lunes, 29 de agosto de 2011

Kirchnerismo, libros y chicanas

"Nos descubrieron, por fin nos descubrieron"
Cantata del adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierras de Indias, de los singulares acontecimientos en que se vio envuelto y de cómo se desenvolvió (1977)
Les Luthiers


En la edición del diario Los Andes, domingo 28 de agosto de 2011, página 3, sección ¡Política! y bajo el tópico Cultura y Poder, la periodista Gisela Manoni informa, desde el título de la nota, que "Arranca la Feria del Libro con marcada impronta kirchnerista" y agrega en la bajada que "Entre los invitados estelares están Feinmann y Russo, además de otros escritores oficialistas. Para la organización es "inclusiva"."
Antes de avanzar en el desarrollo y análisis del trabajo opinatorio de la colega vale aclararle a los lectores de tierra afuera que el más vetusto de los matutinos menducos es el hijo putativo de Clarín en estas comarcas areníferas. Se cae de maduro que estamos hablando de la Feria del Libro de Mendoza, que va del 2 al 11 de setiembre, inclusive.
Ahora sí, vamos al asuntillo que te demora, morocha enhiesta y perfumada de azahares. Dice la escriba en cuestión que los escritores invitados son incuestionables en lo literario pero que todos acreditan pertenencia o afinidad con el oficialismo nacional. Veamos caso por caso y comparemos este menú con los atragantamientos eclécticos de ediciones anteriores.
Los estelares, entonces. Empecemos por la dama quien, después de todo, se ocupa en su libro de la Morocha que te jedi. El epígrafe de la foto dice "Sandra Russo, de la tele a la Feria". Parece que Manoni descubrió a Sandra en "6,7,8", el programa político-periodístico de la TV Pública. Pero resulta que Doña Russo tiene una larga y sólida trayectoria laboral y libresca. Algunos ejemplos: a los 19 pirulos, paso fugaz por "Expreso Imaginario". Luego, correctora de "Humor" y Prosecretaria de Redacción de "Superhumor". En tele, "Cable a Tierra", con Pepe Eliaschev (para el prontuario, querida). En Radio Belgrano, con Enrique Vázquez, en Splendid, con Mona Moncalvillo. Está en Página 12 desde su fundación en 1987, aunque anduvo por otros lares durante un tiempo y volvió. Laburó con Lalo Mir, con Boy Olmi. En fin, hace un rato que la chica trabaja en el oficio.
Pero fíjese Manoni que, oh sorpresa, tiene seis libros publicados antes del que la trae a estos medanales mediáticos, "La Presidenta". A saber: "No sabés lo que me hizo", "ArqueTipos", "Crónicas del naufragio", "Contratapa", "Perdonen nuestros placeres" y "Jallalla". O sea, no viene de la tele, viene de la coherencia.
Don José Pablo, también tiene su foto y su epígrafe: "José Pablo Feinmann, filósofo K." Dejemos a un lado la minimización descalificadora de encerrar a tan tremendo pensador en el cajoncito ideológico y olvidar o desconocer su trabajo narrativo y periodístico. Describir la trayectoria del Feinmann que escribe libros (no confundir con Eduardo, el que los quema, como decía Castelo) llevaría un tiempo que no me sobra. Tendría que empezar por recordar que quienes encasillan así padecen lo que Mempo Giardinelli llama "mentalidad municipal". Lo insólito es que José Pablo es calificado como "mediático" cuando se sabe que la exposición pública no es el divertimento que lo fascina, precisamente. Es un trabajador cultural que, circunstancialmente, ha desarrollado sus saberes filosóficos de manera magistral en el canal Encuentro.
