábamos los de siempre, pero ese sábado se sumó a la tertulia un médico pederasta (perdón, pediatra), el doctor Caín Cansino. Se presentó y dijo ser portador de una iniciativa interesante.
El doctor Caín nos traía su propuesta y un distintivo muy colorido que sólo mostraba una brillante letra M. Ante nuestra sorpresa Caín nos prometió explicar primero la idea y luego, si nos sumábamos, el significado del prendedor. Pidió su tecito con una medialuna sólo para chuparla, le dijo a Raúl, el mozo. Fue otra sorpresa.
Los veo muy intrigados, agregó.
Llovía con ganas. Cuando uno piensa o dice que llueve con ganas surge alguno de nosotros y plantea la duda, ¿con ganas de qué? En esas nubes andaba yo cuando, como un eco, escuché a Caín ¿Andan con ganas? En los treinta y pico de años que ponemos el culo en las sillas del café hemos recibido personajes de distinto pelaje, pero éste nos desconcertó.
Alfredo de Rosas, es el más viejo de nosotros (hace quince que tiene ochenta y nueve años. Dice que ahí paró para no volver a la década de los noventa, que ya estuvo y le fue como el orto. Él lo dice así, jamás lo diría yo, un profesor de Lengua, un experto en su buen uso). Alfredo, que se jacta de ser descendiente del Restaurador de las Leyes, es un experto en detectar especímenes raros. Anarcocomunistas, guevaristas tardíos, troskistas dolarizados, socialistas póstumos, ecologistas fumados, ninguno escapa a su ojo clínico. Por eso me guiñó el izquierdo (el otro lo tiene en stand by) como aviso de que la cosa venía bien.
Caín nos contó parte de su historia. Dijo que tenía un hermano mellizo que, por supuesto, se llamaba Abel (Hay que ver la maldad de ciertos padres para marcar in aeternum el destino de sus cachorros) y que, también por supuesto, era médico. Pero ginecólogo.
Como en el best seller global los hermanos se llevaban muy mal. Abel era prejurásico en su modo de ver la vida. Tenía un concepto cavernario respecto del cuerpo humano y su uso. Y no te digo si ese cuerpo tenía curvas, tetas prominentes, culo apetecible y piernas bien torneadas, contó Caín mientras lamía con fruición la medialuna.
Notamos que su cara iba tomando un color rosado subido de tono, pero lo instamos a continuar. No quiso abundar en detalles. Sólo agregó que planeaba constituir una agrupación, una cooperativa, un club o una unión vecinal (entre sus alternativas no mencionó la unidad básica) o algo por el estilo, para contrarrestar, dijo, la pésima influencia en la conciencia colectiva de la sociedad de un tipo tan retrógrado como Abel, su hermano.
En nosotros fue creciendo el interés. Se sabe, o debería saberse, que somos unos viejitos inofensivos, pero audaces en lo teórico. La praxis amatoria nos fue abandonando al ritmo infalible de la biología, pero mantenemos nuestra memoria viva, erecta sería más preciso, para la seducción y la rebeldía ante las mujeres bellas o los fanáticos de lo puro, según corresponda.
El asunto es que Caín hizo la propuesta concreta, terminó de lamer su factura, pagó y dio por concluida la misión. Nosotros invocamos el recuerdo del querido Egidio González Condón, uno de nuestros muertos amados, con la certeza de que su apellido materno había atraído a Caín, y aceptamos el convite.
El doctor Cansino comenzó a alejarse con paso ídem hacia la puerta del bar. A los gritos le reclamamos la explicación prometida respecto del distintivo y la letra M.
Ah, es cierto, nos dijo. La letra M significa Manuela y al color violeta del fondo se le llama obispo, creo.
Así nació ANAL (Asociación Nacional de Autosatisfactores Libertarios).

