domingo, 27 de marzo de 2016

Golpe a golpe


No, no fue Antonio Machado. Ni Joan Manuel Serrat.
La orden verbal la dio Marcelo Marino, Subgerente Periodístico de LRA1 Radio Nacional, con sede en Maipú 555, C.A.B.A. (Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Dijo ser el portavoz de una decisión emanada de Fernando Subirats, el Gerente Periodístico de la emisora. El destinatario se llama Carlos Saglul, en ese momento a cargo del Informativo de rutina.
Según Saglul, miembro del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SIPREBA) y exdetenido desaparecido durante la dictadura cívico - militar - eclesiástica que asoló la Argentina entre 1976 y 1983, Marino ingresó al Estudio y le informó que, a partir de ese momento, no se podía nombrar a ese período histórico del país así, sino solamente como "dictadura militar".
Como corresponde a un ser humano con la dignidad en pie el colega denunció el asunto al sindicato y la organización gremial emitió un comunicado en repudio del intento de censura.
Entiendo que, hasta el momento de escribir este textículo, el episodio no ha sido desmentido ni aclarado por Subirats que, además de periodista es psicólogo social, según figura en su perfil en las redes sociales.
Martínez de Hoz, Cavallo, Melconian, Blaquier, Massot, Mercedes Benz, Macri, Ford, Clarín, Morales Solá, Gómez Fuentes, José María Muñoz, La Nación, Bonamín, Plaza, Tortolo, la Sociedad Rural Argentina, Pío Laghi, Quarracino, Primatesta y siguen las firmas son, según creo, personas y empresas que no utilizaron ni utilizan uniformes militares. Algunos usaron hábitos, habitualmente conocidos como sotanas, otro uniforme. Es decir, ya ni hace falta argumentar demasiado para decir que estos tipos y empresas protagonizaron, de una u otra manera, los asesinatos, torturas, robos de criaturas y desmantelamiento del Estado durante esa época oscura. Algunos murieron, otros están siendo juzgados y hay quien, aún hoy, está ejerciendo cargos en el mismo gobierno de los señores Marino y Subirats. Las empresas mencionadas, bien gracias, gozan de todas las prebendas del mismo sistema perverso que recurrió a los cuarteles y hoy festeja el resultado electoral de noviembre de 2015.
Lo dicho, la orden fue verbal y en la sede central de la Radio Pública. Quien esto escribe es periodista de LRA6 Radio Nacional Mendoza y adhiere al repudio sindical. Pero (ahora sigo en primera persona) no pienso que haya sido sólo un exabrupto del señor gerente, provocado por una indigestión hepática, un conflicto amoroso o una resaca alcohólica. El clima de revancha derechista facilita estos desatinos. Si el ministro nacional del área económica habla de "grasa militante" para referirse a trabajadores estatales y dice que están "acomodando la basura" cuando hace mención a la herencia recibida de la gestión anterior. Si el mismo tipo teme que, alguna vez, llegue a la presidencia de la república un argentino nacido en Santiago del Estero. Si el intendente de Quilmes, el cocinero Martiniano Molina, confunde el centro clandestino de detención "Pozo de Quilmes" con un bache vial. Si se ataca a balazos y se rompen locales partidarios de la oposición y hay robos y destrucción de viviendas de periodistas, como el caso de Marcelo Padilla en Mendoza y si, por una parte desfilan personalidades en los medios públicos instando a "ceder la palabra" y por la otra se prohíbe la mención a la complicidad y aprovechamiento civil, empresarial y religioso durante el genocidio, es que llegamos a esta situación.
Seguiré nombrando al golpe de Estado del 76 y a su consecuencia directa e indirecta como siempre.
Me lo ratificaron ellas, "pequeñitas, revoltosas", las miles de mariposas que sobrevolaron la multitud en Plaza de Mayo el 24 de marzo pasado y se posaron en los pañuelos blancos, en brazos y hombros, en el pecho de Osvaldo Bayer, en el cochecito de cada bebé caminante, en el cabello al viento de las muchachas florecidas.
Si el señor Gerente se anima, que me haga llegar por escrito su decisión. Sabré qué hacer.

viernes, 11 de marzo de 2016

Cruces y figuritas

"A veces la conexión está ahí, a la vista, y sólo hay que hacer el recorrido en sentido inverso, buscando"
Angélica Gorodischer ("Las nenas". Emecé, 2016)


