domingo, 26 de junio de 2011

Concurso

A Oscar D'Ángelo, el amigo de Flammarion

Que el funeral lo organizó Fuerza Bruta, que el luto se lleva sólo dos semanas, que la gente dice que los quiere matar, que no sufre, que hace teatro, que iba a producirse una emboscada, que hay armas, que desde que él se murió duerme más tranquila. Y así podría seguir un rato más con sus pronósticos y declaraciones apocalípticas. Pero no está sola en la galería de freaks más o menos vernáculos.
De Colombia, y sin ritmo de vallenato, nos llega la sabiduría necrofílica de un empresario zanahoria. Dijo, y luego se arrepintió (tarde piaste, pajarraco), que Néstor había elegido morirse antes que perder otra elección. Elegido, dijo. Debe haberlo llamado Alfonsinín para endilgarle la responsabilidad por la pérdida de dos votos en Picún Leufú, por su exabrupto. Hasta donde este escriba sabe, no hubo reacción alguna de los sacerdotes eméritos (o eméticos, usted opte milady), muy ocupados en mensurar la incidencia del consumo mensual de hostias en el desarrollo del coeficiente mental de los batracios. Cosas así, determinantes.
Envuelto en un poncho verde caca, un tipo que dice llamarse Usía, pero en castellano, declaró que odia a los porteños. Así, sin discriminar entre Macri y los obreros de Paternal, por ejemplo. Esta vez, el teléfono del Arzobispado tenía activado el contestador automático: "No desespere, le devolveremos la llamada en un tiempo prudencial. Si Galileo esperó 400 años y las Abuelas 10, usted puede ser el próximo. Gracias y que Dios le dé templanza. Click". Se ve que la reacción del burrito cordobés produjo envidia, o contagio. El senador menduco (más precisamente, sanrafaelino) salió a la cancha convencido de que él es más torpe que todos. Es que, para participar de este singular torneo semántico, hay que tener convicciones firmes. Declaró a MDZ, diario digital de nuestros pagos, que Cristina desprecia a Mendoza. Otro que aspira a ser habitué de las oficinas del INADI. O la importancia de llamarse Ernesto, pero Sanz, qué le vamos a hacer.
Y hablando de hábitos, es Mauricio, como se lo conoce al gerente porteño en los ambientes mediáticos, quien mantiene y defiende las costumbres adquiridas en los mejores momentos del menemato privatizador. Quiere debatir con sus adversarios en casa, en TN. La excusa es que se hace allí desde siempre y que diversificar es mucho trabajo. Y ya se sabe, el trabajo es para los mersas y no para gente culta y triunfadora como él.
Por último, y para no aburrir a la amable lectora de estos delirios domingueros, vaya mi estruendosa carcajada para el mejor alumno de Goebbels I, materia curricular optativa en la carrera de comunicación hegemónica continental, el ex periodista Jorge Semeenfríalalecheyseleformaunapelículahorrible.
Como usted entendrá, belleza, son ejemplos parciales de profundas y sólidas propuestas de gobierno, de cara a octubre próximo.
De todas maneras, leo que el Producto Bruto Interno ha crecido espectacularmente y me pregunto si en ese crecimiento se computarán estos ejemplos de Productos Muy Brutos.
Pero también leo que el INCAA (Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales) está convocando a un Concurso Nacional de Cortos. Tal vez los admitan.