martes, 24 de noviembre de 2015

El cepillo que habla

¿De dónde salió ese asunto de que el pueblo nunca se equivoca? Los que me conocen saben que lo sagrado y yo nos llevamos a las patadas. ¿Acaso el pueblo tucumano no eligió gobernador por voto popular al genocida Antonio Domingo Bussi en 1995? ¿O al comisario torturador Luis Abelardo Patti, intendente de Escobar, Buenos Aires, en el mismo año con el 73% de los votos? El pasado 25 de octubre la Perla del Atlántico, Mar del Plata, coronó por sufragios a Carlos Arroyo, un nazi confeso, como alcalde. Con perlas así quién necesita joyas.
El pueblo argentino no es culpable de haber entronizado a un ignorante y corrupto en la Casa Rosada, pero sí de haber equivocado el rumbo. Al menos una parte de importante. Es simple, un pueblo es la suma de seres humanos que tienen identidades comunes. Y, por definición, los seres humanos somos falibles. Incluido el Papa, mal que les pese a mis vecinas de misa semanal.
Tengo más bronca que tristeza. Más preocupación que desasosiego. Es que el gerente electo y sus secuaces avisaron. Esta vez, a diferencia del riojano innombrable, hubo preaviso. Le dijeron que las paritarias eran un instrumento fascista. Que los subsidios al transporte y demás servicios públicos iban a caer. Que las tarifas de gas y luz, por ejemplo, van a incrementarse entre 250 y 500%. Que las Malvinas son un gasto presupuestario innecesario (A propósito, la primera carta de felicitación extranjera que recibió Macri la enviaron los kelpers). Que iban a hacer pelota el plan Precios Cuidados. Que el dólar costaría 15 mangos. Que se podría importar chupetines de Zimbabwe y sillitas de Burubdi. Que el salario es un costo y había que bajar los costos. Que no servía crear tantas universidades, públicas, se entiende. Que iban a reprivatizar YPF, Aerolíneas, el fútbol, los aportes jubilatorios. Pero "redepente", como decía Niní Marshall, dieron vuelta el discurso y se desdijeron. Me hizo acordar a aquel dirigente sindical cervecero que, sin espuma en los bigotes (porque no usaba), declaraba: "No somos ni yanquis ni marxistas sino todo lo contrario". Algo así hizo Capriles en Venezuela hace algún tiempo, pero perdió con todo éxito. En cambio, nuestro Macriles ganó.
El asunto es que ya está. El candidato que fue vendido como un cepillo de dientes ("Use cepillos PRO, señora. PRO le deja la sonrisa como la de Susana Giménez, le da aliento por más horas, lo puede llevar en la cartera y sus cerdas acarician las encías como una mano maternal. Con PRO usted se sentirá una lady de Hollywood. PRO, un embrujo para siempre") y la mitad de la ciudadanía que tiene dientes, propios o no, compró.
Empieza a sentirse el olor nauseabundo del odio, el ataque a las Madres y Abuelas, el pliego de condiciones para reivindicar a los genocidas. Empieza a despertarse, por eso, el músculo de la resistencia. Ese que nos enseñaron en el 55 y que nos permitió sobrevivir desde el 76 al 83 al amparo de la dignidad envuelta en pañales y pañuelos.
Los que nos enamoramos de la inclusión humana jamás nos resignaremos a la pestilencia del odio. Y mucho menos si viene de la mano, la boca y las entrañas de un cepillo de dientes que habla.

