jueves, 22 de septiembre de 2011

Jorge y José

Jorge dice que José no se enamoró nunca. El padre de ambos, porque Jorge y José son hermanos, era oficial de policía. María, la otra hija del milico, tampoco se casó nunca, aunque Jorge no aclara si alguna vez se enamoró.
Imaginemos la vida de esa familia. Todos con rostros adustos, imposibilitados del goce de los cuerpos, viendo en el prójimo apenas un otro insensible, soñando con desnudeces atormentables, comiendo en silencio, estudiando anatomía con vergüenza propia.
¿Qué serían los ojos de las muchachas para José? La cintura de su vecina, los pechos de la maestra, el cuello de la verdulerita del barrio, ¿cómo afectarían sus noches? Ya había cine cuando José iniciaba su escuela secundaria. ¿Vería sólo películas bélicas, con protagónicos masculinos exclusivamente? ¿Los músculos del sheriff de algún western inicial habrán despertado las cosquillas en la entrepierna de José? Porque dice Jorge que él y José pecaron alguna vez en la vida, aunque no nos cuenta cómo, cuándo y dónde fue que cayeron en falta.
Como, por definición, soy un mal pensado y un irrespestuoso de las vacas sagradas, me gusta imaginar que José acudió a los servicios sexuales de una matrona campesina durante una siesta estival, urgido por aquellos llamados imperiosos del cuerpo. Pero, también imagino que no hubo amor. Sólo descarga seminal y culpa, pudor y arrepentimiento inmediato. Episodio que, sigo imaginando, Jorge y José ocultaron al oficial de policía y padre, en un gesto de solidaridad cómplice que aún los acompaña.
No sé y no me animo a imaginar (conozco algunos de mis límites) si lo que Jorge dijo de José es un elogio o una demostración subliminal de que, al fin y al cabo, se trata de un ser humano como vos, muchacha voluptuosa, y como yo, sujeto irreverente. Es que José mutó de nombre un 19 de abril de 2005 y, abruptamente, se convirtió en Benedicto XVI. Esa mutación lo convirtió en infalible, delegado supremo de un dios sobre estas comarcas, dirigente político de élite y soldado vigilante de nuestros pensamientos y nuestros actos. Algunos de sus gestos le han granjeado reacciones públicas insospechadas hace unas décadas. Será por eso que mi amiga Elsa le llama Maledicto XVI.
Pero me da mucha pena que Jorge revele esa falencia de José. Casi me parece imposible que alguien, hombre o mujer, pase por esta vida sin el amor en su mochila. Ya no importa si correspondido o no, si desdichado, turbulento o manantial de paz y goce corporal. Tal vez no sea verdad. Prefiero creer que es una impostura más de una secta en retroceso, que atrasa años luz pero que sigue erigiéndose en gendarme moral y ético de buena parte de esta humanidad castigada por hipocresías globales.
La noticia apareció en un suelto del Diario Los Andes, de Mendoza, hoy 22 de setiembre de 2011, cuando la primavera del sur ondula las caderas de las muchachas y los bíceps de los pibes y yo me enamoro cada día más de vos y de tantas más.
Pero también me da por creer que Jorge, el hermano mayor de Maledicto, no miente, que es cierto que el Infalible no se enamoró nunca. Con demasiada frecuencia se le nota.

