jueves, 11 de agosto de 2011

De quesos y poemas

Los jóvenes están reunidos en el living de una casa de clase media. Miran televisión y comen pizza. Esta vez con cerveza porque parece que el champán no da. Ya no da, conviene esconderlo, tiene mala prensa. Uno de ellos, casi un estereotipo de nene de papá que aspira a la pilcha de moda, tiene el control remoto en sus manos mientras departe con sus prolijitos contertulios. Pero de repente surge un tema un poquitín desagradable. Los sociólogos dirían, políticamente incorrecto. El olor a pata. Sí, se sienten tan piolas, tan superados que hasta pueden hablar de un tema así, más cercano a los laburantes, los villeros, los pibes de la calle y las adolescentes con las hormonas vivas. Rápidamente, pasan a dar una clase de variedades de quesos. Sentido común, seguiría diciendo el sociólogo, que a esta altura ya pide que le conviden una porción de la especial, con cheddar, morrones y anchoas.
En la charla se debaten gruyères, roquefores, frescos y untables. Un verdadero homenaje a la industria láctea nacional. Una morocha da clases porque papi trabaja en un tambo. Por la pinta de la niña el tipo trabaja, pero de dueño. O de patrón, según nuestro sociólogo, que pide urgente una birra porque, entre las anchoas y la clase de la morocha, le subió una sed que abrasa.
Hasta aquí el relato parece el comienzo de una novela de Patricia Highsmith, en las que, inicialmente, no pasa nada importante hasta que los acontecimientos se precipitan, como acota sabiamente aquél personaje lutheriano que quería entrar por la ventana, pero en italiano. ¿Habría pizza en la morada de su amada o sería el atractivo olor a pata?
El conductor del control remoto practica zapping, deporte de alta gama en personajes alterados por el tedio. Y redepente (salú, Niní Marshall) se encuentra, más bien tropieza, con la televisión pública. El programa en el aire es "6,7,8" y nuestro sociólogo se acomoda en su sillón con cara de por fin dejaron de boludear y vamos a discutir un rato de algo interesante. Los comensales de queso se transforman, palidecen, se incorporan en sus asientos, demudados, con un rictus de asco (salú, Fito) y comienza el gran festival del vómito general. Ni "La gran comilona", aquella película de 1973, de Marco Ferreri, recibió tanto líquido pútrido. Se supone que la descompostura les vino al encontrarse con la imagen de Lucho Galende y Orlando Barone, conductor y panelista, respectivamente, del programejo oficialista. El postre, si se me permite la boutade, lo pone una otra fémina que ingresa abruptamente a la sala alarmada, seguramente, por las arcadas y los efluvios de sus contertulios. Y ella sí, sin dudas, mira la pantalla y produce, de pie, una catarata de asquerosa masa líquida que inunda el lugar. No hay dudas, no es el queso, es esa televisión pública la que les ha provocado la reacción visceral, incontrolable, de expulsión agria, salvaje y, a la vez, purificadora.
El spot se cierra con la consigna mágica, el antiemético nacional por excelencia, el más saludable mensaje que un argentino debería atesorar: "yo voto por Alfonsín", dice. Y finaliza.
Consultamos a la guarida de campaña del pequeño Alfonso y se nos asegura que es una iniciativa de los militantes, que no se trata de la campaña oficial. Pero mi abuelo decía que el que calla, otorga y, hasta ahora, no hay mayores repudios, ni Little Richard (salú, Juan Pablo Varsky) ha dicho que esos vómitos no le pertenecen, ni mis amigos radicales, varios de ellos candidatos y ex funcionarios, salieron a repudiar semejante exabrupto despolitizante. Ni el resto de los candidatos de otras fuerzas se manifestó. Deben estar haciendo cola en la farmacia de su barrio, señora, comprando Reliverán. Si lo encuentran a mi sociólogo díganle que ya pasó, que la impotencia idelógica, a veces, toma formas repugnantes y que, sin embargo, una muchacha me dijo hoy que estaba leyendo un poema de Urondo que comienza así: "No serán muertos los pasos del amor".

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