lunes, 26 de octubre de 2015

Soy un tarado

Según el Manual de Política Moderna de la Correct University de Tranquilandia esto que voy a hacer no se hace, pero no me importa. En primer lugar, seré autorreferencial y además meteré la cuchara en el trillado y espinoso asunto de que si el pueblo se equivoca o no. Hasta donde sé eso que se conoce como pueblo está compuesto por seres humanos, llamados electores para la ocasión. Entonces, falibles por definición. Y más si se cuentan de a muchos. Pero se lo sacraliza y ya se sabe que lo sagrado y quien escribe no se llevan bien.
Cuentan que mi abuelo Manuel encaneció en una sola noche, la noche en que murió un hijo suyo. Sucedió mucho antes de que yo naciera. Lo conocí así, con su pelo blanco y finito, hilos de nieve en ese hombre robusto y tierno. Anoche cuando me acosté a no dormir me acordé de ese episodio. No fue mi caso, mis hijos y mis nietos están bien, tristes y golpeados por dentro, pero con la rebeldía en pie. Soy yo el que se siente un reverendo tarado. Si no sonara soberbio diría que anoche me licencié en tarado cum laude.
¿Cómo no me di cuenta de que dos satélites celestes y blancos surcando el espacio no cuentan ante la telenovela de las 19? Sólo un tarado mayúsculo al que se le llenan los ojos de agua cada vez que las Abuelas recuperan un nieto puede creer que ese momento vale más que la cotización del dólar blue. Hay que ser un estúpido visceral para ilusionarse con cada universidad pública mientras la señora que almuerza en televisión sigue formateando los comedores argentinos.
¡Cómo no entendí que un viaje a Europa o al Caribe pesa millones de veces más que el reconocimiento a las trabajadoras del servicio doméstico! Este tarado que soy vio crecer la casa propia de mi hija y su familia y a las señoras y señores de la clase media mirar con recelo cómo los ladrillos se elevaban sin su permiso.
Tengo 69 años. 12 de ellos, los últimos, fui cursando la carrera de tarado. Casi el 20% de mi vida, no es poco. Fui un alumno optimista y desprendido. En esos años me jubilé y cobro la mínima. Trabajo en Radio Nacional y de la magra remuneración que recibo dejo casi la mitad en taxis y remises porque mi discapacidad motriz no me deja subir a colectivos. Es decir, soy lo más parecido a lo que mis colegas hegemónicos llaman un periodista militonto. O militaradotonto, si se me permite el trabalenguas.
Ganó el candidato que voté, pero el de los globos amarillos quedó mejor parado. Veremos, pero como soy un tarado coherente volveré a votar igual. Es que ratifico en mi soberbia taradez que no estamos aislados del mundo. Festejaron Merkel, el FMI, Rajoy, Cameron y el amigo Donald Trump. Ayer la preciosa Mar del Plata consagró a un nazi como alcalde. Ayer el ecuatoriano que le da letra a Macri ratificó su admiración por Hitler y le fue bien. Pero este tarado, el que anoche no pudo dormir y envejeció como nunca antes, es además de tarado tozudo.
En el muro de una ciudad, creo que Rosario, alguien pide que lo abracen hasta que vuelva Cristina. Paulina pide que la despierten en 2019. Yo necesito lo mismo que el rosarino, pero despierto. De puro tarado que soy.

