sábado, 25 de junio de 2016

López y Planes

Horrible. La situación es horrible. La venganza es feroz. Viene cabalgando en el tríptico que montaron hace tiempo.
Los planes y sus planos, desde el amanecer turbio de cada jornada, pasando por cada timbrazo en el hogar que presagia un nuevo pibe que pide comida o la madre con su bebé en brazos arropado contra el invierno impiadoso. O las facturas de los servicios públicos que parecen confeccionadas por los servicios de inteligencia. O las convocatorias a reuniones en el trabajo para soportar directivas de tiranuelas y tiranuelos ineficaces, semibrutos y soberbios. Las citas de Borges que no son de Borges como una exhibición obscena de presumidos culturales.
Los planes para pagar las pasantías de gestores privados en la gestión estatal mientras dicen asistir a un curso acelerado de despilfarro público y engorde de sus tripas bancarias.
Los planes para callarnos, pero con la consigna cínica de que abren el juego. Y juegan a ser Blancanieves y esclavizan a sus trabajadores enanizándolos.
Los planes para hacer empanadas todos juntos y que se las coman ellos, los farsantes del repulgue.
Los planes de las fechas patrias sin el pueblo de la patria para que no moleste al príncipe de las tinieblas del ombligo de la patria.
Cada plan para dinamitarnos el orgullo "de haber sido" y el dolor de ya no ser.
El plan de pedir perdón a quienes rapiñaron el suelo, el subsuelo y el aire.
Esos planes con que sueñan despiertos, esos que ponen a cuidar las joyas de la abuela a los ladrones de joyas.
Así me hablaba Blas sentado a la pianola mientras el pentagrama le devolvía las estrofas que invitaban a los mortales a oír el grito sagrado.
Dos kilómetros más allá López revoleaba bolsos infectados, malolientes.
Así no hay himno que aguante, me dijo Blas.

1 comentario:

  1. Nunca la presté mucha atención al himno, por esa costumbre que tenía de no tener mucho que ver con la realidad cotidiana, el paralelepípedo repugnante. Alguna vez le entré a fondo con Rolandito Barthes y Cornelio Castoriadis en los controles. Por un asombro cuasi escolar, acerca de la posición del "oid mortales" en medio del acto y las glosas que las maestras le dedicaban. En ese ejercicio algo tenebroso descubrí (y no lo sabía) la famosa oquedad que ahora llamamos "grieta". Había una escisión profunda entre el contenido del himno y las glosas que lo declamaban. Era la movilidad de un proceso contra la inmovilidad del status quo. Pero todavía para mi era un asunto del orden intelectual (¿conoce el personaje de "Big Bang Theory" Sheldon Cooper, bueno, mucho tiempo de mi vida me relacioné con el mundo sensible al modo de ese personaje). Recién me perforó la cubierta cuando escuché a pibes cantando el himno con una emoción que yo jamás le había puesto. ¿Por qué? Digo, no comprendía esa emoción porque no la había experimentado nunca. Y claro, la conclusión era obvia: el himno refería situaciones que por fin habían comenzado a verificarse en la práctica. Digamos, se estaba suturando la escisión aquella que evidenciaban las glosas de los docentes (para quienes el himno también era una formalidad algo molesta). Ahora, me temo, se volvió a abrir aquella herida. Me encantaría decir que esto se puede revertir. No soy tan optimista.

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