miércoles, 22 de junio de 2011

Elogio de la anormalidad

"Una felicidad con menos pena"
 Griselda Gambaro

No es sólo anomalía, como bien dice el filósofo Ricardo Forster. Mariano Grondona, ese ejemplar fosilizado de la aristocracia académica nacional, dijo en su devaluado programa televisivo que había que tratar de detener (ese término usó) el afán reeleccionista del kirchnerismo y volver a los nombres normales (sí, ese término usó). Mencionó, entre los apellidos normales, a Alfonsín, por ejemplo. En su diccionario de normalidades deben estar Martínez de Hoz, Videla, López Murphy, Anchorena, Carrió, Solanas (de quien dice sentirse cada vez más cerca), Macri, Biolcati, Bullrich y tantos otros que ilustran las primeras planas del hegemonismo mediático.
Pero ayer volvió la anormalidad a la sociedad argentina. Cristina Fernández seguirá siendo presidenta por cuatro años más. Es que retomó la iniciativa política después de diez días de estar contestando palos, como no sucedía desde los tiempos de la Resolución 125. Lo señaló, con el acierto de siempre, el colega Eduardo Aliverti. Clarín lo había logrado colgándose de Sergio Schoklender y su segundo matricidio, y con el sospechoso cambio de estrategia judicial en el caso Herrera Noble. También fue Aliverti el que mencionó a Guadalupe Noble, la heredera desplazada por la "aparición" irregular de Marcela y Felipe. Un misterio. Y ya lo dijo hasta Beatriz Sarlo: "Donde hay un misterio, hay que buscar la plata".
Es que nosotros, los ciudadanos de a pie, estábamos acostumbrados a ciertas normalidades perversas. A saber, y sin ánimo de agotar los ejemplos: cuando un gobierno perdía unas elecciones legislativas en mitad de su mandato, lo normal era que se sentara a negociar con los ganadores; cuando la sociedad pedía cambios de conductas, divorcio o matrimonio igualitario, lo normal era que se cediera ante las presiones de la cúpula eclesiástica; si se intentaba juzgar a los responsables de crímenes de lesa humanidad, lo normal es que se terminara transando con las cúpulas militares; cuando las cuentas fiscales estaban en rojo, lo normal era recurrir a los Fabulosos Malvados Internacionales, como dice esa hermosa canción de Los Cazurros, quienes venían presurosos a darnos créditos suicidas.
Este gobierno kirchnerista cometió, comete y, espero, cometerá anormalidades necesarias. A saber, y sin ánimo de agotar ejemplos: después de la derrota del 28 de junio de 2009, estatizó Aerolíneas Argentinas, promovió y logró la sanción de la ley de movilidad jubilatoria, instauró la Asignación Universal por Hijo y para las embarazadas, logró la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la modificación del Código Civil que permite el casamiento entre personas del mismo sexo y la adopción de niños por los contrayentes; se sacó la mochila de casi todos los organismos multilaterales financieros; terminó con la sensación de impunidad y sus leyes. Y están siendo juzgados los genocidas.
En nuestro país quedan normalidades por resolver. Los formadores de precios siguen manejando la canasta alimentaria según sus ansias exportadoras. Utilizan su poder económico cuasi monopólico para extorsionar a la sociedad.
La voracidad de las mineras a cielo abierto agujerea nuestro suelo, pone y saca funcionarios y pretende secar nuestro suelo, ya seco por naturaleza.
El crédito y el acceso a la vivienda siguen dependiendo de los resortes de una ley de entidades financieras con la marca de los poderosos.
El cuerpo de las mujeres sigue siendo patrimonio del arzobispo de turno.
Los pueblos originarios siguen a merced de los señores feudales provinciales y los terratenientes de siempre.
Por el puente hacia las nuevas generaciones. Por las anormalidades que faltan y que le producen tanta urticaria al Dr.Grondona, por los sueños compartidos de las Madres y por los ADN que vienen, porque Gieco y Santaolalla y González y Herrero y Parodi y Echarri y los pueblos originarios y nosotros, los periodistas públicos, no somos ni idiotas ni corruptos. Por la cita de Gambaro con que empieza este textículo. Por todo eso y por mucho más, ¿adivinen por quién voy a votar en agosto y en octubre?
Sí, por esa anormalidad política que se llama Cristina Fernández.

