lunes, 19 de diciembre de 2011

Una despedida

Lo conocí al fragor del desamparo político que dejó el cataclismo de 2001. Precisamente, las masas en la calle (eso que llamamos pueblo, sin avergonzarnos) nos amparaban los sueños, golpeados por pesadillas. El coro biclasista que pedía que no quede ni uno solo. Y la guita acorralada.
Fue uno de los primeros en reaccionar bien. Si la debacle era general debíamos pensar las causas y los diagnósticos colectivamente. Publicó un libro en el que convocaba al desahogo inteligente de políticos de fugaz predicamento, sindicalistas no corrompidos todavía por el hambre de poder kiosquero, militantes sociales e intelectuales con relativo prestigio. Pero la figura central, el gurú convocante, el que hacía las preguntas y moderaba el debate era él. Presentó ese libro coral aquí, en Mendoza, y nació una relación de afecto que, con el correr de sus libros y mis lecturas, se transformó en amistad. Hasta tuvimos, mi familia y yo, el honor de figurar en lo que él mismo llamó un cameo en su libro de crónicas de viaje por el interior del país. Desde enero o febrero de 2002 yo me había sumado al Manifiesto Argentino por invitación de Mempo Giardinelli.
Martín Caparrós, lo dije y lo sostengo, es uno de los mejores cronistas de nuestra lengua. Y pese a los premios conseguidos no es un gran novelista. Y, mucho menos, un polemista profundo. Es agudo, irónico, sarcástico y hábil para autogestionar esas características, al amparo de organismos internacionales.
Hace un tiempo salí en su defensa cuando, en 6,7,8, en la televisión pública, se lo calificó de canalla. Dije entonces que si él era considerado así, qué quedaba para Magnetto, Morales Solá o Gelblung, por citar unos pocos ejemplos. Me agradeció el gesto por correo electrónico privado. Le contesté que sus críticas al modelo nacido el 25 de mayo de 2003 eran erróneas, según mi punto de vista. Y le enumeré las múltiples medidas de inclusión, justicia y recuperación del Estado como herramiento de cambio, entre otras. Su respuesta fue que le gustaría compartir mi esperanza y mi apoyo, "pero no puedo" me contestó, textualmente. Fin del diálogo y del contacto. Inclusive, dejé de recibir el ejemplar de cada nueva obra suya, dedicado de su puño y letra.
Siempre, hasta hoy, quise distinguir su actitud de la de Jorge Lanata. Éste, miente. Caparrós opina. No es lo mismo. Escribe para el diario El País, de España. Está en su derecho, pero cruzó el límite, según mi escala de valores morales.
En una reciente entrevista a Sergio Shoklender, para el mismo periódico, le permite al parricida reincidente, estafador y mitómano, una serie de ofensas a las Madres. Y a la inteligencia de los lectores. El tema no es a quién se entrevista, sino cómo. El tema no es tanto las preguntas que se le hacen al entrevistado sino, sobre todo, lo que se le repregunta.
Durante mi trayectoria laboral he tratado de ser coherente. Lo he conseguido, espero que en más ocasiones de que las que he fracasado. Cuando salió a la luz la maniobra perversa y criminal de Shoklender, dije y lo ratifico, que cualquier crítica opositora, cualquier reclamo ciudadano o cualquier pensamiento, por más absurdo que parezca (por ejemplo, decir que las elecciones presidenciales se iban a dirimir entre una viuda y un huérfano. O la estadística frívola de eventos, instituciones, edificios, escuelas o plazas que pasaron a llamarse Néstor Kirchner. Como se ve, tópicos decisivos para el presente y futuro de la nación), tenía, tiene como límite ético y moral, a las Madres. Aún con sus errores pero, sobre todo, con sus innumerables virtudes cívicas.
De Shoklender ya no sorprende nada. Lo de Martín obliga al asco, el desprecio y el repudio.
Lo digo desde el dolor, desde mi trabajo en Radio Nacional Mendoza, medio de comunicación de este cambio de época. A él que dicta cátedra desde uno de los instrumentos mediáticos de la maltrecha socialdemocracia europea.
He cosechado amistades invalorables a lo largo de mi trayectoria laboral. Mempo encabeza una lista de seres maravillosos que incluye, entre otros, a Liliana Herrero, Liliana Heker, Felipe Pigna, Eduardo Galeano, Elsa Drucaroff, Luisa Valenzuela, León Gieco, Daniel Viglietti, María Rosa Lojo, Rodolfo Braceli, José Pablo Feinmann, Miguel Repiso, Osvaldo Bayer, Reynaldo Sietecase, Eduardo Aliverti, Víctor Ego Ducrot, Patricia Verdugo, Mónica González. Martín era parte de este racimo nutriente, humanista y querible. Ya no.
Es durísimo, angustiante, perder un amigo por propia decisión. Pero tomo ese camino y lo hago público, con la misma convicción con que un día lo defendí por la misma vía. Me defraudó. Aunque seguramente seguiré leyendo sus crónicas fascinado y como agradecido lector.
Ya no hay diferencias. Ahora Caparrós y Lanata son Caparrata.

1 comentario:

  1. Julio, me gusta tu blog. Leyendo lo de Capatroz, pienso que en muchas ocasiones la diferencia entre las conclusiones en solitario y las participadas en un colectivo sólo está en una mejor facilidad -y velocidad- para concluirlas. Saludos

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