lunes, 18 de noviembre de 2013

El objetivo del adjetivo

"Casi todas las trazas de unas reminiscencias fabricadas con palabras se habían pervertido hasta mostrar sus entrañas más viles"
                                             Leonardo Padura




Duró poco más de seis horas. En ese lapso el mundo pareció suspender su itinerario borrascoso. Los canales de televisión dispusieron sus ojos, las cámaras, alrededor de esa casa en la que dos delincuentes, uno de ellos de frondoso prontuario, mantuvieron a una familia como rehén mientras negociaban una entrega honrosa (Digresión: el adjetivo "frondoso" se utiliza, casi exclusivamente, para calificar al sustantivo "prontuario". Como "verde césped" para el fútbol y "presea", sólo cada cuatro años, para las crónicas de los Juegos Olímpicos. Mediocridades lingüísticas del periodismo vernáculo.). La excepción: la TV Pública.
Hasta CN23, canal de cable de un grupo empresario afín al kirchnerismo, cayó en la lógica de la crónica roja como paradigma del show televisivo. No hubo, durante todo ese tiempo, otra noticia. Ni en el graf, ni una ventana, ni flashes mostraban lo que ocurría más allá de perímetro de doscientos metros que rodeaban la vivienda de Tortuguitas, ciudad del centro-norte de la provincia de Buenos Aires, a casi cuarenta kilómetros del Obelisco porteño. Para la familia que fue víctima del episodio está justificada la atención absoluta de los medios, pero el universo siguió girando sobre su eje, Silvio Berlusconi siguió siendo el árbitro de la política italiana, Messi continuó su recuperación de la seguidilla de lesiones a que lo sometió la máquina de producir euros con su talento, al tarambana de Justin Bieber le embargaron sus equipos musicales, Obama siguió espiando a propios y extraños y Carrió persistió en descubrir conspiraciones incomprobables.
Es que, una vez más, el conglomerado mediático blindó todo vestigio de realidad para que sólo resaltara lo morboso, lo sanguíneo, en fin, lo facturable, lo plin caja. Como dijo Durán Barba, lo espectacular.
El sincericidio del ecuatoriano merece varias lecturas. Sandra Russo, en Página 12 del sábado 16 de noviembre, hace hincapié en un detalle que a casi todos les pasó inadvertido. Jaimito dice lo que dice de Hitler para compararlo con Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Está a un paso de incluir en la volteada a Cristina, Evo, Correa y, dentro de poco, a Bachelet, si ésta cumple con lo prometido durante la campaña electoral chilena. Mientras el hitlerismo,  protegido por proscripciones, asesinatos en masa y con espeluznante apoyo popular, produjo Auschwitz, los gobiernos latinoamericanos, también con apoyo masivo y en la más absoluta libertad, produjeron UNASUR y trabajan para desmonopolizar la vida cotidiana. Y allí está, en esa tramposa manera de presentar al monstruo del apogeo científico del horror, me parece, el huevo de la serpiente.
