martes, 1 de mayo de 2012

Celebración de Arturo

 "Yo me muero como viví"
  Silvio Rodríguez


La muchacha llegó de Chile para participar en un coloquio filosófico en la Universidad Nacional de Cuyo. Cuando se enteró de que Arturo estaba en Radio Nacional dejó todo y se vino. Eso nos contó ella. Entró sigilosa y se sentó en el piso del estudio para beber cada palabra del maestro. Fue a fines de febrero y la excusa era la inauguración de la biblioteca de la radio, la imposición de su nombre a la misma y la donación de ejemplares de su inmensa obra.
Esa joven trasandina, esa indignada del sur, es una imagen que, seguramente, se llevó Arturo Andrés Roig cuando entregó su cuerpo a la fatalidad biológica. Pero, ¿cómo ha podido morir quien no claudicó jamás? ¿Cómo hacer una necrológica de alguien que se pasó la vida sembrando discípulos? Esta es, entonces, una necroilógica.
Nos contó que la irrupción de la banda cívico-militar genocida lo encontró en Europa. Por supuesto, lo eyectaron de sus cátedras universitarias. A él y a varios más. Le ofrecieron trasladar su sabiduría a La Sorbona, pero dignamente les dijo que, con todo el agradecimiento del mundo, él se quedaba en su casa y que su casa era América. En Ecuador se puso a investigar. El acicate fue, nos dijo, que sus colegas de allí estaban convencidos de que no había antecedentes filosóficos autóctonos en esa cintura del planeta. Y allí estuvo Roig hurgando en los archivos históricos,hasta que lo logró. Claro que había, que hay. Bastaba mirar esos papeles con ojos del sur, con lupa propia, con amor propio.
Me cuenta Marisa Muñoz, su más cercana colaboradora de estos últimos años, que el escritorio de Arturo quedó repleto de proyectos. Un trabajo acerca de la vida y la obra de su padre, el inmenso pintor de nuestra cordillera, Fidel Roig Matons; una resignificación de las lecturas de Platón, en clave americana "De la vereda de aquí", como dijo Rosa Antonietti Filippini; una especie de repaso de su vida, a caballo de un imaginario Rocinante continental y muchas iniciativas que tendrán que continuar en manos de esas mujeres y esos hombres que bebieron de la fuente de su ética, su moral y el interminable bagaje de análisis de la protesta y la rebeldía que Arturo nos deja en su vida y su obra.
Admirado en todos lados, galardonado en Cuba, en Venezuela, en Nicaragua y en Ecuador, por supuesto, es un entusiasta seguidor de sus procesos emancipatorios. Y del nuestro también.
Cuando terminó la conversación ante el micrófono y lo acompañábamos hacia la calle, me tomó del brazo y, casi al oído, me contó que hace varios años, en una noche otoñal de Mendoza, le hicieron la mejor entrevista de su vida. Ante mi asombro, me guiñó el ojo y siguió lentamente hacia el auto que lo esperaba.
Si usted, lectora amada, nota que se me humedece la vista al escribir estas tonteras íntimas es que la oftalmología también tiene sus sentimientos, que joder.
A celebrar entonces, una vez que culminen los rituales de la muerte, el haber sido sus contemporáneos, haber leído sus obras y compartir sus ideales, su ética y su moral. Celebrar que Mendoza pudo recuperar al humanista mayor del siglo XX.

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