lunes, 12 de octubre de 2015

El vacío

Lo primero que me aparece cuando busco la definición de la palabra "vacío" es: "Que no contiene nada". Y no me llena. La definición, digo. Porque si no contiene nada quiere decir que hay un continente sin contenido. Sí, ya sé, parezco Sztajnszraiber, pero sin libreto adecuado. Entonces sigo investigando y el asunto se me complica un poco más. O un mucho. A esta altura ni Darío (ni en curda vuelvo a escribir ese apellido endemoniado) me ayuda. Es que hay tantos vacíos que sus estudios pueden llenar varios estantes de mi biblioteca. El que quiero encontrar, sin embargo, no está. Pero existe, lo intuyo, casi lo sé. Veamos. Busquemos qué nos ofrece el mercado, diría Melconian.
El vacío al que se refiere la definición con que se inicia este textículo necesita un recipiente. Eso que llamé continente, pero no el geográfico. No, no me sirve para satisfacer mi curiosidad.
Si estamos en un lugar, abierto o cerrado, aludimos a la falta de individuos. Pueden ser humanos o animales. Una presentación artística y el teatro sin público. La jaula de los gorilas sin gorilas. Este último ejemplo es también, lo confieso, una expresión de deseos ideológica.
En el plano sentimental a veces se confunde con el desánimo. Cuando la mina te dejó por un rubio camel o, al revés, el vacío que siente ella si el tipo se chifló con las minifaldas de la vecina y las minifaldas ganaron por goleada.
Arrojar o arrojarse al vacío, se suele escuchar. Una piedra, en el mirador del Lago Traful. O el paso en falso ante el precipicio, imagen que me lleva a la pesadilla individual o colectiva.
Alguien filmó una película (digresión: me sublevan las comentaristas e istos que dicen peli, info, promo, pochoclera y demás mutilaciones del lenguaje) que se titula "El nido vacío" (Daniel Burman, 2008). Un matrimonio entra en crisis cuando sus dos hijos crecen y levantan vuelo. Se piantan de su hogar. Dicen que no estuvo mal. La película, claro. No la vi, pero los jóvenes hacen eso y está muy bien. A nosotros, a mi compañera y a este servidor, no les pasó. Es más, nos vino de perlas que desplieguen alas.
A un espacio que no contiene aire, que está hueco, también se lo encasilla como vacío, pobrecito. Él quiere que lo llenen, pero nadie se compadece.
La desesperanza, la depresión y el horizonte en contramano a veces te dejan vacío. Creo que los especialistas en estas situaciones le pusieron el mote de vacío existencial cuando, en realidad, quien lo padece no piensa más que en acabar con el vacío, con la existencia y el oscuro devenir. Pero, en fin, supongamos que después de las pastillas y el masaje al Eros del padeciente el tipo o la tipa salen del encierro tanático y aceptan que un buen asado con los amigos bien valió la pena tanta guita invertida y tantas horas en el diván.
Esa carne de vaca que está entre el costillar y el cuarto trasero, crocante, tierna y sabrosa, como lo preparan algunos expertos, es el mejor vacío que nuestra cultura culinaria le ofrece al mundo. Crepita en la parrilla de Guido, en la de Leandro o en la de Patico y cualquier pesar le da paso al brindis. Alguna vez el gran Juan Sasturain se explayó al respecto cuando le pidieron colaborar para un dossier cuyo tema era la carne. Claro que los solicitantes apuntaban para el lado del sexo y esas linduras, pero el Juan es así. Impredecible, creativo y maravilloso.
La Argentina que, ahora que lo pienso es como Juan, ha aportado a la cultura del mundo mucho más de lo que creemos. Ya se sabe, Borges, Gelman, Cortázar, Quino, el dulce de leche, la birome, el trágico concepto de desaparecidos y las inscripciones al frente y a la cola de camiones y ómnibus, por dar algunos pocos ejemplos. En estos días proselitistas mi país agrega a esa lista una nueva especie de vacío.
El vacío argentino mediático es un aporte de quien asume su condición de clase, pero con nada de clase. Entiéndase a la primera como colectivo social. Y a la segunda como estilo, modo de ser y convivir. Ahora que lo pienso, una y otra son complementarias, funcionales entre sí. Bien, la cuestión es que ese vacío argentino al que aludo nos llena los ojos y los oídos con burbujas de la nada, con frases evanescentes, con discursos retóricos. Que habrá pobreza cero, que juntos podemos, que los sueños, que nos merecemos vivir mejor, que todos somos buenos y tomamos la sopa, que mejor cambiemos, que vamos a hacer un millón de casas porque somos un millón de amigos de Roberto Carlos y de María Eugenia, que nadie nos va a perseguir por pensar, que podremos empapelar nuestro hogar con billetes verdes y colgar globos amarillos en la cuna de los bebés, que van a matar a los malos como en las películas de Hollywood, que la patria es el campo y la empresa privada es un orgasmo económico, que en los países serios la educación es de mejor calidad siempre que sobrevivas a la matanza semanal en sus aulas, que la Justicia debe ser independiente para que no se lleve puesto a los estafadores de lujo, pero no deje en paz al pibe adicto, que la amistad se cotiza en las buenas, aun con errores de carga.
Un vacío raro, con pus.

jueves, 1 de octubre de 2015

Me convidan con vida

"Me vienen a convidar a indefinirme,
me vienen a convidar a tanta mierda"
 Silvio Rodríguez