Se ha tomado con demasiado énfasis el exabrupto neonazi como una ofensa sólo a la colectividad judía. Creo que es un error. Intencional, además. E histórico. El elogio al pintor frustrado de Viena es un ataque ético a toda la sociedad argentina. O, para ser más preciso, a casi toda. Inclusive existen personajes públicos de la colectividad que han reaccionado de una manera sorprendente, por decir lo menos. El rabino Sergio Bergman reconoció, a duras penas, que los dichos del publicista con "caradeyonofui" fue un error ("No hubo errores, no hubo excesos...", coreábamos con cadencia musical en las calles, "codo a codo"). Su pertenencia al Partido que asesora el canalla puede más que lo que aprendió del Holocausto en el Seminario Rabínico Latinoamericano, seguramente. Y el Peperiodista Eliaschev, que cursó el Bar Mitzvá en tiempo y forma, quiero creer, se enredó en la semántica para tratar de exculpar al autor de "El arte de ganar", en coautoría con Santiago Nieto (Debate, 2010). Ambos, el religioso y el peperiodista, vienen a ser la versión 2.0 de los Judenrat, aquellos prominentes miembros de la colectividad judía que, en los campos de concentración nazis, eran elegidos por los genocidas para administrar y disciplinar a los detenidos. Rabinos, comerciantes ricos y figuras destacadas del judaísmo formaban un Consejo y colaboraban con los asesinos. No estoy traspolando, no, porque soy lector, admirador y amigo de Felipe Pigna, ya saben, pero no puedo evitar recordar que, salvando las situaciones históricas, también al "espectacular" lo sostuvieron las grandes empresas alemanas del momento (Krupp, Messerschmidt, Mercedes Benz, Siemens y, desde Estados Unidos, el mítico Henry Ford, entre otros) como hoy al autor intelectual del insulto moral y a su alumno destacado, también por voto mayoritario. El Grupo Clarín, el diario La Nación, la Sociedad Rural y siguen las firmas, cubren las espaldas de Durán Barba y sus asesorados. Insisto, no estoy comparando, marco una constante en la actitud de los poderosos a través de los tiempos. Inclusive, algunos de esos nombres participaron en los años de la dictadura burguesa terrorista argentina. Y ni hablar de la complicidad judicial. No está demás señalar que el asesor del macrismo está procesado por la campaña sucia contra Daniel Filmus, el competidor del gerente porteño, cuando difundió con malicia que el padre de aquél era arquitecto y estaba vinculado con Sergio Shoklender, el doblemente estafador de las Madres. El juicio está muy cerca de prescribir por abulia de la corporación tribunalicia para investigar.
Usted puede pensar que lo mío es delirio, pero se me ocurre que, conociendo la trayectoria perversa del ecuatoriano (basta recordar que en su libro se jacta de haber producido el suicidio de un candidato opositor a sus intereses), quizás el objetivo del uso del adjetivo sea probar el límite del síntoma "me-importa-medio-carajo" de la clase media porteña que vive casi exclusivamente para ganar guita fácil, vivir a costa del otro y joder a "la yegua". Si los lefebvristas (¿hay mucha diferencia con los dichos de admiración al jerarca nazi y la irrupción de estos tipos a la Catedral?) generaron apenas algunas pocas imágenes televisivas y Macri declaró que el episodio Durán Barba "ya terminó", espero el resultado de las próximas elecciones en Capital Federal.
Permítanme sostener cierto escepticismo al respecto. Es que vivo en Mendoza, una sociedad peligrosamente cobotizada.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Ciertas ternuras, ternuras ciertas

