jueves, 21 de febrero de 2019

Volvió a nacer

Se dice así. Cuando se extrae un niño ileso de entre los escombros después de un terremoto o un tornado; si una muchacha sale de entre los hierros retorcidos de un micro accidentado sin un solo rasguño mientras a su alrededor la sangre es un partícipe necesario; si el rayo que debió caer, pero no cayó en el árbol bajo el que nos refugiamos y así en tantas oportunidades en las que el azar tejió sus hilos misteriosos y no pasó lo que tenía que pasar, decimos que hemos vuelto a nacer. Que ese niño, aquella muchacha y nosotros volvimos a nacer.
En esos casos de manera involuntaria.
Pero ella no. Ella se preñó a sí misma, se embarazó de identidad. Ella, que parió y amamantó como cualquier mujer un día empezó a saber que debía ser la protagonista de su nuevo nacer. Pasó así, según nos contó una tarde en casa, con café y un libro cubano que trajo como buen augurio de nuestro cercano viaje al primer territorio libre de la América contemporánea.
Hace años, cuando ella era más joven de lo que es ahora empezó a saber. Fue en una peluquería. El peluquero estaba en la tarea imposible de hacerla más linda de lo que era y es. Y en esa charla entre tinturas, secadores, ruleros y revistas del corazón atrasadas le confesó que en plena dictadura y mientras el elenco de teatro independiente del que era parte ensayaba, en plena noche un grupo de tareas allanó ese domicilio. Los metieron presos, pero ellos también tuvieron el azar de su lado y volvieron a nacer. Por la descripción que hizo de los sabuesos ella descubrió que uno de esos tipos era su progenitor (jamás pudo decirle padre o papá).
Y desde ese momento, dice, supo que estaba casi sola frente a su destino. Por otras circunstancias ni la madre estaba en condiciones de auxiliarla. Sólo la tía y su Eros que, ahora adopta el nombre y el abrazo permanente de Fabián.
Empezó entonces la toma de conciencia, en paralelo con el devenir tanático de la patria y el erótico de los días y sus noches. Recorrió los senderos que había que recorrer, algunos pavimentados, los menos, y los más con dificultades, trabas, trampas y peligros, pero siempre con el objetivo firme, lúcido de saber qué se quiere hacer con la nueva criatura que se iba gestando, autogestando.
Y lo logró. Y hoy esa nueva mujer, que no es producto de un milagro ni obra de ningún ser suprahumano, está transitando la burocrática misión de cambiar sus documentos, sus tarjetas bancarias, su carnet de conductora y otras banalidades así. Me gusta imaginar qué cara pondrá la empleada del Registro Civil y la de la entidad bancaria cuando Mariana les entregue fotocopia fiel del original de su nueva Partida de Nacimiento. Si adivinarán que más que en ese papel la nueva Mariana está en su sonrisa, ya no sólo la que surge de sus labios y de los dientes, esas "diminutas ferocidades", según Miguel Hernández, sino de la que ilumina con sus ojos de niña nueva.
Nosotros, quienes la amamos por esto y por tanto más, nos proponemos ser los sonajeros multicolores y las cajitas de música que necesite para crecer, seguir creciendo, sana y fuerte, feliz y comprometida como hasta ahora. Pero, sobre todo, nos felicitamos por ser condecorados con su ejemplo y su amistad.
Estos son los casos en los que, con ovarios militantes así, las mujeres que han vivido los horrores históricos casi como nadie resignifican aquello que canta el pueblo en las plazas. "A pesar de las bombas, de los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos, no nos han vencido".