lunes, 29 de diciembre de 2014

El pino negro y otros fuegos

A Ana Vera, Rodrigo y Gabriel Páez,
in memoriam
"Aquí yace un pájaro.
 Una flor.
 Un violín"
 Juan Gelman


En vísperas de fin de año un grupo de niños de alrededor de diez años de edad quemaron el maravilloso pino centenario (o que quiero imaginar centenario) que presidía la plazoleta Belgrano, a metros de mi casa, en Godoy Cruz, Mendoza. El municipio ha remodelado no hace mucho el paseo (a veces tengo la impresión de que la gestión no hace otra cosa que embellecer plazas y organizar conciertos magníficos mientras sus habitantes humildes siguen esperando) y la plaza está llena de jóvenes y criaturas que la habitan durante las tardes y las noches de verano. En fin, que hoy está el pino en pie, pero negro "como la tumba donde yace mi amigo". Cosas de la pirotecnia, esa agresión perversa y primitiva enmascarada en un nombre mediático. Daño, puro y simple. Al ver el pino, mustio y calcinado, pero erguido sobre su propio dolor pude poner en palabras escritas lo que sigue. Recién entonces pude.
Ana fue un milagro de vida. Hija de Víctor Hugo Vera, desaparecido en Tucumán durante la dictadura genocida, vivió en prisión junto a Florencia, su madre, hasta que la abuela materna la rescató de las garras del horror. En esa casa le tocó presenciar el secuestro de su tía, también perdida en la noche de los tiempos malditos. Creció, con las trenzas negras al viento y sus ojos penetrantes y cantarinos. Así la conocimos y así creció también la amistad con Laura, nuestra hija mayor. Estudiaron juntas en la Escuela de Bellas Artes de Mendoza, allí conocieron a sus compañeros de vida, Santiago y Leandro, respectivamente. Ana y Santiago tuvieron tres hijos, ella estudió Comunicación Social y trabajó solidariamente siempre. Adoptaron cuatro hermanitos, rescatados de una familia con riesgos vitales importantes y formaron un hogar luminoso, alegre y caótico. En esa casa mi nieto mayor, Manuel, fue un niño amado, feliz y libre.
La hago corta y, en lo posible, sin golpes bajos. En el amanecer del domingo 16 de noviembre pasado un cortocircuito incendió la inmensa casa de Ana y familia. Se pusieron a salvo casi todos. Ella intentó rescatar a uno de los chicos atrapado entre los fuegos y en la desesperación corrió otro con ella. Ninguno de los tres salió con vida. Punto.
Ana, su entrega total y final. Ana, la Patria y el Otro. Ana, igual a como vivió. Sí, una tragedia griega en pleno siglo XXI. Y, por favor, no me digan que se los llevó Dios. Prefiero no ofender a nadie.
Cada vez que leo o escucho el lema "Argentina, un país con buena gente" se me aparece el rostro de Ana, su humor inteligente, corrosivo y feliz (alguna vez, bromeando, dejó dicho que si moría la cremaran y sus cenizas fueran a parar al inodoro).
No les cuento la ola de solidaridad para con los que quedaron vivos, desnudos de todo, atónitos y derrumbados de dolor, ese abrazo extendido que inundó la provincia. Si me detengo en los detalles, las donaciones, los mensajes y los recitales a beneficio caería en esos golpes bajos que quiero evitar. Como en tantas otras ocasiones, como en las inundaciones de Santa Fe y La Plata, por ejemplo, ni el fuego ni el agua tienen la culpa. Recuerdo aquel texto maravilloso de Angélica Gorodischer cuando le desidia de la gestión Reutemann ahogó a los santafesinos. Pero también sé que nuestro querido Eduardo Galeano dice que somos fueguitos, que nos abrigamos y vamos creciendo juntos en sueños realizados. Y entonces me digo que sí, el fuego no tiene la culpa. Ni el que enmudeció la vida de Ana, a sus 40 años y la de los chicos en plena pubertad, ni la que pintó de negro el pino centenario de mi barrio.
Estoy leyendo "Historia de las ideas científicas", de Leonardo Moledo y Nicolás Olszevicki (Planeta, 2014), un libro voluminoso que me gusta saborear de a poco, como los buenos chocolates o un café con mis amigos. En él, Moledo, otro fallecido prematuro, escribe un poema que empieza así: "Primero vino el fuego, el árbol que ardía,/la floresta incendiada que aquellos hombres monos mirarían pasmados..."
El fuego, ese "aire enrarecido", el elemento de la curiosidad primordial, el que nos protege en los inviernos del cuerpo y del ánimo, el que nos viene alimentando, el cómplice de amistades y pasiones.
Estamos de pie, como el pino aquél y como los que quedamos sin la sonrisa de Ana. El fuego y los fueguitos seguimos bregando para que "se encuentren los amores y se espanten los espantos." Siempre.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Ficción real o viceversa