viernes, 17 de junio de 2011

Jefes de campaña

 "No hay nada nuevo bajo el short"
  Grafitti uruguayo

Un problema menos, una interna menos, varias reuniones menos, tiempo y energías para dedicarse a mejores menesteres. Esta campaña electoral, la que ya se inició camino a octubre, se va a dirimir por lo hecho por el gobierno, por las propuestas y proyectos, por los spots, por los antecedentes y prontuarios pero, sobre todo, me parece, por los archivos televisivos y radiales. Veamos, empecemos por cualquiera, por cualquier cualquiera, por cualunque, como decía Saro Cardusa, el peluquero de mi infancia, siciliano y comunista (un cocktail peligrosísimo, como es de imaginar).
Tomemos al azar a Ricardín Alfonsinín, quien utiliza los trajes, el sillón y las inflexiones fonéticas de don Raúl, el papá, pero deja en el baúl del desván de la historia, algunos principios éticos e ideológicos de quien fuera fundador, entre otros pergaminos, de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). Sí, ya sé, en un momento de su vida se le fue al diablo lo de "permanente" a don Raúl, y sucumbió su mandato enredado en obediencias de muerte y puntos finales, pero jamás transó con la derecha explícita. Es más, atravesó el vendaval de silbidos y puteadas de la Sociedad Rural, la socia militante de Clarín y los genocidas. Hoy el niño sonríe junto al empresario colombiano, festeja las bravuconadas de Magnetto y borra con el codo lo que hace dos meses escribiera con la mano: que el colorado no entendía la política como una herramienta transformadora sino como un negocio. Ahora promete derogar la Ley de Medios para preservar, dice, la libertad de prensa. En una sola cosa parece hacerle caso a papi: como se ha derechizado al mejor postor (más por sorteo que por licitación), parece estar preparándose para perder.
Cambio y fuera.
El término "hermético" tiene su raíz etimológica en el dios griego Hermes, quien era venerado como cuentero, entre otras virtudes. Hermes, el contemporáneo santafesino, ha constituído el FAP (Frente Amplio Progresista). Pues, a menos de una semana de existencia circulan rumores de que la A quedaría, pero ahora parece querer decir Angosto. Me explico. Al armar las listas de candidatos dejaron a Pino con la puerta cerrada, pero del lado de afuera. Solanas hizo pucheritos, se frotó la nariz, pero tampoco se pudo enojar demasiado. Es lo que hay o, mejor aún, es lo que no hay. O, si usted prefiere, hay lo que es (silogismo afanado del contestador telefónico de Martín Caparrós, altri tempi). Pero lo más llamativo de la fórmula del angostito es su vice, Norma Morandini, la fan number one de Elvis. Con dos hermanos desaparecidos en dictadura, votó en contra de la ley que fijó el 24 de marzo como Día de la Memoria. Su argumento: no quería que figure en el almanaque en rojo, como un día festivo. Como usted verá, lectora querida, igual razonamiento puede aplicarse al 17 de agosto, el 20 de junio y así siguiendo. Pero es más, votó en contra de la estatización de Aerolíneas Argentinas, de los recursos previsionales y de la obligación de practicar análisis de ADN para averiguar la identidad de nietos recuperados. ¿Le suena? El argumento, en este caso, fue que ella no sabe si corresponde o no. Genial, la senadora desconoce la ley, además de contribuir a permitir que quede impune un delito de lesa humanidad. Y hay más archivo para este prontuario. Se levantó de la sesión en la que se votaba la sanción de la ley de medios audiovisuales. Se sospecha que iba a llamar a Radio Mitre para solicitar el Rock de la Cárcel, por Elvis Presley antes de que la patota kirchnerista le ponga cupo a la música extranjera. Como usted observará, seductora amiga, todas actitudes que responden a lo más selecto de las tradiciones socialistas. Claro, del socialismo vernáculo de Norteamérico Ghioldi o el contemporáneo de Strauss-Kahn o Zapatero.
Mientras tanto, Binner, el hermético, sigue recorriendo canales privados con ese glamour que suele tener mi perro cuando se despierta de la siesta. De las contradicciones con su vice, no sabe no contesta. Al menos, hasta ahora. Sigamos.
El gerente de Capital le otorgó un contrato al clarinete mediático por una suma cercana a los 250 palos verdes. Es retribuido graciosamente por sus esbirros periodísticos. Tanto, que quiere debatir allí y sólo allí con sus principales adversarios. Un dechado de virtud democrática.
Para no hacerla más lunga. Sugiero, como digo al comenzar este caramelito, que Cristina no designe jefe de campaña y se dedique a seguir profundizando las medidas necesarias para construir una sociedad más justa.
Sus jefes de campaña son tan buenos, tan apropiados, tan útiles que bastan los archivos de los opositores para convencer a los dos o tres indecisos que queden.
En fin, que nuestro país es tan maravilloso, tan mágico que ni Gabo, mire.

