lunes, 6 de agosto de 2012

Los farolitos

El censor tiene una remera celeste con la inscripción CENSOR en letras negras. Y el censor tiene un sensor. El sensor del censor se activa cada vez que detecta un hombro desnudo (si es femenino, mejor) o el canal que divide los pechos de las mujeres. En ese caso el censor impide el ingreso de la agraciada al interior de la catedral de Barcelona. Pero todo tiene solución en las casas del Señor. A pocos pasos de la escalinata de ingreso al templo  hay un quiosquito en el cual se puede adquirir una mantilla, un chal o un pañuelo que cubra las impudicias. El censor, comprensivo y buen cristiano al fin, dirige su mirada beata hacia el chiringuito sacro  y ellas ya saben que tienen allí el salvoconducto por un puñado de monedas europeas. Negocio redondo.
Hay que pagar para visitar las iglesias del viejo, maravilloso y decrépito mundo de allá. Pagás para entrar o te venden chucherías o, como en la catedral de Toledo, tenés que poner dos euros con cincuenta para ¡subir al ascensor que te lleva a la cúpula!. Estar cerca de Dios cuesta un poco más caro. Además, claro, de los ocho del ticket que te permite acceder a sus esculturas, vitrales y tumbas de famosos, sean reyes, princesas o generosos aristócratas que compraron su llegada al cielo de los justos, aunque hayan sido en vida unos perfectos hijos de puta. La de Toledo comenzaron a construirla en 1226 y es un monumento gótico de belleza impactante. Como en el resto de las iglesias de Europa hay que desembolsar. A veces poco, otras mucho. Todo huele más a empresa comercial que a incienso. La excusa es la necesidad de recaudar para poder mantener impoluto el patrimonio cultural que, durante siglos, detentó el cristianismo. Mienten, como casi siempre.
Todo tiene que ver con todo, dijo alguien haciendo gala de profundidad intelectual. Como Europa se debate entre las consecuencias de la timba financiera internacional y la desesperación de su gente, que ve escurrírsele entre los dedos la parafernalia de consumo y ostentación de riquezas de que se jactaron durante tantos años, basta con mirar ciertos paisajes urbanos y los símbolos que los ornamentan. Por ejemplo, Lisboa. La Plaza de Comercio, una de las más bellas y céntricas de la capital portuguesa, está rodeada de bancos (no muchacho, no para sentarse sino para que se cumpla la frase de Brecht). Y se llaman Banco Espíritu Santo y Banco Pastor. Además de los globalmente conocidos, sobre todo, por su triste historia de estafas a la gente sencilla, a los de abajo y a los del medio. Los nombres de las entidades financieras suelen denotar su derrotero. Y su origen. Quiero decir que si algo no tiene el anarcocapitalismo financiero, como lo calificó Cristina con su habitual brillo, es espíritu santo, precisamente. Y esos pastores no cuidan a sus ovejas, sino a la lana que le sacan a mansalva.
Otra característica hermana las iglesias católicas europeas. Las capillas periféricas, las que enmarcan el altar central, están consagradas a los múltiples santos y santas que componen el menú escatológico de la secta global con capital en el Vaticano. Que una está dedicada a rezarle a San Juan, otra a Santa María (y aquí hay para todos los gustos: la mayor, la menor y la del medio), alguna a Santa Teresa e inclusive una a San Moisés (un infiltrado, seguramente), en Venecia. En cada caso los turistas, creyentes o no, son invitados a depositar un euro para que se enciendan los farolitos que iluminen las imágenes del santito/a en cuestión y así poder acceder al rezo, la foto o, simplemente, la contemplación de obras de arte de notable belleza.
O sea, si querés rezar, rezá. Pero primero, poniendo estaba la gansa.
Es así, todo muy cristiano, bello y piadoso, pero con los farolitos apagados.
En el canil mayor, donde atiende el Pastor Alemán en ejercicio, Don Maledicto una equis, una ve y un palito, resaltan los grupos escultóricos fúnebres. Sin dudas, el más famoso y fastuoso es el que, dicen, rinde homenaje a Pedro, el primero de los Papas que en el mundo han sido. Y son. Pero hay otros, asombrosos por su belleza y su historia. A la izquierda del que recuerda a Petrus, un impresionante monumento en mármol rinde tributo a Giuliano della Rovere, quien tuvo varios hijos con la aristócrata romana Lucrezia Normanini. Sólo Felice llegó a edad adulta. Los demás vástagos murieron niños aún, por voluntad de Dios o descuido familiar. Julio II, de él se trata, es conocido como el Papa Guerrero y detentó el poder entre 1503 y 1513. El mote se lo ganó, seguramente, por su vocación pacifista. Es que a comienzos del siglo XVI el humor era muy finito. Mientras Miguel Ángel, entre 1502 y 1504, nos dejaba 516 centímetros de una de las obras de arte más extraordinarias de todos los tiempos, el David, los señores de la cristiandad construían poder político a sangre y fuego. Julito, mi tocayo picarón, sucedió en el trono de la bondad universal a Rodrigo Borja, o Borgia como les gusta decir a los tanos, el papá y amante de su hija Lucrecia (también se le atribuye algún revolcón con su hermano César),  con quien tuvo un hijo, según la leyenda negra de esa familia tan normal. O sea, cometió la hazaña poco frecuente de ser papi y nono a la vez. Este atleta de la moral puritana pasó a la Historia como Alejandro VI, y anduvo por allí entre 1492 (cuando, por fin, nos descubrieron) y 1513. El de las bulas que repartieron el nuevo mundo entre España y Portugal a través del Tratado de Tordesillas y que santificaron el genocidio americano. Una belleza de persona.
Nota aclaratoria absolutamente necesaria: no me llamo Julio Alejandro por ninguno de estos dos sátrapas. Fue un simple gusto que quisieron darse mis viejos con este exchiquitín.
Sigo y termino (por ahora). Por eso tanta mezcla de admiración y asco. Por tanto oro, pompa y boato, por esa hipócita costumbre de pedir contribuciones pías, cubrir la piel y declamar amor universal. Hace dos mil años que nos vienen diciendo con quién acostarnos, cómo vestirnos, cuándo comer, hasta dónde caminar, cuántos hijos tener, cuándo ayunar, a quién votar y ahora cómo hacer para que se prendan los farolitos de la santidad.

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