lunes, 4 de marzo de 2013

Una explicación sin importancia

"El honor es una forma subjetiva de la derecha"
Horacio González


No vengo a dar lecciones de ética. Ni de moral. Ni de honor. Porque acuerdo con Horacio González y porque no soy quién (alguien dijo que todos guardamos muertos en el ropero, o algo así) y porque la docencia no es lo mío. Empiezo entonces por contarles, contarte amiga, algunos de esos "muertos" éticos que, aunque no llegan a avergonzarme, me confirman como ser humano. Es decir, impuro, vulnerable. Voté a Luder, voté a Carrió, trate de justificar la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia, fui gorila de izquierda, tengo un libro dedicado por Abel Posse y otro por Firmenich, quise creer que lo de Chernobyl no era tan grave, alguna vez mentí. Y otras patinadas por el estilo. Me embarré, me caí, quedé herido, moralmente herido. En síntesis, supe que era, que soy, finito (no me miren la panza, lo digo ontológicamente).
Pero me curé. Creo, siento que me estoy curando de todos esos bochornos. Y en buena medida el mejor remedio ha sido y es mi relación con seres maravillosos y contradictorios, casi todos cosecha de largos años de siembra laboral. Artistas, escritores mujeres y hombres del periodismo, compañeros entrañables, gente de una sensibilidad especial, al servicio del Otro, del distinto, el cercano. Mis años de lecturas y, en menor medida, de cine, el café con los amigos y amigas, cómplices de los sábados y el amor de mujer, hijos y nietos me sostienen y mejoran cada día, espero.
Hago este introito para entrar en tema despojado, desnudo, y para que, como sucede siempre, desnudo se vean las costillas y las cicatrices. Antes de que finalice 2012 le envié un correo electrónico a quien era en ese momento director de MDZ, el diario puramente digital mendocino, con quien me une una vieja relación de afecto, (ignoro si continúa como responsable periodístico, si sigue en el diario o no), para pedirle que dejara de publicar mis textículos. Tengo amigos y colegas trabajando allí, a algunos los admiro especialmente y ellos, sin consultarme nunca y como un gesto de reconocimiento que agradeceré siempre, hacían conocer a sus lectores algunos de mis delirios. Porque estaban de acuerdo o en desacuerdo, porque promovían o provocaban el debate y la polémica, o por cariño nomás.
La línea editorial del diario (adictos al copie y pegue de Clarín y otras letrinas comunicacionales), el uso y abuso, sin cortapisas, de los foristas (¿no le falta una erre?), esa caterva de anónimos agresores e insultadores, me hicieron tomar la decisión. Meditada y dolorosa. A aquellos queridos amigos y colegas mencionados, por lo menos, les pagan. Sentí que mis textos le servían a la Empresa para simular una pátina de pluralismo ideológico mentiroso, falso.
Como hizo Mempo Giardinelli (un referente ético para mí, un amigo, además de gran escritor) con sus columnas en La Nación. Privilegiar la trayectoria (incomparable la mía con la suya) por sobre cualquier otra cosa.
Pese a mi pedido, esta mañana, lunes 4 de marzo, con sorpresa, vi publicado mi último textículo (antes de éste, obvio), "AMIA, DAIA, una paradoja" (www.julio-rudman.blogspot.com). Pero lo que colmó el vaso de mi paciencia es que compartía sección (lo digo en pretérito porque, ante mis alaridos vía correo electrónico, ya fue retirado) con un artículo de Christian Sanz, pseudoperiodista que tiene en su curriculum preciosuras como haber afirmado que a Jorge Julio López lo escondió el kirchnerismo, o que Marita Verón no fue secuestrada sino que se dedicaba a la prostitución.
Por supuesto, soy consciente de que estas tribulaciones personales son un grano de arena insignificante frente a la elección del próximo Papa, el pedido de democratización del Poder Judicial, el regreso de Riquelme al negocio, el pronóstico del tiempo en el sur de la provincia de Chubut o el pase de Tinelli, pero vos sabés, amiga mía, que lo personal es político, como dicen las feministas, y a mí la política me dibuja sonrisas o muecas, según quien la esgrime.

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