jueves, 16 de junio de 2011

La escalera

Por alguna razón que sólo un psicólogo o psicóloga podría explicar, me acordé de un episodio que nos sucedió hace ya unos años. Íbamos bajando las escaleras de una estación de subte, en Buenos Aires, claro, con mi hijo, Luciano. Debe haber sido en tiempos de Feria del Libro. Fines de abril o principios de mayo.
Yo lentamente, ya se sabe. Y él, presuroso a la boletería para adelantar el trámite. Odio la burocracia, hasta la prolija e inevitable, aunque Max Weber me putee desde sus huesos.
En el descanso de la escalera, un despojo humano pedía. Limosna, sí, pero también alguna otra cosa, que sé yo, tal vez una mirada con sol, una sonrisa que le devolviera la luz de esa mañana porteña y le trajera algún vestigio de ternura. Raudamente pasó a mi lado un señor con portafolio o, más bien, con cara de portar un attaché. Rubio, con poco pelo, ondulado y cortito, camisa blanca abierta hasta el tercer botón, dejando ver más pelo en el pecho que en el pavimento incipiente del marote. Desarreglado, con los lípidos del salvavidas abdominal pidiendo aire, asfixiados por el cinturón. Una cadena, presuntamente de oro o al menos amarilla, como su pelambre, enmarcaba una papada construída en muchas jornadas de guefilte fish y blintzes familiares. Seguramente, hombre de fe, respetuoso de las tradiciones, con cuenta bancaria activa y sus sueños de casa en un country, desvelado por hacerse de diamantes sudafricanos y alguna mina caribeña.
Cuando vio la mano estirada de aquel despojo, gesto automático que se activaba al sentir los pasos en la escalera, nuestro héroe porteño, ese burgués pequeño pequeño, ese otro despojo, pero ético, le escupió, como al pasar: "¿Tenés cambio de cien"?. Creo, quiero creer, que el hombre no se dio cuenta. Si digo hombre queda claro, o debería, que no me refiero al tipo que, imaginemos, manda a sus chicos a colegio privado y veranea en Buzios. El tipo, entonces, con sus ojos yertos, bajó la mano y se resignó a esperar el sonido de los próximos pasos en la escalera.
No alcancé a putearlo, me dejó atónito y cuando reaccioné, ya se había perdido de mi vista.
Cuando, pocos años después, Macri accedió a gerente de Buenos Aires por voto popular, me imaginé al gordo infame festejando el sábado siguiente a la salida de la sinagoga.
El próximo 10 de julio volverá a votarlo, seguramente. Y el 23 de octubre verá diluirse su sueño de recuperar el terreno perdido y cuando pase por el descanso de la escalera del subte quizás ya no esté aquel despojo humano. Habrá muerto de revolución productiva, salariazo y megacanje. Yo prefiero imaginar que no esté porque sus manos comparten sueños en alguna construcción autogestionada.
Después de todo, las escaleras se han inventado para bajar, pero también para subir.

jueves, 2 de junio de 2011

El límite

A Liliana Herrero, siempre nueva, la misma.

Somos lo que somos porque existen. Ni el fútbol, ni el dulce de leche, ni la música, ni la poesía, ni los hombres, ni, sobre todo, las mujeres, ni el paisaje que veo al salir de casa, ni los bomberos voluntarios, ni los hogares, ni las escuelas, ni las fábricas recuperadas, ni los canallas, ni la incertidumbre, ni el olvido, ni tus ojos, ni el pelo de mis nietos, ni la guitarra de mi hijo, ni el arte de Laura, ni los caballos salvajes, ni mi glándula pituitaria, ni las amigas perdidas, ni el café con los amigos, ni el corazón partido, ni el hormigón armado, ni las embarazadas, ni el aborto legalseguroygratuito, ni el vino, ni los asesinos silenciosos, ni las matemáticas, ni la escarapela, ni los libros de autoayuda, ni la televisión basura, ni los barrios privados, ni las voces públicas, ni los objetos inanimados, ni las lagartijas mediáticas, ni las hermanas prostitutas, ni el holding perverso, ni los jubilados, ni las viudas, ni los conejos, ni las galeras, ni la ESMA, ni Cristina, ni el sol del 25, ni Gardel y Le Pera, ni Liliana Herrero. Nadie sería lo que somos, esta sociedad seguiría siendo una lacra indigna si no existieran nuestras Madres de la Plaza.
Ese es el límite.