viernes, 10 de agosto de 2012

Desarmando valijas

Si los ves caminar por las callecitas de Toledo o entrar al Museo del Prado no se los puede distinguir. Ambos calzan sandalias, llevan ropa liviana, pantalones cortos, mochila o bolso que, indefectiblemente, carga una o dos botellas de agua. Es que el calor agobia, ataca casi con tanta saña como las medidas de ajuste de los políticos que detentan el poder por voluntad y elección de la mayoría. Y claro, la máquina de fotos colgando del cuello o enrollada en una mano cual credencial de ostentación global, lista para el disparo inmortalizador.
Uno va hacia el pasado en busca de la confirmación de lo leído y estudiado. El otro es puro presente. Ve lo que ve y nada más. Tal vez sea esa la única diferencia entre el viajero y el turista, aunque el rol no es estático. El viajero se comporta, en ciertos momentos, como turista. Y viceversa.
Con una excepción: los japoneses. Generalmente, vienen de a muchos, al trotecito, encabezados por un o una guía que enarbola un paraguas o un pañuelo para que la fila de orientales no se pierda o se confunda con otro contingente similar. A los codazos, empujones y pisotones a todo lo que se le interponga en su camino van abriéndose paso hacia el objetivo indicado por quien los conduce. Ese objetivo puede ser "La Gioconda", que los mira entre incrédula e irónica, hasta la vidriera de un negocio de máscaras en Venecia o ¡el escaparate de una heladería que muestra la variedad de gustos que ofrece! Fotografían absolutamente todo, incluso a otros japoneses que están sacando fotos.
De vez en cuando se ve a una pareja de nipones aislados, tranquilos, disfrutando de la vida. Esos, casi con seguridad, son viajeros que podrán contarles a sus hijos, nietos y amigos que estuvieron en Praga y que allí confirmaron la vocación histórica del cristianismo por la discriminación hacia las mujeres: la iglesia de San Vito tiene, como la mayoría de los templos del Señor, dos torres. Una más gruesa y sólida que la otra. ¿Adiviná qué sexo representa cada una?

En Praga, precisamente, los mendigos permanecen postrados, de cara al suelo, literalmente, con las manos en súplica y el tarrito a un costado, esperando la dádiva del paseante. Son muchos, apostados estratégicamente en el circuito turístico de la ciudad vieja. Vi varios con miembros vendados como para despertar una mayor cuota de piedad.
El primero que nos abordó, a la salida del metro, nos indicó el camino hacia el Moldava a cambio de un puñado de coronas checas. Como bonus, y sin que se lo pidiésemos, nos dijo que en dirección contraria quedaba el Museo del Comunismo.
Desde 2003 tienen a Václav Klaus como presidente. Economista ultraliberal y conservador, debe su trascendencia internacional a la afición por hurgar faldas ajenas y quedarse con una lapicera de lujo en una visita a Chile, durante 2011, según atestigua un video que dio la vuelta al mundo virtual.
Irena es Doctora en Recursos Naturales, egresada de la Universidad Carlos IV, pero trabaja de guía bilingüe en los buses de city tours. Es que, nos dice, no hay trabajo. No pierde oportunidad, en su pobre castellano aprendido en Montevideo, de maldecir a la clase dirigente de su país. A nosotros nos suena como una letanía del menemato. La misma corrupción, la misma entrega descarada del patrimonio histórico, económico y moral de un país otrora potente y rico. Augura y aspira al retorno de alguna forma de socialismo humano, como el que intentó Alexander Dubcek y ahogaron en sangre las tropas del fenecido Pacto de Varsovia, en 1968.

Se extrañan los hijos, los nietos, los amigos, ciertas amigas, las tortitas raspadas, el dulce de leche, la reunión del café de los sábados, el perro, algunos vecinos, la televisión pública y poco más. Viajar no te aleja como antes. Los avances tecnológicos nos permiten tener contacto diario con los seres queridos, con los periódicos provinciales y nacionales.
Pero hay cosas insustituíbles. Caminando por las calles de Barcelona vimos uno tirado en la calle, abandonado a su suerte. Y los cuatro argentinos nos miramos con esa sensación de abstinencia higiénica que no necesita comentarios específicos. Es asombroso e inexplicable que una sociedad que alcanzó progresos que la enorgullecen no haya asumido la costumbre de su uso. ¡Cómo se añora el bidé! Y pensar que, según los estudiosos de este adminículo para el idem, aseguran que apareció en 1710 en Francia. Ni uno, apenas un pésimo intento de chorro horizontal en Roma.
En fin, poder utilizarlo es regresar definitivamente a casa.

Son 41 reyes, 20 reinas y 30 príncipes, princesas y aristócratas enterrados. Casi cien personajes de la historia europea tienen su lugar final allí. La Basílica de Saint Denis (don Dionisio, le diríamos en el barrio) es el primer monumento gótico del cristianismo francés. De una belleza e imponencia descomunal está en las afueras de París, en una zona tradicionalmente obrera, de izquierda (allí está también la sede del diario comunista "L'Humanité", obra del célebre y eterno Oscar Niemeyer, el mismo que diseñó Brasilia). Ese cementerio vip alberga los restos de Dagoberto I, Pipino el Breve, Carlomagno, Hugo Capeto, San Luis (busqué algún Rodríguez Saá, pero no lo encontré), Felipe III, Felipe IV, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI (no se sabe si con o sin cabeza), entre otros. Y María Antonieta (no se sabe si con o sin su melenita), Catalina de Médicis, Ana de Austria y Juana de Borbón, entre otras.
El clima es circunspecto, los pasadizos lúgubres (como corresponde a una necrópolis real), pero el conjunto arquitectónico es una verdadera fiesta para los ojos. Además, claro, de cierta satisfacción por ver a tanto monarca, príncipe y garca, acostados para siempre.
Afuera, la vida del barrio sigue su curso. Con predominio ostensible de gente islámica y afrodescendiente, la zona es una explícita muestra del funcionamiento perverso del capitalismo tardío. Los países centrales, expoliadores de sus excolonias, siguen fabricando pobres y, luego, no se bancan que éstos lleguen a las metrópolis atraídos por las luces engañosas de las vidrieras del sistema. Tomamos tres taxis en París. Ningún chofer era francés. Un vietnamita, un sudamericano y un palestino. Gente del destierro, migrantes que no se resignan a desarmar las valijas, pero no como viajeros ni, mucho menos, como turistas.

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