viernes, 17 de agosto de 2012

La desmesura

Vi y escuché el debate entre Edgardo Mocca, politólogo, académico y periodista (actualmente panelista de "6,7,8" en la TV Pública) y Roberto Gargarella, filósofo, jurista, escritor y también académico, especialista en derechos humanos, democracia, filosofía política, teoría constitucional e igualdad y desarrollo. Formado cerca del intelectual alfonsinista Carlos Nino, Gargarella es, no cabe dudas, un capo.
Y sin embargo, tanto curriculum, tanto libro publicado y tanta maestría conseguida, no alcanzan, parece, a la hora de mirar y comprender la dinámica de los procesos sociales y políticos. En la cancha, digo.
Querido Jack, destripemos algunos momentos del jugoso encuentro. Comienzo por reconocer que Mocca no polemizó con un empleado de Magnetto ni con un editorialista del diario Macrín o Clacri, como usted prefiera nombrarlo. Gargarella se mostró siempre respetuoso y, a veces, hasta pareció lamentarse por tener que expresar sus críticas al kirchnerismo. Es que, sinceramente, siempre existe algún motivo para ser opositor. De éste o de cualquier gobierno.
Desde el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), pasando por la minería a cielo abierto, el cultivo de soja, la cuestión tributaria, la política de alianzas del oficialismo y el proyecto de expropiación de la fábrica de billetes (¡con los mismos argumentos de la derecha más explícita!), casi nada quedó sin criticar don Gárgara (dicho con cariño). Con algunos de sus planteos me sentí identificado. ¿Quién, que no se llame Pinedo, Bullrich o Macri, puede estar en contra de una reforma tributaria progresista y equitativa? ¿O abismado de espanto por las muertes de pobladores originarios en el noreste patrio? Pero también me asombró que dijera que estamos peor. Me hizo recordar al concepto de intelectual que tiene Eduardo Galeano: ese ser que tiene escindidos su mente y su cuerpo.
Don Gárgara ejemplificó su pensamiento con el caso del impresentable Gildo Insfrán, gobernador de Formosa desde 1995. Pero ocurre, como con varios caudillos provinciales más, tan impresentables como aquél, que el mencionado viene siendo reeligido por los formoseños por una abrumadora mayoría de votos. La propuesta del académico al respecto es exigirle a Cristina que le reduzca el envío de fondos desde la Nación. Propuesta insólita, casi de adolescente enojado, que significaría castigar a los habitantes lugareños. Además de rozar lo inconstitucional.
Tuvo expresiones desmesuradas, como cuando dijo, sin ponerse colorado, que pesan sobre los gobiernos de Néstor y Cristina 16 muertos; en cambio, afirmó, sólo 2 durante el gobierno de Duhalde. El exabrupto refleja la imposibilidad de ciertos pensadores para reconocer que no pueden ver más allá de sus escritorios o sus narices. Si hubo gobiernos que cumplieron a rajatabla su promesa de no reprimir son, precisamente, los iniciados el 25 de mayo de 2003. Allí están el sindicalista ferroviario José Pedraza y sus cómplices juzgados por el asesinato del joven troskista Mariano Ferreyra.
Su actitud de pasar a vuelo de pájaro por sobre la Asignación Universal por Hijo, la recuperación de los dineros previsionales, la estatización de Aerolíneas Argentinas, el regreso al país de casi un millar de científicos, la ley de movilidad jubilatoria, la reapertura de las escuelas técnicas, la expropiación de la mayoría de las acciones de YPF y, sobre todo, la política activa de defensa irrestricta de los derechos humanos (una de sus especialidades), insisto, esa actitud demuestra un empecinamiento, casi un capricho, de intelectual burgués de izquierda, pero burgués al fin.
La desmesurada crítica de Gargarella al modelo K me recordó al querido José Saramago. No te asombres, Jack, te explico. Así como el antónimo de ceguera, para el genial portugués, no es visión sino lucidez, el de desmesura no es mesura sino justeza. Me apresuro a aclararte que no soy un pusilánime, me siento cerca de un modo de hacer política que ha transformado aspectos fundamentales de la vida cotidiana de los argentinos, al compás de otras experiencias continentales. Cambios necesarios, pero aún insuficientes y con errores, para construir una sociedad más democrática.
No hay caso, la objetividad, como el radicalismo, ya no es lo que era. Hasta las gárgaras tienen ideología.

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