Según la autora de la nota ambos escritores publicaron versiones "autorizadas" por los Kirchner. Una boludez, dicho académicamente. Que, además, ofende el olfato comercial de las editoriales Sudamericana y Planeta, respectivamente, quienes vieron convertirse en best sellers las obras que los traen a Mendoza. Pero bueno, admitamos que la Feria es kirchnerista. ¿Y qué?.
Tal vez sea un gesto de inteligencia coincidir con más de diez millones de votantes y reflejar, apenas fugazmente, un sentir social, también en el ámbito de los libros y la cultura en general.
De Mario Goloboff se dice que es oficialista porque publica sus columnas en " Página 12" y se omite su biografía, la única hasta ahora, de Julio Cortázar y su magnífica producción en el género del microrrelato. Pero siguiendo ese razonamiento minúsculo, Mempo sería neoliberal y oligarca porque, a veces, publica en "La Nación" y Vicente Battista un inclasificable porque suelen convocarlo desde "Perfil".
Pero el top five del disparate se lo lleva la presentación de Elsa Drucaroff quien, según la colega clarineta, "cometió la audacia de convertir a Rodolfo Walsh en personaje de ficción". Cometió, dice textual. Según el mataburros de la madre patria que nos parió, cometer es, en su primera acepción, "caer, incurrir en una culpa, yerro, falta". Y yo, que la conozco bien, la quiero y la admiro, sé que viene "cometiendo" maravillas similares con Roberto Arlt, Martín Güemes y otras figuras de nuestra historia.
Se dice que Osvaldo Bazán, el autor de la "Historia de la homosexualidad en la Argentina", se acercó al gobierno nacional a raíz de la promulgación y sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, ya que este logro inclusivo habría favorecido la venta del libro. Otra vez, ¿y qué?. Por otra parte, quien ve y escucha a Bazán sabe qué lejos está de ser un kirchnerista.
Se cita una declaración de un presunto autor local que, dice la colega, se niega a dar su nombre porque no participa de esta edición del encuentro. El escritor presuntamente marginado retoma el argumento madre de la nota. Como fuente es poco profesional. ¿Cómo sabe el lector del pasquín centenario que quien habla no es la misma Giselita, o un tío, o un primo, o el novio? Se intenta, de paso, generar la sensación de miedo por temor a una represalia por opinión no conforme con el canon oficial. Muy sutil pero muy infantil, con perdón de mis nietos que tienen ideas más sensatas.
Hubo años en que la Feria tuvo como estrellas principales a Martiniano Molina, Araceli González y Osvaldo Bayer. Un mamarracho disfrazado de diversidad, organizado por un señor que se jactó de que, no sólo era la primera vez que organizaba una Feria, sino que era la primera vez que iba a una Feria del Libro. Así, con un desparpajo digno de personaje de Capusotto.
Sin ir más atrás, el año pasado estuvimos cerca de recibir al Tata Yofre, aunque usted no lo crea. Este año se buscó el último éxito editorial de Biolcati, Magnetto y Escribano y la búsqueda resultó infructuosa.
Por seguir el léxico del mastodonte clarinista, la organización de la Feria pretende cometer un encuentro sólido, amplio y que le permita a los mendocinos y aledaños tener un cara a cara con los autores que representan lo mejor del momento literario y ensayístico nacional, local e internacional.
Y según dice la realidad, la de la calle y las urnas, es kirchnerista, nomás.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Respuesta a una respuesta

