viernes, 18 de marzo de 2011

Eduardo

Desde la ventana de la habitación del hotel no se veía casi nada. La ciudad estaba envuelta en niebla. Después, por la tarde, nos dijo que era habitual en esa época. Sergio y yo estábamos matando la ansiedad ante una computadora cuando escuchamos que alguien, una voz masculina conocida, preguntaba por nosotros. Era él, puntual, abrigado y amistoso. Montevideo se preparaba para celebrar su 18 de julio y nosotros para celebrar el encuentro.
Casi tres horas de anécdotas, intercambio de opiniones y deseos de buena vida para todos. ¿Qué más podíamos pedirle? Nos sacamos fotos, nos firmó libros, le di el mío y al momento del abrazo de despedida, la esperanza mutua de que el próximo sería en Mendoza. La magra descripción que intento ocurrió el 18 de julio de 2009, pero su presencia en nuestras vidas viene de antes. De mucho antes. Aquella tarde de café y cerveza nació este jolgorio de inteligencia y sensibilidad, de relatos y metáforas, de memoria y palabras que nos regala cada vez que su voz nos abriga.
Cuando las nubes negras de la historia reciente estaban cargadas de uniformes, sotanas y ejecutivos manchados con la sangre de los caídos, él nos daba sol; cuando el silencio fue sinónimo de muerte, él nos llenó el cuenco de nuestro existir cotidiano con sus palabras de vida; cuando la metralla y los negocios se hicieron socios, él nos convidó al silencio necesario; cuando celebraban los genocidios primeros, él nos enseñó de dónde veníamos; cuando se nos cayeron las coordenadas de la utopía, él nos acompañó a perseguir el horizonte; cuando quisieron prohibirnos jugar, él nos convirtió en niños. Descubrimos América y sus venas y aprendimos a amarla con sus lluvias, sus mesetas, sus minerales y, sobre todo, con sus seres alados, sus mujeres ubérrimas y sus mártires ejemplificadores. Los nadies, los fueguitos, como les llama, como nos llama.
Eduardo Galeano llega por primera vez a Mendoza. Viene con Helena y sus sueños inspiradores. Pero no se irá más. Se nos quedará y nosotros, cuando él crea que está volando hacia el paisito de Artigas, lo seguiremos viendo, leyendo, sonriendo y abrazando. Como aquella promesa cumplida de que el próximo será aquí, en este rincón del oeste del sur, como dice mi hermano Ernesto.

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