Soy inconforme de nacimiento. Tal vez mi malformación articular congénita, más tanto libro leído y por leer, tanta poesía gelmaniana, tanto Saramago, tanto Cortázar, tanto galeanismo, tanto perfume de la revolución cubana, tantas amistades, tanto amor célico, tanto hijo e hija luminosos, tantos nietos al sol, tanto fracaso personal, tanta derrota colectiva y tanto Gramsci me fueron alimentando la insatisfacción optimista. No sé si se entiende. Quiero decir que a medida de que vamos subiendo la cuesta se me aparecen nuevos desafíos. Se nos aparecen, digo. Y así debe ser. Ningún conforme ayudó a cambiar la historia.
A esta altura del partido cuatro años se cotizan alto. Puede ser por un viaje importante o el reencuentro con alguien muy querido, un período presidencial o la partida final de un amigo (aunque tenga razón Marx por aquello de que la muerte es "esa revancha de la especie sobre el individuo"), pero cuatro años se convierten entonces en decisivos.
Y me acordé del cuento "Alí Babá y los 40 ladrones", que forma parte de "Las mil y una noches". Un clásico tan clásico que, adaptado a épocas de nuevas tecnologías, de guerras preventivas y pontífices americanos "de la vereda de acá", parece una alegoría escrita en la mesa de madera de un bar de Buenos Aires. Mientras tanto encuentro el concepto de "bancarrota moral" del que habla Ricardo Piglia en "Los diarios de Emilio Renzi" (Anagrama, 2015) y calza justo en el panorama de opciones para empezar a vivir el cuatrienio futuro.
Me vienen a convidar con las 19 vacunas obligatorias y gratuitas o a la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones.
Me vienen a convidar con las 1.900 escuelas públicas nuevas o a la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones.
Me vienen a convidar a darle la bienvenida a los científicos argentinos repatriados, ya más de mil, o a la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones.

(Pequeña digresión antropohistórica: que uno de los administradores de la guita de Alí Babá, es decir uno de los 40, se apellide Macchiavelli se puede leer como una afrenta al gran Nicolás o como una ironía cósmica. Cósmica dije, no cómica).

Un exhumorista mendocino, un exdirigente peronista con apodo maderil, un actual abogado de asuntos electorales y Alí Babá y los 40 bla bla opinan que hay pueblos enteros que no están en condiciones vitales de saber elegir. Ellos creen, en verdad lo creen, que un bolsón de comida y un par de zapatillas vulneran la soberanía de las personas humildes. Ellos creen que los otros son como ellos, como Alí Babá y los 40 ladrones contratistas del Estado bobo.
Me vinieron a convidar un lugar en la plaza sin rejas, un espacio en los tribunales donde se juzga a los genocidas de uniforme, de sotana o de saco, corbata y guante blanco. Me dejé convidar agua del manantial que brotó del hueco que dejó el cuadro del infame, descolgado por las manos sabias del que nos dejó antes de tiempo.
Me vinieron a convidar 117 veces, por ahora, ciertas abuelas al reencuentro con los pañales blancos, la calesita de la plaza, las muñecas de trapo y la pelota de cuero del potrero. Y acepté ese convite como acepto los abrazos de mis amigos y los postres que preparan mis amigas cada vez que hay fiesta en los patios. A esa fiesta no fueron, no van y no irán jamás Alí Babá y los 40 "espantapájaros del yo".
Me sumo jubiloso y jubilado a las fechas de cobro, a las vacaciones, al trabajo solidario, a las abejas y sus mieles, al roce de las manos callosas de los obreros. Se me instala en la cara la sonrisa de la Tere, nuestra trabajadora doméstica, cuando se entera de que su paritaria la protege por primera vez en la historia argentina. A ella, que es peruana, connacional americana del sur.
Pero, como dije, no me alcanza, no nos alcanza. Todavía hay mujeres que no pueden decidir sobre su cuerpo, hay extorsiones internas, hay mucho garca sentado a la mesa de la fiesta, faltan guardaparques y guardabosques, hay demasiada mugre mineral y sobran terratenientes sojetes. Todavía hay pobres que matan a pobres por defender la sacrosanta propiedad privada de un celular imbécil,. Ayer nomás, en Ugarteche, Luján de Cuyo, Mendoza, la prédica mediática de la "tolerancia cero", de que esto es mío y sólo mío hizo encender el fuego asesino y calcinó la vida de un pibe de 16. Con la impunidad que los caracteriza, los incomunicadores de siempre se regodearon en el morbo de una falsa "justicia por mano propia". Cuando en verdad hubo antes años, decenas de años de tinta roja, micrófonos sucios y cámaras obscenas enseñando que el otro es el enemigo. También allí juega su juego Alí Babá.
Resumo para no aburrirte, resumo para seguir. Cuando me convidan a la vida, celebro y voy. Pero cuando Alí Babá y sus 40 me convidan con el veneno de sus balances mentirosos, con sus cirugías oxidadas, sus cuentas en guaridas externas, con sus joyas truchas y sus ostentaciones de plástico. Cuando de su cueva sale ese olor putrefacto, cuando sus excrementos emergen de los micrófonos, las cámaras y los muros virtuales. En fin, cuando la mierda de clase trabaja su fétida plegaria, ya sé qué hacer en octubre, mes de revoluciones amanecidas.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Los alguien

