miércoles, 23 de febrero de 2011

Las minas y yo

"En la mina brilla el oro / al fondo del socavón / el blanco se lleva todo / y al negro deja el dolor".
                         A la mina no voy (canción popular colombiana)


Nunca supe cómo llegó ese libro a la biblioteca de mis viejos. Entre los cincuenta y seis tomos de las Obras Completas de Lenin (escondidas durante la dictadura bajo la tierra de una finca de un amigo, ya muerto y con el secreto en su tumba), el Juan Cristóbal, de Romain Rolland, los libros de González Tuñón y Gelman, las novelas de Vasco Pratolini y La Historia me Absolverá, de Fidel; entre ésos y otros, estaba "Cómo ganar amigos e influir sobre las personas", escrito por el empresario yanqui Dale Carnegie en los '30, con primera edición en español en 1940. Ésa es la que teníamos en casa. La leí y también la perdí, pero por razones de mudanza y no de espanto.
Seguramente, de una mala lectura de ese pre-texto de autoayuda, me surgen estas líneas. De manera que sospecho que vendrán diatribas surtidas de propios y extraños, pero mi mamá me enseñó (mucho antes que Piero) que hay que sacarlo todo afuera. Ahí voy, atájenme.
¡Cómo me gustaría escribir, hablar, de los muslos de las muchachas apasionadas, desayunar en ellos, almorzar entre los senos de una mujer desprejuiciada, merendar con el vientre fértil de alguna compañera sensible y cenar las curvas perfectas de tu desnudez perfumada! ¡Cómo me alegraría la vida si pudiese beber las sonrisas (las dos, la horizontal y la vertical) de las morochas soñadas!
Pero no, nos convocan otras minas. Y habrá que retornar de lo onírico y asumir que nos quieren agujerear los cerros eternos. Y tienen con qué.
Sin embargo quiero dejar sentado, y también parado, que estoy a favor de la minería. Como también estuve y estoy a favor de que se fabrique papel. El asunto no es simple. Lo sé. Ni simpático.
Toda industria contamina. Es más, toda la historia de la humanidad es la historia de la lucha por conquistar la naturaleza. Pero claro, eso no nos da derechos a hacerla mierda, amparados en el sacrosanto principio de la propiedad privada y la renta indiscriminada.
Sin papel y sin minerales no estaríamos comunicándonos ahora mismo. Sin la Barrick y Botnia estaríamos mejor, mucho mejor. Los minerales deben ser puestos al servicio del país y no permitir que se los lleven con la impunidad con que acostumbran a moverse las multinacionales en todo el orbe, salvo en sus patrias de origen. Allí son prolijos, impolutos, como lo describió Mempo Giardinelli en su Carta a Cristina.
Pero, entonces ¿qué hacer con los recursos que la Pachamama nos ofrece? Es falsa, de falsedad maliciosa, la opción de los fundamentalistas. Ni la Barrick y sus secuaces traerán prosperidad productiva a nuestro pueblo, ni los verdes ecololós, como les llama con acierto Martín Caparrós, suman otra cosa que no sea sed histérica en una supuesta defensa del agua pura. Ojo, no se me tergiverse. Sé, todos deberíamos saber, que la minería a cielo abierto envenena el agua y mancilla el suelo.
El asunto es que detrás de la reivindicación ambientalista, necesaria y honesta, se encolumnan los conocidos de siempre. Aquellos que subieron a la tribuna de los patrones sojeros y festejaron la inmoralidad de Julio Cobos, aquella fatídica madrugada legislativa. Como si el aluvión sojero no destruyera la tierra tanto como las multimineras.
Si el objetivo es salvar nuestros recursos naturales, me comprometo a vida (nunca más un compromiso a muerte) con los militantes de la pureza del agua. Pero si sirve de pretexto para enlodar, bastardear y perturbar el camino que asumió el pueblo argentino desde 2003, pondré mis mejores neuronas (algunas me quedan) para denunciar sus maniobras destituyentes.
Sé distinguir entre los disconformes y los inconformes. Estoy entre estos últimos. La tarea de profundizar las medidas de inclusión y reparto más equitativo de la riqueza implica superar estas rémoras de la segunda década infame, de cuando las empresas monopólicas y sus empleados vernáculos sacaban y ponían presidentes, gobernadores y funcionarios varios. Algo de eso subsiste, pero es ratificando el rumbo y no con gestos de histeria como se darán las condiciones para que el Estado asuma su rol de contralor, indispensable para que nuestras riquezas no se vayan "por la letrina del colonizador", como canta Víctor Heredia.
Si la defensa irrestricta del ambiente sirve para hacer antikichnerismo es que hay gato encerrado. Y yo prefiero los pájaros libres. Y las minas, también libres, como pájaros.

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