jueves, 13 de octubre de 2011

La pastilla equivocada

"...es un cielo azul que viaja"
 Aníbal Sampayo

A cierta edad es normal que ocurra. Uno se despierta más temprano, lee el diario para alimentar su vocación por la rebeldía (vestigio de los ardores sociales juveniles), desayuna su cotidiano café con leche (más café que leche), sus tostadas con queso untable, preferentemente diet, su mermelada casera y cuando el ritual está por finalizar, avanza la batería de químicos artificiales. Una pastilla rosada para los dolores articulares, otra verde para los calambres nocturnos, una dorada como antioxidante. Ésas, fijas e insustituíbles. Alternativa y supletoriamente, una aspirina para el dolor de cabeza, un hepatoprotector por la comilona de anoche con amigos, otra para la acidez por las dudas. Entonces es lógico que uno, a veces, se confunda. Después de todo, los años no vienen solos y como dice mi amigo Osvaldo, si luego de cumplir 50 no te duele nada es porque estás muerto.
Tomás la verde cuando te tocaba la rosada y pasa lo que pasa.
Algo de esto les debe haber sucedido a dos conspicuos dirigentes de ambas orillas del río Uruguay. Prefiero pensarlo así y no creer que desbarrancaron exprofeso. Amanecí magnánimo hoy y no me parece haber errado en la ingesta de químicos del día.
Empecemos por casa.
Javier González Fraga es economista neoliberal y candidato a vicepresidente por lo que queda del radicalismo nacional. Declaró en estos días que sugiere y propone que nuestra matria vuelva a ser monitoreada por el Fondo Monetario Internacional. O sea, sigue practicando con éxito el ejercicio de escupir para arriba. Algún encuestador creativo, si es que tal cosa existe, debería medir la cantidad de votos por minuto que pierden con estos exabruptos atemporales.
Como dije, prefiero pensar que en lugar del comprimido antioxidante se dio con un estimulante cerebral que le correspondía a su compañero de fórmula.  La flamante jefa del FMI todavía está averiguando si las declaraciones de don Javier no son un chiste de la revista Barcelona. Como decía el célebre Ratón Ayala: "En Europa no se consigue", aunque no sé. Cierro esta primera parte extendiendo un manto de piedad sobre el paciente con el deseo sincero de una pronta mejoría.
Cruzando el "cielo azul que viaja" sucedió lo inesperado. Necesito antes contar una pequeña historia.
Nació en 1940 y papá Héctor y mamá Elena le pusieron un nombre mítico. El del coprotagonista del poema nacional uruguayo, surgido de la inspiración de Juan Zorrilla de San Martín (sí, el pariente de la gran China) y publicado en 1888. Tabaré, el indio charrúa, se enamora de Blanca que es, precisamente, blanca. Pero el de carne y hueso se enamoró de María Auxiliadora Delgado, se casaron, fueron felices y tuvieron descendencia. Él se recibió de médico y dirigente de un club de fútbol. Como fue exitoso en ambas tareas, de allí a la política, un paso. Y lo dio. Primero como intendente de Montevideo y luego, presi. Solidario con los pobres, fue ungido por el Frente Amplio (cualquier similitud con el de acá es puramente semántica).
Como el diablo mete la cola cuando menos se lo necesita, apareció disfrazado de finlandés y sin consultar con sus vecinos instaló una pastera a orillas del río binacional. Gran quilombo. Los ambientalistas vernáculos de aquí cortaron el puente carretero y terminamos en la Corte de La Haya. Se la hago corta para ir a lo que nos convoca. Hubo fallo, más o menos salomónico. Un poquito para nosotros y un muchito para ellos.
En estos días se lo vio y escuchó al Tabaré disertar ante estudiantes orientales de un colegio del Opus Dei (seguramente con el beneplácito de la muy católica María Auxiliadora). Allí confesó que tomó como posibilidad cierta un conflicto bélico con Argentina por Botnia. Imagino que esa mañana, mientras desayunaba, manoteó la pastilla contra la hipotensión y por eso elucubró ese plan surrealista. Pero dos comprimidos equivocados el mismo día ya es para preocuparse. Le fue a pedir ayuda y consejos a Condoleeza Rice y George W. Bush, los entonces mandamases del terrorismo global.
Cuál fue el error de medicamento en este segundo caso, es muy difícil inferirlo. Lo cierto es que cabe recordar que el paciente se dice socialista, progresista, que vetó una ley a favor de la despenalización del aborto promovida por su propio partido (otra vez con el beneplácito de su querida esposa), amante de la paz, la amistad entre los pueblos y declaraciones así.
Mientras tanto, el río fluye, azul como la pastilla que debió tomar equivocadamente el Dr. Vázquez.

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