Se enojó conmigo Eduardo Grüner por mi textículo anterior, "Patrones comunes". En un correo electrónico a mi buzón personal me trata de "Estimado" Rudman. Así, con comillas, como con guantes antisépticos. Me hizo acordar, inmediatamente, a aquel texto de Cortázar, "Grave problema argentino: Querido amigo, estimado o el nombre a secas", en las primeras páginas de "La vuelta al día en ochenta mundos" (Siglo XXI, 1967), con los maravillosos dibujos de Julio Silva, el otro tocayo ilustre.
El motivo de la diatriba gruneana es que parece que se sintió malamente ofendido por mis reflexiones acerca del comportamiento mediático de Jorge Altamira en la previa de las primarias del 14 de agosto pasado.
Pero resulta que tengo por Eduardo una profunda y sincera admiración. Su trayectoria académica y su obra, sobre todo "La oscuridad y las luces" (Edhasa, 2010), son referentes en mi vida de lector y periodista con convicciones.
Ahora bien, he personalizado en Altamira porque, precisamente, era y es el candidato presidencial del FIT (Frente de Izquierda de los Trabajadores), aunque a fuer de ser sinceros, debería llamarse FUT (cambiar Izquierda por Ultraizquierda). Postulación que, dice Eduardo, surgió de una verdadera interna entre el Partido Obrero y las otras agrupaciones adherentes. La cuestión se le pone espesa a mi destinatario cuando le recuerdo que Feinmann, nuestro Feinmann, le dice Altamoria a Altamira, haciendo referencia a la participación del dirigente trosko en el programa televisivo "A la cama con Moria", durante la campaña electoral de 1992. Para esta campaña contó con la inestimable colaboración de Jorge Rial, otro pope de la telebasura nacional. Dice Eduardo que nuestro Trotski vernáculo no solicitó esa manito mediática. Y yo le creo. Sin embargo, le vino de perillas para conseguir sus 560.000 porotos para octubre. A eso me referí en el textículo, a que nadie o casi nadie puede hacer gala de pureza inmaculada en el devenir político argentino. Ratifico mi satisfacción personal por la participación de nuestra ultraizquierda en el proceso democrático.
Pero hete aquí que, entre mi textículo anterior y la diatriba de Eduardo ocurrió un episodio que, lamento decirlo, me da la razón, parece. Nuestro adalid de la pureza ideológica del proletariado argentino brindó con Chiche Gelblung. ¿Hace falta recordarle, al admirado Eduardo, quién fue y quién es este infame personaje de nuestra historia reciente? Se reivindica amigo del genocida Luis Abelardo Patti, desconoce el 24 de marzo como Día de la Memoria, fue Jefe de Redacción de la revista "Gente", cómplice de la dictadura cívico-militar. En fin, traspasó el límite moral, nuestro Altachiche. Sé que esa actitud levantó polvareda entre sus acólitos porque hay compañeros de cuya honestidad no me caben dudas. Entre ellos, usted, estimado Grüner.
A medida que avanza, su respuesta se va poniendo más agresiva. Tal vez sea contagio de las delicadezas del propio Altamira. No hace mucho, Norberto Galasso le escribió una carta pública en un tono reflexivo, casi fraternal, para objetar las posiciones políticas frente a ciertas medidas del gobierno nacional. Como respuesta, Altamira se mostró grosero, insultante, dogmático y trató a Galasso como poco menos que de agente de la CIA. En mayo de este año, en Perfil, dijo que "Moria Casán tiene el doble de estatura intelectual que Feinmann" y que éste es un "pelotudo". Obviamente se refería a José Pablo. Si fuese el otro, capaz que estábamos de acuerdo. ¿Se da cuenta, Eduardo? Galasso y Feinmann, dos pensadores que usted podrá discutir pero nunca insultar, espero. No es Altamira, precisamente, un polemista sutil.
Antes de enviar este textículo a la consideración general, un par de aclaraciones personales. No soy peronista y sí soy oficialista. Simplemente, dejé de ser gorila de izquierda. Y mucho tuvieron que ver Feinmann, Galasso, Horacio González y algunos más. Le cuento brevemente mi itinerario político, por si le interesa. Si no, saltée este párrafo con toda tranquilidad. Fui militante de la FJC, la Fede, y el Partido Comunista (ése que le hace salir espuma por la boca a don Jorge) hasta que la represión soviética en Checoslovaqua y el comportamiento de la dirigencia durante la dictadura me fueron alejando. Si fuese Fito, diría que me dio asquito. Asco, bah. Pero, bueno es aclararlo, suscribo la magistral definición de Saramago ante el colega Jorge Halperín. Yo también me siento un comunista hormonal, aunque no orgánico. Y disculpe el juego semántico-anatómico.
Es más, ya que ando sincerándome, pienso y siento que, actualmente, el PC Argentino y el Partido Solidario y Nuevo Encuentro son, junto al Frente para la Victoria, quienes mejores interpretan el rumbo que ha tomado nuestra sociedad. Sé que esta confesión puede llegar a producirle urticaria ideológica a más de uno, pero así lo asumo.
Una aclaración más. Usted, refiriéndose a mí, dice "su" Cooke, "su" Ortega Peña. Nuevo error, maestro. Es nuestro Cooke, nuestro Ortega Peña, como es usted nuestro Grüner.
Tal vez tenga usted razón en un punto. Es probable que el patrón de Altachiche no sea el CEO de Clarín, aunque a veces sean tan funcionales. Por ejemplo, compartiendo tribuna con los sojetes en defensa de la garcocracia. Pero sí tiene a la lógica televisiva y farandulera como herramienta de construcción política. No quiero imaginarme a Altamira presidiendo ya no la patria. Ni una unión vecinal, con Moria, Rial y Chiche, a las puteadas con los que no piensan exactamente como él.
Quiero decirle que me enaltece que usted, académico magistral, baje a debatir con un periodista mendocino y me permita confrontar civilizadamente ideas con quien admiro tanto.
Debo haber tocado alguna fibra sensible en usted para que dirija ese estimado entre comillas. De manera que si se le da por seguir el diálogo puede recurrir a las sabias recomendaciones del cronopio, nomás.
Eso sí, si me permite un consejo, con un té de tilo previo nos entenderemos mejor, supongo.