"Los espantapájaros se zambullen en la niebla.
Con la cabeza rellena de sentido común
aplauden sus prejuicios, sus lugares comunes
y comienzan todas sus frases con la palabra yo."

Luis Alfredo Villalba


A las 19,30 de un día con el viento Zonda dueño de todas nuestras sensibilidades sonó el teléfono. Atendí. Se presenta una voz masculina, joven y amable. "Buenas tardes, soy del equipo de Prensa de Mauricio Macri", me dice. Primera sorpresa, no es una grabación, es un ser humano. "¿Es usted Julio Rudman?" Sí, claro, ese que nombra soy yo, pienso, pero le digo que sí, sólo eso. "Queremos hacerle algunas preguntas, ¿puede responder ahora?". Con mucho gusto, y empecé a relamerme, a poner en funcionamiento el costado más ponzoñoso de mi hemisferio derecho. Pero nunca imaginé que la estocada venía por donde venía.
El joven toma impulso y comienza la compulsa (de ideas porque para la de precios tienen la organización armada en Obeliscolandia). "¿Qué necesitaría usted para ser feliz?", me escupe el tipo por el tubo. En ese instante pensé en las multitudes manipuladas por algún pastor trucho en esos templos brasileños y me sentí uno de ellos (de los manipulados, digo), pero fue un flash, sólo un instante. Me rearmé, puse la voz lo más parecida a la de Eduardo Aliverti (mi vocación por el ridículo sigue intacta) y respondí: "Necesito que el 25 de octubre próximo gane la fórmula del Frente para la Victoria, necesito que Scioli y Zannini profundicen lo hecho desde 2003, necesito que Macri confiese que no puede o no quiere ser presidente." "Je", fue la reacción del joven pro. Tragó saliva y se recompuso. Más o menos, porque de inmediato me agradeció la atención y cortó. Con la satisfacción del deber cumplido volví al televisor. En ese momento recordé que me había prometido, el muchacho, preguntas, así, en plural. Se ve que con mi perorata quedó satisfecho, pipón, como yo cuando mis queridas amigas me festejan con sus postres.
Mientras el noticiero mostraba el enésimo naufragio mediterráneo y su contracara, la señora Merkel distribuyendo entre sus pares los pobres que ellos mismos fabricaron y ahora no saben dónde poner, mientras salía pus de los contratos entre amigos del gerente de la Ciudad Autista de Buenos Aires, recordé una conversación con Lucrecia (supongamos que se llama así). Ella revolvía su pocillo de café cuando ya se lo había tomado. Estaba asustada, preocupada por la posibilidad de que todo se fuese al carajo. Traté de calmarla, le pedí otro café. Por lo menos para que no revuelva al pedo y me lancé a desplegar mis argumentos tranquilizadores. Los comparto con ustedes.
Todavía no sé si la derecha nativa no quiere ganar las elecciones porque no puede. O viceversa.
Un partido político que critica el sistema electoral del que participa juega con fuego. Porque si gana (toco madera) gana manchado por su propia sospecha. Ergo, si bate el parche con el argumento del fraude es que sabe que no gana. Un partido político que admite, en la voz de su eventual ministro de Economía, que va a devaluar la moneda un 60% es porque sabe que no llegará al Poder, al menos por la vía electoral (vuelvo a tocar madera). Un partido político que promete terminar con la pobreza, el narcotráfico y unir a los argentinos en 4 años sin explicar cómo sabe que es marketing, sólo eso, y que es más fácil vender un chocolate a un niño que asumir el Poder (tráiganme más madera). Un partido político que tiene un candidato a presidente abonado a las indagatorias judiciales desde que era así de chiquitito y cada vez y desde siempre va a esas audiencias con paraguas mediático a prueba de almanaques. Un partido político que recibe el aplauso militante de un sentenciado por violación (Héctor Ruiz, exintendente de La Banda, Santiago del Estero. A propósito, hay que ser macrista y haber sido alcalde de un lugar que se llame así).
¿"Tu argumento supone que hay que seguir tomando café hasta que el 25 de octubre a la noche nos encuentre festejando junto a los compañeros en la plaza?", me miró Lucrecia mientras revolvía su tercer cortado.
No, de ninguna manera, porque de este comicio deben surgir funcionarios legitimados por los votos populares, pero no sólo. Deberán sustentarse en el piso alcanzado, en los ladrillos consolidados y con los cantos, los colores y el perfume que reparten "los nadies" de los que habla Galeano, "los ningunos, los ninguneados". Los que empiezan a ser "los alguien", los visibles, los que pueden acceder a bienes y servicios que eran de exclusiva propiedad de los espantapájaros del yo, los que se hacen visibles por "prepotencia de trabajo".
No sé si convencí a Lucrecia, pero el beso de despedida en la puerta del bar me dejó ese sabor a fruta primaveral en la comisura izquierda de mis labios.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Cultos

