domingo, 21 de octubre de 2018

Prisión domiciliaria

                                                                       A Juan Sasturain

He imaginado varias formas de contarlo, pero como no es verdad, todavía (aunque sí verosímil, muy verosímil), prefiero elegir la más directa, la más sencilla.
Lo voy a matar. Aún no sé cómo. Por mi condición, no puedo disparar ni empuñar un arma blanca (ni de cualquier otro color). Ni hablar de un envenenamiento. Para eso necesitaría sentarme con él a la misma mesa, compartir un café o - se me revuelve el estómago de sólo pensarlo - participar de una comida. Como lo dije alguna vez, con esa gente ni el saludo. Descarto por improcedente y cursi la eventual contratación de un sicario. Son métodos de literatura barata y Juan no me lo perdonaría. Entonces, no sé, pero algo se me va a ocurrir. Eso sí sé.
Quizá disimular un accidente. Citarlo cerca de un puente ferroviario y empujarlo casi como un traspié inevitable. Aunque corro el riesgo de que se considere homicidio culposo y quiero que se note que fue intencional. A diferencia de Wakefield sí sé por qué lo hago. A diferencia de Bartleby prefiero hacerlo. Que Hawthorne y Conrad me perdonen. Y que Juan me ampare.
Aunque no busco ningún predicamento público es muy probable que el caso se viralice, como dice la muchachada. Busco la paz, mí paz, no esa espantosa manía de que pidan hacerme notas, reportajes o interpretaciones "pseudopsi" de mis colegas, hambrientos ellos sí, de fama berreta.
Sabré arreglármelas con el asunto. Mientras leo "El último Hammett" empiezo a "ver" el método. Pero no voy a revelarlo, no tiene importancia. Este no es un cuento policial convencional, si tal cosa existe aún. Es, en todo caso, el relato de un sacrificio patriótico que, además, me ayudará a vivir los años que me quedan como siempre soñé.
Todo crimen es político. No importa la condición de la víctima y tampoco del victimario. Es posible que lo mío sea un gesto de egoísmo, pero también quiero creer que una sensación colectiva de alivio recorrerá el territorio y, sobre todo, los corazones de mujeres y hombres cualquiera sea su condición social, siempre que tengan un arraigado espíritu de justicia.
Me juzgarán, mi abogado defensor cumplirá el rol pactado de conseguir una sentencia equitativa (después de todo le habré quitado la vida a otro ser humano), dura y definitiva. Negociará con el fiscal, el jurado y sus señorías que, teniendo en cuenta mi edad y la condición física crónica de la que padezco (nací sin la pierna y el brazo derechos: soy zurdo por partida triple), accedan a que cumpla la condena en prisión domiciliaria.
Entonces sí, podré dedicar mis días a leer a destajo los libros que ocupan casi todas las paredes de mi hogar y que esperan, me esperan, desde siempre.

Se despertó de manera abrupta (el viento cerró la ventana con un estrépito extraño), levantó las muletas que dormían junto a él, se incorporó con la dificultad de siempre y supuso que ella lo esperaba en la cocina. Los libros alfombraban el pasillo, desquiciados y con sus tapas húmedas de sangre fresca..
Cuando se asomó vio el arma que lo apuntaba y nunca supo si lo mató la mujer flaca o El Minúsculo, el muerto del sueño.

sábado, 13 de octubre de 2018

Desnudo

Era otro país, el nuestro. La querida artista plástica Marcela Furlani me hizo la propuesta y la acepté. No tuve que vencer el prurito judeocristiano bimilenario de mostrar el cuerpo. Marcela me dijo que la fotografía iba a ser tomada, trabajada por Noelia Guzmán a quien yo no conocía.
Llegaron a casa con un recipiente como esos que se ocupan para transportar en los casos de donación de órganos. De él surgió un corazón de vaca o de toro o de buey, no recuerdo. Me desnudaron, me sentaron en el living de casa, me pintaron de rojo las piernas y la zona púbica como remedo de sangre del corazón del animal, éste real, verdadero. Y yo desnudo, sometido de manera voluntaria a la sesión de fotos. Fue una experiencia íntima, respetuosa, artística en el más alto sentido del término.
La muestra con ese y otros desnudos se llamó "Cuerpos con alma" y se vio entre abril y mayo de 2013 en el Espacio Contemporáneo de Arte de Mendoza (antes de que el pirómano Secretario de Cultura, Diego Gareca y su equipo de laderos se haga cargo del cargo).
En esta semana Noelia me preguntó si tenía algún inconveniente de que la foto se exhiba en la Feria del Libro local, organizada por el "dream team" cultural del gobierno del minúsculo Alfredo Cornejo. Tal vez el mejor alumno del expresidente Macri, como le dice Hernán Brienza.
Soy periodista cultural desde hace casi cuarenta años, pero si me preguntan qué soy o prefiero ser me gusta considerarme lector y poco más. Siempre mi hogar ha sido una inmensa y a veces caótica biblioteca. Soy un animal de libros, me dijo una colega hace muchos años.
Pese a eso la runfla que organiza el show anual de libros local me ningunea con método. No me enojo, no me quejo, describo. Vienen y participan del festival amigos de acá y de allá. Y me parece que tienen todo el derecho y no soy quién para juzgarlos.
Pero a Noelia le respondí que sí, tengo inconveniente. No participo, no voy ni iré a la Feria mientras sea organizada por funcionarios de un régimen que produce hambre y censura.
No quiero participar ni en foto. Y menos desnudo.

domingo, 7 de octubre de 2018

Armas

Mi amigo Rafael Bielsa fue a visitar a Julio De Vido, preso político argentino, al Penal de Marcos Paz, Buenos Aires.
Para no ir con las manos vacías y porque él también pasó por el calvario de una prisión ilegal y tortuosa durante la dictadura genocida y es un maestro en solidaridades, decidió llevarle de regalo un libro. Fue minucioso en la elección, me contó. Eligió un precioso ejemplar que reúne las cartas de Fernando Pessoa a Ofélia Queiroz, el único amor, se dice, del poeta y escritor portugués. Con ilustraciones de Antonio Seguí, con litografías de los originales de las misivas, con una impresión que despide esa fragancia que sólo el desasosiego profundo del sentimiento apasionado y no consumado produce.
Y en una edición de tapas duras.
No pudo ver a su amigo. Cuando llegó ya se había cubierto el cupo de tres personas no familiares directos que pueden visitarlo cada semana. Quiso, entonces, dejarle el regalo. Le indicaron que tenía que dirigirse a la Oficina de Objetos. Allá fue Rafael, libro en mano. La empleada que lo atendió le explicó que no podía recibirle el "objeto" porque era de tapas duras. Puede ser un arma, le dijo.
Imagino los ojos de asombro del Rafa, su incredulidad. La misma que tenía mientras nos contaba el episodio. Solicitó hablar con un personal superior del Servicio Penitenciario Federal, pero de la Oficina de Objetos. Una joven mujer uniformada le reiteró la objeción al objeto.
Y se volvió con el libro, dedicado con cariño, a su hogar. Allí esperará que Julio y los demás (Milagro Sala y sus compañeras de Alto Comedero en Jujuy, Amado Boudou, Cristóbal López, Fabián de Sousa y tantas y tantos más) salgan de las mazmorras del régimen.
Y que las armas de tapas duras liberen. Los libros suelen tener esa virtud.