Hay personas que vienen al mundo predestinados. O marcados por la herencia que los padres insisten en dejarles. El nombre, por ejemplo. El protagonista del cuento que van a leer se llamó, por imposición jerárquica de progenitores, curas y demás elementos zoológicos, Francisco Mulgar. De abuelos húngaros y padres católicos, apostólicos y vaticanos, apenas ingresó a la escuela sus compañeros, malditos y traviesos, lo apodaron Paco. Paco Mulgar tuvo una infancia feliz, si se entiende por feliz disfrutar de los juegos convencionales de un niño de clase media urbana, miembro de una familia con aspiraciones de progreso. Figuritas, veranos en la playa, fútbol y rugby, flirteos tímidos con niñas audaces. Hubo un intento fallido de hacerlo sacerdote (no pasó de monaguillo en la misa de 11 del domingo) y, rápidamente, se decidió por la abogacía. Sin embargo, Paco Mulgar siguió devoto católico y, haciendo honor a su nombre y apellido, era y es hombre de comulgar seguido.
Ciertas incongruencias cósmicas lo pusieron al frente del gobierno provincial de Atrasalandia, comarca precordillerana, semidesértica y alfombrada de uvas y frutales.
Que en su hogar le ponga a su canario "Pío Pío XII", a su pastor alemán "Ratzinger", a su gata "Carmelita", que la piscina sea llenada únicamente con agua bendita, que él y su mujer se autoflagelen cada Semana Santa como los místicos filipinos o indonesios, que su personal doméstico deba llamarse Teresa (por la dama albanesa que administraba moritorios en Calcuta), que desayune y meriende sólo bolas de fraile y sacramentos, que esté convencido de que Bergoglio eligió mutar en Francisco como homenaje subliminal a su devoción desinteresada por la secta religiosa mayoritaria, que las paredes internas de su casa estén tapizadas de mártires medievales, son decisiones íntimas, raras, pero respetables.
Distinto asunto es cuando pide que mi canario, mi perro, mi gata, mi Pelopincho, mi desayuno, mi merienda, mi compañera y mis colaboradores se llamen y se comporten como es su costumbre. Y todo para que el monseñor del barrio no se ponga triste o enojado.
Hasta acá la ficción. Pobre, es verdad, pero honrada. Te invito a abrir la puerta de la realidad. Pobre, es verdad, y deshonrada.
El gobernador de mi provincia, el "compañero" Francisco Pérez, les ha pedido a los integrantes de la Comisión Bicameral que analizan el proyecto de Ley de Educación local que eliminen de su texto la palabra "laica". El argumento es peor que la solicitud. Se trata, sugiere, de no discriminar a los negocios privados pedagógicos con orientación religiosa. No hace mucho un grupo de empresas y empresarios mendocinos ("la aristocracia del barrio". O la aristograsa del barrio) hizo lobby en la misma dirección. La titular de la Bicameral, diputada Lorena Saponara (FPV), en entrevista para "El Candil" (Radio Nacional Mendoza) rechazó el pedido empresarial. Sin embargo, el gobernador hace las veces de portavoz de los grupos concentrados de la educación celestial. La Iglesia católica, secta mayoritaria en verdad, se resiste a vivir en el siglo XXI. Les costó aceptar que los hijos nacidos de una pareja no casada son hijos del amor, que dos personas pueden dejar de quererse y enamorarse de otra persona. Todavía creen que un ser humano homosexual está enfermo de eso. En fin, que parecen ser ciudadanos paradigmáticos de Atrasalandia.
El artículo 212 de la Constitución de Mendoza dice que "La educación será laica, gratuita y obligatoria". Es decir que el pedido de Pérez es un intento de contradecir la letra y el espíritu de la ley suprema de la provincia. Y todo por un apriete corporativo. También se argumenta que la inclusión de la palabra "le quita espiritualidad" al proceso educativo. Con ese concepto podemos decir que la palabra "gratuita" le quita rentabilidad y la palabra "obligatoria" coarta la libertad de no estudiar.
En nuestra patria la educación pública es laica desde el 8 de julio de 1882. Regresar a ese 7 de julio es más de lo que mi imaginación puede ver, pero todo es posible en esta sociedad en la que todavía se percibe un fuerte olor a incienso en los alrededores de las iglesias, cuando el domingo canta su canción de primavera y los niños sueñan que son mariposas que persiguen una pelota de trapo.

