lunes, 30 de enero de 2012

Llueve en Afganistán

"Cuento millones de agujeros en el alma
de "Canto arena", Silvio Rodríguez

En un ejemplo acabadísimo de síntesis histórica, tal como lo piden las academias de periodismo, la filmación dura sólo 39 segundos. El sol parte la tierra y sobre ella florecen cadáveres humanos como cardos en el desierto. Vamos a imaginar que uno de esos cuerpos yertos se llamó en vida Tariq. Tariq tuvo muchos hermanos que, al igual que él, crecieron en los suburbios de Kabul, pateando una pelota de goma, esquivando los charcos de aguas servidas, comiendo mal y sonriendo bien. Creció ayudando a cuidar a los menores y soportando invasiones, penurias y gobiernos. Propios (es una manera de decir) y ajenos. Ahora está prolijamente muerto en ronda junto a otros Tariq u Omar o Abdul. Ya sin nombres para la máquina global de fagocitar informaciones. Pero, he aquí la explícita manera de presentarse que tienen los imperios, los restos al sol de estos jóvenes afganos reciben la bendición civilizatoria de la lluvia occidental y cristiana, amoniacal, fétida y letal. Los mean. Los muchachos yanquis mean los cadáveres y como música de fondo cacarean sus risas de bazooka, sus infaltables cigarrillos camélidos y sus pijas chorreantes de cultura fast food.
Como también enseñan los señores de la SIP, la imagen pasó. Tuvo sus minutos de fama. Y pasó. Ahora nos preocupa el señor Cameron y los candidatos del Tea Party. Y está bien que nos preocupen. Ellos también preparan sus micciones pacíficas, democráticas y civilizatorias. Son así de generosos. El escándalo duró quince minutos. Si hasta mister León Panetta, capomafia de la CIA, calificó como "deplorable" la conducta de sus chicos. He ahí el núcleo del asunto. Como si él y el Premio Nobel de la Paz no tuvieran nada que ver. En casos como este se suele argumentar, cínicamente, que son hechos aislados, pero son tantos que un aislado al lado de otro hacen una matriz cultural.
¿Acaso no es lo que han hecho por siglos? ¿No tienen escuelas para eso? La Escuela de las Américas ha inundado el continente de meadores locales, infelices autóctonos que reciben instrucciones precisas y no preciosas, precisamente, para someter insurrectos, disidentes y neutrales. Si acaba de saberse lo que íntimamente sospechábamos. El gobierno del país considerado el non plus ultra de la democracia y la libertad sabía, lo supo siempre, que los milicos y sus cómplices civiles y eclesiásticos se apropiaban de niños en los años del genocidio argentino.
Lo sucedido en Kabul hace unos días ya había pasado en Abu Ghraib, en los primeros meses de 2003, en My Lai, Vietnam, el 16 de marzo de 1968, en los campamentos de Sabra y Chatila el 14 de setiembre de 1982, en Margarita Belén, Chaco, en la noche del 12 al 13 de diciembre de 1976, en la Base Almirante Zar, Trelew, en la madrugada del 22 de agosto de 1972, entre miles, sí miles, de casos más a lo ancho y largo de la Historia de nuestros pueblos, y continúa hasta hoy, cada vez que algún civilizado cristiano asesina un wichí, un qom, un campesino pobre o un mapuche en cualquier comarca de nuestra América. Hechos aislados dicen los fusiladores de turno.
Mientras tanto, volviendo a los bravos marines, no supe de ninguna reacción de Maledicto XVI, según la magistral nomenclatura de Elsa Drucaroff. "¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma/que le están degollando a su paloma?", canta Violeta Parra.
Nos mean, aunque ellos dicen que son lluvias aisladas.

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