sábado, 17 de septiembre de 2011

107 carajos

El suspendido juez mendocino Otilio Romano ha declarado en Chile, país al que se fugó con la complicidad de otro ex juez, Luis Leiva, confeso amigo íntimo del sátrapa (¿usted sería amigo de Camps, por ejemplo, y lo andaría enarbolando como bandera?), que no sabe "de qué carajo" se lo acusa.
Habrá que recordarle que ese eufemismo usado groseramente por quien se supone un hombre de ley, esconde su verdadero significado: se lo acusa de haber participado, por acción u omisión de 107 delitos de lesa humanidad durante la dictadura cívico-militar que asoló nuestro país entre 1976 y 1983. O sea, 107 carajos.
Uno de esos carajos, hay ciento seis más, es el caso de Alfredo Manrique, estudiante avanzado de Ciencias Económicas, de 23 años y Laura Terrera, maestra, de 21 años, quienes fueron secuestrados en la Terminal de Ómnibus de Mendoza el 25 de julio de 1977, cuando regresaban de visitar a la familia de ella, desde San Juan. En el procedimiento el Grupo de Tareas se llevó también a la hija de ambos, Rebeca Celina, de 8 meses de edad. Sus padres eran militantes de Montoneros del aparato de Prensa y Propaganda. Al momento de escribir estas letras, Laura y Alfredo son parte de los treinta mil desaparecidos argentinos, una marca identitaria del país del que venimos.
Merced al trabajo incesante del Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos (MEDH) de Mendoza, de sus abogados, Viviana Beigel y Pablo Salinas, y de la búsqueda interminable de su familia, Rebeca Celina conoció su verdadera identidad al someterse voluntariamente a pruebas de ADN en 2007 y hoy es la nieta recuperada N° 87.
30.000, 107, 87. Números del fango de la Historia convertidos en río de dignidad y vida.
Durante la búsqueda de la niña el hoy prófugo obstruyó y, finalmente archivó la investigación de su paradero. Gracias a las malditas leyes de Obediencia Debida y Punto Final, promovidas por el papá de Little Richard, la causa durmió lo que parecía ser un sueño eterno. Pero un viento nuevo, del sur, alumbró el camino.
El apuro del Consejo de la Magistratura, que trata de marchar al compás de los tiempos de cambio aunque lleva más de un año de impostura ética, determinó ya que Otilio, el cobarde, deje de percibir su sueldo mensual de más de 40 lucas, que se le designe defensor oficial, cargo que recayó en la abogada Fabiana León, y que sea encanado cuando se pueda. Es decir, si lo pescan y no se vuelve a escapar de Piñeralandia.
Evitemos más eufemismos. Otilio Ireneo Roque Romano no es cómplice de la dictadura. Es la dictadura.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua de la madre patria que nos parió dice que se trata de una "persona de muchas pretensiones y poco mérito". Así define a un carcamán, definición que le queda chica al señor que nos debe justicia por, al menos, 107 carajos.