martes, 16 de agosto de 2011

Patrones comunes

 "El infierno son los otros"
 Jean Paul Sartre

Sé que ella pidió no humillar a nadie, pero nunca está de más recordar de dónde venimos, quiénes nos llevaron a ese lugar de donde venimos y, sobre todo, cómo fue que salimos de esas catacumbas morales y transitamos este empedrado camino que, a veces, nos deja ver flores a los costados y otras veces nos pone clavos oxidados en los pies.
Ya han pasado varias horas de los comicios. Raros, nuevos, sin que se eligiera a nadie para ningún cargo ejecutivo o legislativo. Apenas una eliminatoria para el encuentro de fondo (no hay caso, aunque lo intento, no puedo evitar la metáfora deportiva. Perdón, pero la otra que me sale tiene reminiscencias médicas, por eso de la temperatura social, el termómetro y los supositorios).
Entonces, después de haber disfrutado de Feinmann, Aliverti, Pressman, Russo y sus decires, déjenme visitar algunas escalas del viaje hacia octubre, acompañando a estos pasajeros de su propia pesadilla, por estricto orden de llegada.
Alfonsinín espera, dijo, bandera negra. Mi querido cómplice periodístico Sergio Peralta escribió por allí que tal vez el usurpador de trajes y sillones paternos haya querido referirse a la bandera a cuadros negros y blancos que, precisamente, el banderillero baja cuando un bólido (sí, leyó bien, no dice bóludo) llega a la meta en una competencia automovilística. Aunque no soy un experto, parece ser que la bandera negra aparece cuando un competidor ha cometido una falta grave y es eliminado de la carrera. O sea.
No es la primera vez que el efímero locador del partido radical (el locatario, el que alquiló los despojos del alfonsinismo, es tatuado y colorado) mete la pata. Sus militantes produjeron un spot vomitivo para internet (ver en Youtube o Google "Yo voto a Alfonsín") y él mismo pidió la renuncia del juez de la Corte Suprema de Justicia, Raúl Zaffaroni. Un papel grande, es decir, un papelón.
Que pase el que sigue. Ahí, cerquita, a mil quinientos votos de distancia de Little Richard y a siete millones setecientos mil de Ella, está el marido de Chiche, un juguete del destino que alguna vez intentó hacernos participar de la guerra entre bandas de los noventas. Prometió darle un susto al oficialismo. Como no fue explícito quiero creer que no se refirió a sufragios precisamente. Y como, además, él "quiere a Videla" y lo acompaña en sus tribulaciones Cecilia Pando, y Abel Posse lo ama y él a él, y como los milicos de la Antártida lo hicieron ganador de los fríos y como todavía duelen Kosteki y Santillán y como con él tuvimos "la mejor policía del mundo" y Graciela Camaño y Luis Barrionuevo son su gente de confianza y el Momo Venegas y mucho facho, macho, mucho facho lo sigue, he resuelto que, al menos en mi caso, voy a tomar esa frase como amenaza. Sobre todo, porque cuando la dijo tenía puesta esa sonrisa que me hizo acordar a los malos actores que hacen de malos en los westerns yanquis.
El hermético médico santafesino es el que más simpático me cae. Pienso que su racionalidad es buena para el momento que vivimos. Pero es tan anodino, tan abstracto, su discurso es tan generalizador que, a veces, parece estar diciendo cómo me gustaría ser oficialista, pero no me dejan. Su prédica en favor de la niñez, los derechos humanos, los jubilados, los desamparados, podrían ser suscripta por cualquiera de nosotros. Pero tiene un inconveniente, son avances sustanciales pero insuficientes todavía que llevan un sello que dice: "por eso, precisamente por eso, más de diez millones de personas votamos por Ella". De todos modos, deseo fervientemente que sea él y no los mefistos anteriores y posteriores de este textículo quien acompañe nuestros pasos en los próximos cuatro años. Sería un buen síntoma, doctores, de salud social.
Del Alberto no me ocuparé demasiado. Los extraterrestres nos dejaron un personaje spielberiano que vive y gobierna su feudo "a mil doscientos metros sobre el nivel del mal", como alguna vez me dijo Eduardo Belgrano Rawson.
En el reparto, llega la hora del delirio. Después de brindar material para una "Antología psiquiátrica del Despropósito", se paró frente a las cámaras y reconoció que está triste. "Yo soy la razón de la derrota", dijo la mística rubia de la Coalición Cínica, ratificando dos cosas. Que es cínica, efectivamente. Y que es su sinrazón, su desvarío patológico, lo que la llevó a dilapidar un capital electoral importante y arrastrar a un conjunto de gente valiosa, obnubilada por el mesiánismo enfermo de una miserable profeta del odio.
Después están los otros. Jorge Altamoria, como brillantemente lo apodó Feinmann, logró destapar la gaseosa Rial-Cola y en la tapita leyó: "Seguí participando". En buena hora. No hace mucho, el pobre PO apostaba solamente a la insurrección popular porque las elecciones eran una trampa de la burguesía. Parece que ya no, parece que acostarse con Moria en TV o recibir milagros mediáticos es ahora muy bueno para llegar al socialismo y hacer que el proletariado tome el poder. Eso sí, sigue su prédica contra el Partido Comunista, olvidando que cuando uno crece no sirve echarle la culpa de sus cagadas a los padres.
Todos tienen un patrón común: son autistas políticos, adoran su ombligo y parecen vivir en un tubo (catódico, quizás).
Y un Patrón común, el CEO de Clarín.

