martes, 6 de diciembre de 2011

Una de animalitos

Ella se llamaba Norma Guimil. Como se había casado con un señor de apellido Plá, se la conocía como Norma Plá. Costumbre machista esa de abandonar su propia identidad para asumir la del patermarido. La Gorodischer, la Bodoc, la Kirchner, son ejemplos en ámbitos públicos. En algunos casos por decisión personal y por razones artísticas, digamos. En otros, por iniciativa colectiva.
Norma era jubilada cuando, en 1991 ó 92, enfrentó al entonces Ministro de Economía y lo hizo llorar. O eso pareció. Domingo Cavallo (haga cuernitos vecina) dijo que su papá también era jubilado y, puchero mediante, se le piantó un lagrimón. No mucho más. También reconoció que las diez lucas de su sueldo (para esa fecha el equivalente a verdelincoln o jefferson o washington o custer o algún otro prócer de la democracia trucha del norte), a veces, no le alcanzaban para mantener su ritmo de gastos. Mintió, bah, como de costumbre. "No llore ministro", le pidió Norma ante las cámaras de televisión y se fue a acampar en la Plaza del Congreso Nacional, como reclamo y repudio por el congelamiento de los haberes jubilatorios para poder cumplir con los organismos multilaterales de crédito, según consignaba la excusa de los regalapatria.
Norma murió unos años después, tan pobre y digna como había vivido y protestado. Domingo sigue dando conferencias, tan rico e indigno como siempre. Ya no llora, al menos en público. Pero ya no jode, al menos al público.
En estos días euromortuorios hemos visto llorar a Elsa. Elsa es Elsa Fornero, Ministra de Trabajo del gobierno de lo que queda de Italia y que preside don Monti. Banqueros, ambos. Fornero es su apellido de soltera, al menos eso dice el tío Google. Estaba por anunciar, ante las Cámaras y las cámaras, el desbarajuste del ajuste a sus compatriotas cuando estalló en llanto. No pudo seguir. Pero tranquilícese vecina (no deshaga los cuernitos todavía), el guadañazo lo van a aplicar igual, con o sin pañuelos descartables para Elsa.
Los cocodrilos son animalitos de la clase reptilia, poco amigables, acuáticos pero también terrenales, con mandíbulas tenebrosas, dientes que no necesitan colgate ni sensodyne y con una cola escamosa tan poco amigable como el resto. No son domesticables, aunque la National Geographic quiera convencerte de lo contrario.
Cuando salen del agua, sus ojos producen una sustancia parecida a las lágrimas para conservar la humedad perdida. De ahí la alusión a las lágrimas de cocodrilo, para destacar la falsedad, el truchaje de una tristeza fingida. O, al menos, que no compromete a nada.
Los horneros no lloran. Los caballos tampoco. Ni en castellano ni en italiano. Los cocodrilos, parece pero no, tampoco.
No les crea y no se les acerque. Ya se lo dije, no son amigbles.

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