viernes, 13 de abril de 2012

Una fachada

Es una fachada. En el doble sentido del término. Lo dice un facho y, a su vez, enmascara otro concepto. Esconde lo ontológico, lo esencial.
Las declaraciones de José Soria López, analista de mercado y ministro de Industria de España, calificando como una hostilidad a su país la decisión del gobierno argentino de plantarse frente a Repsol, son una fachada. No es a España a quien defiende. Es a los capitales y, como se sabe, éstos no tienen patria. Eso explica la sospechosa magnanimidad de los medios dominantes de nuestra tierra, esas noticias dichas y escritas como con una sonrisa socarrona, como diciendo: "Los dueños de la guita están cabreros. Veamos cómo arruga la yegua". Ya sucedió. Cuando, por iniciativa de Amado Boudou, el gobierno nacional decidió terminar con el robo de las jubilaciones privadas, vimos al neoperiodista Santo Biasatti gritar por TN, con más entusiasmo del que suele, "¡En España están que trinan!". Y trinaron al dope, diría mi sobrino porteño. Aquí estamos los jubilados, cobrando nuestros haberes puntualmente y, por ley, con dos actualizaciones anuales.
Es que, como ustedes saben, les va bárbaro. Están prósperos, crecen por todos lados, no hay desocupados, las monjitas son tan caritativas que regalan niños pobres a mujeres ricas, los presupuestos de salud y educación aumentan cada semana, se ve gente feliz en las plazas, los jóvenes terminan sus estudios y pueden elegir trabajo, allí sí "la cultura es la sonrisa" (es más, se sospecha que León va a donar las regalías a la corona por ese tema), el yerno del rey es un ejemplo de caridad cristiana y todo reluce (hasta Sofía, que ya es algo), nadie emigra. Y cuando votan, premian tanta bonanza. Como en el Obelisco de Macrilandia.
Imagino a Rajoy y sus secuaces lanzados a la mar, montados en carabelas y a la caza de estos desagradecidos sudacas que no comprenden el esfuerzo que han hecho los empresarios españoles para que nuestros trabajadores tengan un mejor vivir, consigan combustible a precios razonables y en versión delivery.
Ni siquiera nos queda Blanca Oteiza, la bellísima actriz española, en su rol de empresaria generosa y desinteresada, allá en los nefastos noventas, para que seduzca a Tato Bores. Ni nos queda Tato, sino su hijo, que no es lo mismo.
Eso sí, habrá que reconocerles coherencia histórica. ¿O no venían, en el siglo XV y en el XVI y en el XVII a sacar nuestros recursos con mano de obra esclava para pagar los créditos a los banqueros alemanes y holandeses y quedarse con los mercados nuevos y la plusvalía? ¿O no vino la Infanta Nosecuanto en 1910 para verificar que su perla luciera bella y prolija?
Que La Nación se parezca a El País o que Clarín a ABC no los hace más modernos ni mejores. Los cipayisa un poco más. Allá y acá trabajan de gerentes y temen perder anunciantes, aunque esos anuncios mientan y traten de vendernos mieles y, en realidad, sean hieles.
Es la grasa de los capitales (con su permiso, maestro) los que los mantiene lubricados. Hasta que nuestra Corte Suprema se despierte de la siesta y termine con la cautelar sobre el artículo de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que los obliga a desmonopolizar el aire y la imagen.

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