martes, 13 de septiembre de 2011

No fue la mejor Feria

Entre el viernes 2 y el domingo 11 de setiembre vivimos la Feria del Libro de Mendoza. El lema: "La inclusión: un logro cultural necesario, en marcha". Nos visitaron Pedro Lemebel y Arturo Volantines, de Chile, Mario Goloboff, Elsa Drucaroff, José Pablo Feinmann, Osvaldo Bazán, Adolfo Colombres, Sandra Russo, Angélica Gorodischer, Liliana Bodoc. Alrededor de ochenta autores locales participaron como panelistas o presentando su obra.
Doy estos datos iniciales para trasmitir a quienes no tuvieron la oportunidad de venir a este oeste del sur a palpitar la emoción de encontrarse con su filósofo, su periodista, su poeta, su novelista, en fin, su escritor preferido.
Adivinó, la prensa hegemónica calificó como "oficialista" el menú de nombres que integraron la grilla. Es que los organizadores, entre los que me encuentro, miraron el panorama y vieron que, por ejemplo, Marcos Aguinis sigue charlando con los taxistas porteños, Jorge Asís divaga y hace mucho que no publica nada, Mariano Grondona nihil obstat y Luis Majul sueña con Víctor Hugo Morales. Entonces, descartados esos ejemplares, buscamos por el lado explícitamente político y ¿sabe qué?, Hugo Biolcat no dice ni mu, Mauricio Macri estaba planificando un viajecito, Alfonsinín juega en el tobogán y Eduardo Duhalde cree que los libros son perniciosos. Y tiene razón.
Pero hay más. Hubo actos con temática de género, con la problemática de los pueblos originarios, con la fuerza creativa de los escritores jóvenes. Y aquí me detengo un ratito, morocha, y nos tomamos otro café, el mío con azúcar de tu sonrisa.
Claramente fue un error. En simultáneo con la Feria se inauguró (está abierta hasta el 2 de noviembre) la muestra de homenaje a Héctor Oesterheld y su Eternauta, con la presencia de Elsa Sánchez y Juan Sasturain. Para eso hubo que disponer de todo el Espacio Contemporáneo de Arte, edificio que tradicionalmente alberga el denominado Espacio Joven y que este año se llamó Feria de Editoriales Autogestivas (FEA). El error fue, precisamente la simultaneidad, la muestra es una maravilla. La falta de coordinación entre distintas áreas de la Secretaría de Cultura provincial produjo esta superposición de dos actividades de similar importancia y calidad.
Como la materia es impenetrable y no se puede poner en el mismo espacio físico dos cosas a la vez hubo que habilitar la Biblioteca Pública Gral. San Martín para los Feos. Y allá fueron, con su desparpajo, su adrenalina y su creatividad. Pero, sobre todo, con su consentimiento. Produjeron y diseñaron una revista de gran calidad (diferente de la oficial de la Feria: mala y de aparición tardía) y participaron de todas las reuniones de organización con empuje y fraternalmente. Por eso suena raro algún comentario quejoso y resentido de un colega pelilargo. Es que, como ocurre con la Fiesta Nacional de la Vendimia, se ha hecho folklórico castigar la Feria, es políticamente correcto y da pátina de rebelde.
Sigamos, que se nos enfría el café, cintura con ojos. Y tibio, no me gusta ni el chocolate.
Párrafo aparte merecen los dos actos en el Teatro Independencia, nuestro Colón (mi remisero preferido dice que el Teatro Colón es el Independencia de Buenos Aires. Unitarios y federales, como antes, como siempre). Durante dos horas y media estuvo José Pablo Feinmann, el viernes 2 a la noche, disertando acerca de su libro "El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner". Y la noche avanzaba y nadie quería que se termine. Es que José Pablo no tiene como hábito de placer viajar y sacaba cuentas para llegar a la conclusión de que hacía más de 30 años que no pisaba la tierra del Malbec y en aquella oportunidad no como filósofo, sino como vendedor de cables eléctricos. En plena noche genocida. Casi mil personas, casi mil fervorosos y agradecidos cuyanos con cara de feliz cumpleaños.
Una semana después se repitió el fervor y la admiración. Sandra Russo les presentó a nuestra gente "La Presidenta. Historia de una vida" (setenta mil ejemplares vendidos. Algo así como el equivalente al 50% de las primarias en el mundo editorial). Fue una tarde de sábado con sol, el fáctico y el metafórico, enmarcado en una nueva jornada de lucha de periodistas mendocinos contra la indignidad de un empresario y la complicidad de un sindicato en manos inescrupulosas. Pero Sandra iluminó la figura de la estadista más sólida de estas comarcas nuestroamericanas.
Performance inolvidable de Lemebel, cátedra de Goloboff sobre Cortázar, brillante novela de Drucaroff, seminario riquísimo de Colombres, una mesa acerca de los cafés de Mendoza y sus fantasmas. Todo eso y mucho más hubo en diez días intensos.
Claro que hubo falencias, cosas a mejorar. El autor local que no participó fue porque se durmió, no quiso o no pudo. O vive en Mozambique y el subte no pasa por aquí.
La prensa reconoció el éxito. A regañadientes y con chicanas, con la excepción de MDZ, diario digital que no hizo más que lo correcto: periodismo. Los otros se ocuparon de los números. Más de veinte mil concurrentes, ventas a mansalva. Del contenido, prefirieron quedarse mudos. Ignoraron las jornadas del Independencia y es lógico, les perturba su siesta.
No me gustan los rankings, me recuerdan la impostura de los disc jockeys y su curro con los sellos multinacionales de la música. Por eso creo que esta no fue la mejor Feria. Fue distinta. Conceptual, coherente, con un fuerte compromiso ideológico y abarcativa, hasta donde dio el presupuesto. Un Feria de cambio de época, como dice Rafael Correa.
La mejor debe ser la próxima.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Excelencia profesional