                                                  "Tengo, vamos a ver,
                                                    tengo lo que tenía que tener"
                                                                                      Nicolás Guillén


Habrá que reconocerlo. La Corte Suprema de Justicia argentina se demoró un poquito menos en reconocer la constitucionalidad de la Ley de Medios que el Vaticano en admitir las barbaridades de la Inquisición. Tal vez cuatro años en los albores del siglo XXI sean el equivalente histórico de los casi cuatrocientos que van desde el 12 de abril de 1633 hasta nuestros tiempos. Galileo tenía sesenta y nueve años cuando entró ese día a aquella sala a defenderse de las acusaciones de sacrilegio y otras ciertas ternuras eclesiásticas. Es como si los sesenta segundos que caben en un minuto fuesen hoy más vertiginosos, aunque cualquier reloj lo desmienta, por más berreta que sea.
Debe ser un síntoma más de la confusión con que la civilización, sobre todo la occidental, nos desabriga. En esta época de luces tecnológicas y tempestades éticas parece ser lo mismo la dialéctica que la contradicción. O, al menos, eso nos quieren hacer creer. En Uruguay, por ejemplo, aparece el médico Tabaré Vázquez como estandarte del ala derecha (sic) del Frente Amplio (este sí, auténticamente progresista) y en nuestro país un señor Sergio Massa se postula como dirigente de un Frente restaurador del neoliberalismo, (una cierta ternura genocida y contemporánea), pero autodenominándose Renovador. Casi como calificar de brisa pacificadora al tifón "Haiyán" o de dentadura inmaculada lo que me queda labios adentro, en esa "frontera de los besos", como canta Hernández en su trágico poema "Nanas de la cebolla".
Mientras, el Grupo Clarín tiene, como la Selección Argentina de Fútbol, problemas de defensa. Uno de los abogados patrocinantes se llama Damián Cassino, apellido apropiado para quienes se timbearon la guita de los aportes jubilatorios y crecieron al amparo de la muerte, la desaparición de seres humanos, el robo de criaturas y la tortura para hacerse de negocios. Cassino, bueno es aclararlo, no se pone colorado. Es. Claro que el fútbol, ya se sabe, es causa nacional y popular. En cambio, no creo que un monopolio genere ciertas ternuras, precisamente.
Un fantasma recorre estos medanales cuyanos, si se me permite esta paráfrasis marxista. El fantasma de una endemia ciudadana, una coprofilia electoral que aqueja a buena parte de la sociedad mendocina y que premió a un exdecano, exgobernador y exvicepresidente que ocupará un asiento en la Cámara de Diputados de la Nación después de haber corrompido el cargo ejecutivo para el que fue convocado en 2007. Una cierta ternura cívica.
El publicista ecuatoriano Jaime Durán Barba, asesor emérito del gerente de la ciudad capital del país, ha derramado una catarata de ciertas ternuras históricas. Para este homínido que habita nuestra pampa húmeda "Hitler era un tipo espectacular" y Stalin un ser de infinita finura y un apasionado lector de poesías. Si hasta el rabino Sergio Bergman, su discípulo en versión kipá, debió salir a marcar distancias. Claro, respecto de Hitler solamente.
El mejor alumno de Jaimito, casi su JTP (Jefe de Trabajos Prácticos), Mauricio Macri, también tuvo su gesto de cierta ternura, en la categoría "Soberanía", al cambiar el nombre del Pasaje 2 de Abril (fecha del desembarco, en 1982, de tropas argentinas en Malvinas) por el de ¡Inglaterra!. Con ese timming tan bien ensayado en su trayectoria (nombró al comisario Palacios al frente de la flamante Policía Metropolitana cuando el cana está involucrado en el atentado a la AMIA, al escritor Abel Posse como ministro de Educación, pese a su pasado de embajador del gobierno terrorista burgués del 76, espió telefónicamente a las víctimas del atentado de 1994 y a sus parientes, reprimió a trabajadores y pacientes del Hospital Neuropsiquiátrico Borda, y otras ciertas ternuras aplaudidas en las urnas por buena parte de la también coprofílica sociedad porteña), el gerente tiene su lugar aquí, en el Cuadro de Honor de este textículo miscelánico.
El diario "La Nación" me obsequia una cierta ternura económica o sociológica, no sé. Dice que el llamado "cepo cambiario" desató un boom de viajes al exterior y una fiebre de compras con tarjetas, de débito y de crédito. Traducido a idioma gelmaniano, nos toman por boludos. Si no se puede comer en un restaurant sin reservar la mesa con tres días de anticipación, si las calles y las rutas nacionales parecen un enjambre de vehículos cero kilómetro, si cada vez más argentinos viajan por el mundo y consumen a mansalva es, según estos crápulas con "olor a bosta de vaca", Sarmiento dixit, porque no nos dejan ahorrar en dólares.
Pero basta de ciertas ternuras, paso a las ternuras ciertas.
Deodoro Roca, el abogado y periodista que, entre otras virtudes fue cofundador de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, redactó, se sabe, el Manifiesto Liminar del Movimiento Reformista que, en 1918, sacudió la modorra y la mazmorra mental del clericalismo en la cultura y, especialmente, en la vida universitaria argentina y latinoamericana. Roca escribió: "Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan". Palabras que hoy tienen notable vigencia porque dejamos atrás la vergüenza de una legislación que protegía los monopolios de la palabra y la imagen, pero nos quedan los dolores de los formadores de precios, los asesinos de pueblos originarios, los depredadores de nuestro suelo, nuestro aire, nuestras aguas, nuestra fauna y nuestra flora, los empresarios disfrazados de dirigentes gremiales, el territorio colonizado en las islas del sur y sus pensadores lacayos envueltos en la bandera nacional. La plena vigencia de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual es, lo siento así, una de esas ternuras ciertas que justifican mi vocación. Porque tenemos lo que teníamos que tener, Nicolás.
Y, por supuesto, los desayunos con tu mermelada de damascos, amor, esa ternura cierta que me endulza cada jornada.