Mi casa materna fue un imán. A la tarde, cuando la siesta ya era pasado y al futuro lo imaginábamos cálido y perfumado los amigos caían con los restos de la chocolatada sobre el labio superior anticipando los bigotes juveniles, y la camisa mitad adentro y mitad al viento. Era la época en que nuestras viejas todavía nos vestían con camisa para ir a la escuela.
Las figuritas me apasionaban. Venía el Luis y había que entretenerlo para distraerle la tristeza. Había perdido a su padre y nos abrumaban sus ojos claros, llenos de agua y, a su vez, con sed de cariño. Gabriel y el Lechita (le decíamos así porque era un voraz bebedor de cualquier marca u origen), Mario y Alberto, el vecino vecino, el que vivía dos casas más allá, casi a mitad de cuadra. Las figuritas, entonces. Pura adrenalina, horas de discusiones, que si la mía tapó o no a la del Flaco (apuesto a que hoy, ya casi a los setenta, Gabriel sigue flaco, flaquísimo disimuando asados, cervezas, wiskis y andropausias).
Pero el mayor placer, ese que me inició en la obsesión por el orden en mi biblioteca, por ejemplo, era solitario. Cuando todos se iban y después de la tarea para la escuela me dedicaba al álbum. Siempre incompleto, siempre con la ilusión de que mañana, ese impostergable mañana, mi vieja metiera su mano regordeta y dulce en el bolsillo del delantal de cocina y sacara esos billetes de ya no recuerdo qué moneda de curso legal en esta patria pisoteada desde la economía hasta la dignidad. Era muy chico y el paquete de figuritas escondía la difícil, la imposible, la que me permitiría ir al kiosco a ostentar mi álbum rugoso, pero completo y volver a casa con la pelota de goma a rayas rojas y blancas, finitas y brillantes. Hasta el primer partido en la canchita. O hasta el pinchazo y a bañarse. La utopía redonda de un pibe de clase media que empezaba a escuchar a sus mayores hablar de otras utopías más contundentes, pero tan maravillosas como las que aún hoy me llevan día a día a compartirlas frente a un micrófono de radio, con mis compañeros y los oyentes cómplices.
Nunca completé un álbum, así como nunca alcanzaré las utopías. Para seguir buscando, como nos enseñó Eduardo.
¿Y las cruces?, me dirá usted, ¿qué tienen que ver con las figuritas, el álbum y los amigos de entonces? No, no son las de las grandes catedrales ni las de capillas modestas. Ninguna relación con el Gauchito Gil o la Difunta Correa y sus religiosidades populares en las rutas argentinas.
Cruces es Juan José, un señor que estudió en la Washington University y en Yale University y hoy es catedrático en la Escuela de Negocios en la Universidad Torcuato Di Tella, privada, privadísima. Juan José Cruces debe haber coleccionado figuritas en su infancia, como yo. Por una cuestión gerenacional las mías con la imagen de Amadeo Carrizo, el Beto Márcico y Roberto Perfumo (hoy, justo hoy, conmovido por su adiós). Él, no sé, quizás Fillol o Messi y el gordo Ronaldo.
Digo, porque quiso explicar, ante las cámaras televisivas, la entrega de la soberanía argentina a Paul Singer y sus carroñeros por obra y desgracia de carroña interna. Y el argumento giró alrededor de las figuritas y el álbum. Más o menos así. Según Cruces la Argentina pegó 93 figuritas de un total de 100. Las que compraría ahora, las 7 que faltarían, son carísimas. Casi tanto como todas las anteriores juntas y todo, por supuesto, por culpa de la Señora que se encaprichó en no acatar la razonable oferta de los pájaros perversos financieros. O sea, si las figuritas son usurarias, si nos muestran los jugadores más perversos y monstruosos del mundo, si no conseguiste ni una pelota como no sea la que nos hizo ídem, si esas 7 se parecen más a un cuento de Lovecraft que a un poema de Prévert, todo eso no le importa a don Cruces.
Para los Cruces la frustración personal de un pibe ante su álbum incompleto es comparable a la entrega del patrimonio de una sociedad. Lo dijo así, sin ponerse colorado y con esa impostura que ostentan los poderosos que se creen sabios.
Me quedé con ese sabor amargo en la boca mientras pienso que el tipo no sólo justifica la hipoteca de la vida presente y futura de mis hijos y mis nietos sino que, de yapa, me jode la infancia.