martes, 9 de diciembre de 2014

La cicatriz

"Yo quiero a mi bandera,
planchadita, planchadita, planchadita"
Luca Prodan


"Es así, señora. No sé adónde vamos a ir a parar. Les dan guita a los transexuales, les pagan un sueldo a los delincuentes, vacunan gratis a cualquiera por cualquier resfrío, promueven los embarazos adolescentes por unos pesos, en este país va a la universidad hasta un vago de la villa. Y ahora, lo último que faltaba, estuvieron ahí de permitir que un alumno repetidor sea abanderado en la escuela del Cacho. Por suerte, la Rosa, la Violeta, la Margarita y esta servidora le pedimos, le exigimos, a las autoridades pertinentes que no sean impertinentes y deroguen esa barbaridad. Estamos hartas, nosotras que somos las flores más perfumadas del jardín del barrio, de que nivelen para abajo", me dice la señora Lila, mientras repasa la vereda con el lampazo por octava vez.
La indignación de estas abanderadas del ombligo ancestral surgió, esta vez, por una resolución de la Dirección General de Escuelas de Mendoza que abría la posibilidad de que un alumno repetidor pudiese llegar a ser abanderado del colegio. ¡Para qué! Se sacudió el árbol del sentido común y cayeron cientos, miles, millones de lugares también comunes para alfombrar el piso de la chatura mental y moral de esa clase media con ruleros y cabezas con forma de pelota de rugby.
Uno, ingenuo hasta la boludez, supone que una decisión así (la educativa, digo) no surge por el capricho o la alucinación de un funcionario o funcionaria después de una noche de amor apasionado y como agradecimiento a la vida que le ha dado tanto. Una resolución así se propone, se analiza en equipo, se estudia, precisamente, se discute, se aprueba y recién entonces se difunde. No supe ni imaginé jamás que, por ejemplo, la Asignación Universal por Hijo haya sido motorizada por un ataque de inspiración celestial. Pues bien, poner en práctica lo decidido por la DGE implicaba un paso inclusivo más, en sintonía con los aires de la década. Lo escribo en pretérito porque, otra vez, ganó Doña Rosa en nuestra bienamada patria chica. El gobernador puso el grito en el cielo, recordó su paso por las aulas del Liceo Militar "General Espejo" y retrotrajo la situación a los cauces conservadores de siempre. No hay caso o, mejor aún, hay casos en que los dedos en V, la Marcha y "combatiendo al capital" son una foto. Sólo eso.
O sea, el chico que repitió un grado será repetidor para siempre. Llevará la etiqueta de burro, mal alumno, desacatado y oloroso para siempre. Es la misma lógica ilógica que se aplica a quien ha delinquido. Delincuente for ever. Para la lacra pequeñoburguesa que supimos conseguir está prohibido superarse, dejar atrás cualquier traspié que un ser humano haya dado en la vida. Me recuerda las palabras de aquel milico del golpe de Estado de setiembre de 1955 (hay historiadores que se empeñan en seguir llamándolo Revolución Libertadora) ante algunos dirigentes de la CGT que habían ido con la pelela puesta de sombrero a negociar con los fusiladores: "Esta revolución se hizo para que el hijo del albañil siga siendo albañil", o algo así les dijo. Y ese mandamiento cultural ha quedado impregnado en muchos sectores de nuestra impoluta clase media. Porque el rechazo al repetidor o al exdelincuente es más una cuestión de clase que de clases en el aula o de clases de afano. Me pregunto cuántos de los titulares de las 4040 cuentas de argentinos en el Banco HSBC suizo habrán repetido algún año en la primaria, en la secundaria o en la universidad. O más interesante todavía, ¿cuántos han sido abanderados, para terminar convirtiéndose en estos "patriotas" según el código moral "me miro el ombligo y los demás me importan medio carajo"? Ah, pero ellos y ellas serán siempre bienvenidos y aplaudidas cuando desfilen con la escarapela en el pecho cada 25 de mayo o 9 de julio.
Mis amigas y amigos médicos me explicaron que el ombligo es una "cicatriz redondeada y arrugada que se forma en medio del vientre tras cortar y secarse el cordón umbilical". Sólo eso y nada más. Aunque muchos lo usen de estandarte ético y les marque el camino estrecho y finito de su existir. Con esa cicatriz votan, compran y venden, hacen y deshacen el amor, soplan las velitas, viajan y regresan, compran dólares y electrodomésticos, con el ombligo escriben, pintan y bailan, viven admirándolo frente al espejo hasta lo masturbatorio. En fin, que esa cicatriz es el alfa y omega, el GPS de su moral.