  "Lo que se cifra en el nombre"
  Jorge Luis Borges

Sus dificultades comenzaron desde pequeño. En el barrio no sabían cómo llamarlo. Era un pibe amable, cariñoso, lleno de rulos y con lunares, los que le daban un aspecto de vaquita de San Antonio que, como se sabe, siempre despierta ternura y una natural tendencia a la protección. La cuestión es que, ante la dificultad para nombrarlo, le dijeron Cacho.
Pero Cacho no es Cacho. Cuando ingresó a la escuela tuvo su primera dificultad seria. El día de la inscripción a primer grado la gorda Eufemia, administrativa de la Escuela "Rudecindo Aristigueta", se enojó con la tía de Cacho (su madre, avergonzada, se negó siempre a participar de los trámites) porque creyó que le estaba tomando el pelo. La pobre tía Ausencia, así se llama, mostró el certificado de nacimiento y, a regañadientes, el pseudo Cacho ingresó al sistema educativo. Hizo una primaria relativamente normal y en paz. Para eso contó con la solidaridad y comprensión de la directora del establecimiento que, por esas cosas de la vida, también llevaba un nombre y apellido, por ser cautos, originales. Se llamaba Antes Después. Sí, aunque usted piense que soy un fabulador. Le explico. Antes era hija de un marinero caribeño que, como ocurre todavía en esas playas, le ponen nombres insólitos a sus hijos. Y éstos, por inercia o por no malhumorar a sus padres, continúan con la tradición. El marinero en cuestión no sabía, no recordaba, si había engendrado a la futura directora antes o después de una borrachera monumental que terminó en encamada fértil con quien sería su compañera de toda la vida. De ese coito etilizado nació la niña y ante la duda (y para no ponerle Duda, precisamente) le pusieron Antes Después del Vino, que es el apellido del amnésico naval. En fin, volvamos a Cacho, ya entrando en la edad de las espinillas, el burbujeante camino de las hormonas en actividad, el futbol, los bailecitos y las minas.
No pegaba una. Estuvo enamoradísimo de Clotilde, nombre que a él le parecía sublime, pero ella no quiso pasearse del brazo de un pibe, un muchacho ya, que escondiera su DNI por vergüenza. Usted vio, hay mujeres muy detallistas.
Ingresó a la universidad para estudiar periodismo, persuadido de que el rechazo social lo arrinconaría en la soledad y la soledad le permitiría dedicarse a la lectura de los mejores. A propósito, Soledad, ese nombre lo conmovía.
Lo logró. Se recibió, sin honores, en estado de medianía intelectual. Si no pasó inadvertido durante esos años fue por su marca identitaria. Los grupos anarquistas de la Facultad lo acogieron como uno de los suyos. Es que la confusión viene de lejos. Los padres fundadores del movimiento solían ponerle a sus cachorros nombres como Insurrecto, Comunardo, Ácrata y el suyo no desentonaba.
Empezó a laburar en una revista alternativa y allí le decían Línea Punteada. Ahora le cuento, no se impaciente. Resulta que para cualquier trámite (transferir un vehículo o comprar una casa, registrarse en un hotel, sacar un pasaje aéreo, un documento de identidad, cosas así, tan cotidianas) a cualquier persona le hacen poner apellido y nombre, o viceversa, sobre una línea punteada y, aquí revelo la incógnita, el tipo se llama Nombre Apellido.
Imagine solita, para eso no me necesita, las dificultades de todo tipo que tuvo el tipo a lo largo de su vida.
Hasta que un golpe de fortuna, de esos que cualquier ser humano necesita y espera con ansias, lo hizo saltar de revistas y pasquines marginales al pasquín mayor del país.
En la edición del día 30 de agosto de este año, en la Sección Política de Clarín, aparece un artículo dedicado al análisis del triunfo del reelecto gobernador de Tucumán, José Alperovich. La nota está firmada por nuestro héroe, Nombre Apellido. Para ratificar que es él y no un impostor se agrega la dirección de su correo electrónic, a saber napellido@clarin.com .
Como se ve, un caso de excelencia profesional.