jueves, 11 de agosto de 2011

De quesos y poemas

Los jóvenes están reunidos en el living de una casa de clase media. Miran televisión y comen pizza. Esta vez con cerveza porque parece que el champán no da. Ya no da, conviene esconderlo, tiene mala prensa. Uno de ellos, casi un estereotipo de nene de papá que aspira a la pilcha de moda, tiene el control remoto en sus manos mientras departe con sus prolijitos contertulios. Pero de repente surge un tema un poquitín desagradable. Los sociólogos dirían, políticamente incorrecto. El olor a pata. Sí, se sienten tan piolas, tan superados que hasta pueden hablar de un tema así, más cercano a los laburantes, los villeros, los pibes de la calle y las adolescentes con las hormonas vivas. Rápidamente, pasan a dar una clase de variedades de quesos. Sentido común, seguiría diciendo el sociólogo, que a esta altura ya pide que le conviden una porción de la especial, con cheddar, morrones y anchoas.
En la charla se debaten gruyères, roquefores, frescos y untables. Un verdadero homenaje a la industria láctea nacional. Una morocha da clases porque papi trabaja en un tambo. Por la pinta de la niña el tipo trabaja, pero de dueño. O de patrón, según nuestro sociólogo, que pide urgente una birra porque, entre las anchoas y la clase de la morocha, le subió una sed que abrasa.
Hasta aquí el relato parece el comienzo de una novela de Patricia Highsmith, en las que, inicialmente, no pasa nada importante hasta que los acontecimientos se precipitan, como acota sabiamente aquél personaje lutheriano que quería entrar por la ventana, pero en italiano. ¿Habría pizza en la morada de su amada o sería el atractivo olor a pata?
El conductor del control remoto practica zapping, deporte de alta gama en personajes alterados por el tedio. Y redepente (salú, Niní Marshall) se encuentra, más bien tropieza, con la televisión pública. El programa en el aire es "6,7,8" y nuestro sociólogo se acomoda en su sillón con cara de por fin dejaron de boludear y vamos a discutir un rato de algo interesante. Los comensales de queso se transforman, palidecen, se incorporan en sus asientos, demudados, con un rictus de asco (salú, Fito) y comienza el gran festival del vómito general. Ni "La gran comilona", aquella película de 1973, de Marco Ferreri, recibió tanto líquido pútrido. Se supone que la descompostura les vino al encontrarse con la imagen de Lucho Galende y Orlando Barone, conductor y panelista, respectivamente, del programejo oficialista. El postre, si se me permite la boutade, lo pone una otra fémina que ingresa abruptamente a la sala alarmada, seguramente, por las arcadas y los efluvios de sus contertulios. Y ella sí, sin dudas, mira la pantalla y produce, de pie, una catarata de asquerosa masa líquida que inunda el lugar. No hay dudas, no es el queso, es esa televisión pública la que les ha provocado la reacción visceral, incontrolable, de expulsión agria, salvaje y, a la vez, purificadora.
El spot se cierra con la consigna mágica, el antiemético nacional por excelencia, el más saludable mensaje que un argentino debería atesorar: "yo voto por Alfonsín", dice. Y finaliza.
Consultamos a la guarida de campaña del pequeño Alfonso y se nos asegura que es una iniciativa de los militantes, que no se trata de la campaña oficial. Pero mi abuelo decía que el que calla, otorga y, hasta ahora, no hay mayores repudios, ni Little Richard (salú, Juan Pablo Varsky) ha dicho que esos vómitos no le pertenecen, ni mis amigos radicales, varios de ellos candidatos y ex funcionarios, salieron a repudiar semejante exabrupto despolitizante. Ni el resto de los candidatos de otras fuerzas se manifestó. Deben estar haciendo cola en la farmacia de su barrio, señora, comprando Reliverán. Si lo encuentran a mi sociólogo díganle que ya pasó, que la impotencia idelógica, a veces, toma formas repugnantes y que, sin embargo, una muchacha me dijo hoy que estaba leyendo un poema de Urondo que comienza así: "No serán muertos los pasos del amor".