lunes, 7 de mayo de 2012

Otra vez

  "Y nos queda esta mierda que nos mata"
  León Gieco


Aquí y allá. En Mendoza y en Buenos Aires. Los pibes Díaz y Bugatto son las flamantes víctimas de los imbéciles de azul, los uniformados de la muerte. Que uno de los muchachos baleados haya jugado al fútbol en el club Banfield y el otro habitaba un barrio periférico mendocino es, apenas, un ingrediente para la crónica periodística. Ni me voy a molestar en averiguar qué hacían en el momento fatal. Seguramente los medios investigarán, como casi siempre, a la víctima y no se dedicarán a analizar los porqués de esta maldita costumbre de gatillar contra la juventud. Justo cuando celebramos su retorno a la política, imponiendo su proverbial inclinación a la solidaridad, el empuje vital y la alegría y el placer por sobre la especulación, la codicia y el odio que el sistema destila minuto a minuto.
El gobernador de Mendoza, Francisco Pérez, promete ir al hueso. Al menos esta vez no escuché ni leí la excusa de rigor: "Hasta las últimas consecuencias", pero sí su muletilla melliza: "Es un caso aislado en la institución policial". La triste lista de episodios anteriores me dice que ambas sólo han servido para encubrir una formación criminal, irresponsable y perversa de quienes deben cuidarnos como su primera obligación.
Esa lista incluye, así, de memoria, el caso de Mauricio Morán, aquel adolescente de 14 años que fue acribillado por cometer varios delitos a la vez: ser pobre, tener frío, ser morocho y subirse a robar un vagón cargado de carbón para llevar un poco de combustible a su hogar. Por supuesto, el milico que lo mató goza de buena vida y sigue siguiendo. Es más, fue él quien le inició juicio al Estado provincial.
El caso Azcurra, futbolista del Club San Martín, baleado en pleno campo de juego, atropello filmado hasta el detalle, que truncó su carrera deportiva y, como en el asunto anterior, terminó acusado, él y sus compañeros de equipo, de haber "provocado" al policía. Cosas de nuestra justicia, heredada de aquella que formaron la dictadura y el menemato.
Más atrás, los casos Guardatti y Bordón, por citar sólo dos ejemplos de una secuencia dolorosa y cruel. Hace muy pocos días la policía sanjuanina se ensañó con parte de la hinchada de Godoy Cruz y todos nos indignamos, pero no tanto como para exigir que las investigaciones, aquí y allá, lleguen hasta la médula. Es decir, quiénes educan y dan las armas para protegernos. Bajo qué concepción acerca de los derechos humanos actúan los jefes y cómo esa concepción baja hacia los subordinados.
Si, ¡por fin!, se está juzgando a los genocidas de uniforme y a los de civil, ¿por qué tenemos que seguir soportando que "esta mierda" nos mate?
En octubre pasado voté por Pérez y, dadas las circunstancias, lo volvería a hacer. Voté para contribuír a consolidar un rumbo que puso de pie al país, pero también para corregir las rémoras de un pasado demasiado presente para mi gusto. Entre las medidas imprescindibles para construír una ciudadanía de mejor calidad está, sin dudas, el concepto humanista de seguridad, diametralmente opuesto a la visión derechista que ve a cada pobre (si es joven, peor) como un blanco fácil (si es morocho, peor).
Tampoco siento que la Policía de Mendoza, como institución pública, sea un "caso aislado". Son años, muchísimos, de un chip cultural deformado y deformante que, lamentablemente, todavía pinta de tinieblas el mapa nacional. La bonaerense, por dar sólo un ejemplo paradigmático.
Me quedo con las palabras de la ministra Garré: "Es inadmisible". Así de simple.

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