A Graciela Alaniz, amiga de buena madera


Algo se veía venir. El escritor Ilya Ehrenburg había escrito en 1954 "Deshielo", novela emblemática desde el título, aparecida el mismo año de la muerte de Stalin. Después, en febrero de 1956, el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética desnudó las perversiones de un sistema que nació para liberar al ser humano de la explotación y desbarrancó hacia las purgas, matanzas y otras ternuras así. Nikita Jruschov, el histriónico y rechoncho líder del deshielo, describió la conducta de dirigentes y burócratas varios que se inclinaban sumisos ante la presencia, a veces simbólica, del padrecito georgiano. A eso se le denominó "culto a la personalidad". Y el ejemplo se viralizó, como dicen los posmodernos hoy.
El primer peronismo al compás de los avances libertarios a favor de trabajadores y capas medias también produjo ese fenómeno. La figura y las frases del general ocuparon la cartelería pública, los libros, las películas y las efemérides y el país se hizo casi monocolor. Tal vez haya sido una característica de época. Lo cierto es que en la Unión Soviética y en nuestra patria hubo motivos que pueden explicar el fenómeno. Explicar, no justificar.
Allá, la conducción estratégica de la guerra y su secuela de millones de víctimas y destrucción de medio país. Acá, el Estatuto del Peón rural, la sensación de dignidad para la clase obrera, su participación protagónica en la construcción de una nueva sociedad, su constitución, aunque precaria, como sujeto político emergente. Los años demostraron, allá y acá, que no era tanto ni tan poco, pero es fácil leerlo en el diario del día siguiente.
Pero parece innegable que Argentina tiene características suficientes como para escribir páginas llenas de épica en distintos ámbitos. Nadie nos va a discutir el mérito de haber inventado el dulce de leche, el revuelto gramajo y la costumbre de pintar el frente y el trasero de los camiones con frases y dichos populares. O la birome. Y para qué hablar de las dos gloriosas M del fútbol mundial: Maradona y Messi. Y el tango, claro, el tango. Y las villas miseria y los desaparecidos y tantas tragedias más industria nacional marca registrada.
La cuestión es que no nos cansamos de ser los primeros en instalar novedades, quizá globales, vaya uno a saber. Cuando veo a señoritas, señoritos, viejas y viejos musicalizando su fervor idiota con la bijouterie y las casacas de moda, respectivamente. Cuando lo veo a él bailar sobre el escenario como un canguro epiléptico, cuando escucho su escaso vocabulario, para colmo dictado al oído o escrito por su coach o leido en una pantalla mal disimulada, en fin, cuando el festejo por alguna de sus arengas vacías y abstractas se viste de globos amarillos. Cuando la impostura los hace vociferar "Se siente, se siente, Mauricio presidente" me pasan dos cosas. En lugar de presidente mis oídos escuchan prescindente. Y, sobre todo, sospecho que Argentina ha inventado el "inculto a la personalidad".