martes, 7 de septiembre de 2010

PM

Noviembre de 2007, en Maracaibo, Venezuela. Habíamos sido invitados a participar del III Encuentro Internacional de Filosofía "Humanismo, Socialismo y Revolución". Estábamos desarrollando el trabajo de comisión en un aula de la Universidad de Zulia. Llegó un poco tarde y se sentó a mi lado. Cuando empezó a hablar, su tono sincopado me confirmó que era paraguayo. Así conocí a Martín Almada. Con el transcurrir del Encuentro nos fuimos encontrando. En estos días y pese a la distancia geográfica, crece mi admiración, respeto y cariño por él. Es, sin dudas, uno de los imprescindibles del poema de Brecht.
A los postres de un almuerzo nos contó su trágica y valiente historia. Estaba con nosotros la querida intelectual bolivariana Carmen Bohórquez, hoy Viceministra de Cultura de la Revolución Bonita, creo.
Martín nació en el Chaco paraguayo, de familia muy pobre. Fue pedagogo y, junto a su primera esposa, creó un Instituto célebre por su calidad educativa y los principios solidarios del cooperativismo. Por supuesto, la dictadura de Alfredo Stroessner los persiguió a muerte, literalmente. La esposa, Profesora Celestina Pérez, murió torturada por los genocidas. Martín lloró mientras nos contaba esta historia. Martín Almada, hombre digno, llora cada vez que refresca su memoria y ese llanto es su combustible más eficaz contra el perdón y el olvido.
Pasaron cosas, mientras tanto. Él mismo fue encarcelado y torturado. Ya se había recibido de abogado y su delito mayor, defender obreros e intelectuales libertarios, era incompatible con la corrupción y los vejámenes de la dictadura más añosa del continente.
En 1977 recupera la libertad, merced a la campaña internacional que pedía por su vida. Estando asilado en la Embajada de Alemania, descubre los archivos del Plan Cóndor, el 22 de diciembre de 1992, en Lambaré. A él le debemos ese hito histórico en la investigación de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por las dictaduras latinoamericanas, al amparo de la Doctrina de la Seguridad Nacional, corpus ideológico made in Henry Kissinger.
En esa época hablar de PM era designar al Partido Militar. El término lo usaban politólogos y periodistas emperifollados, al estilo Mariano Grondona y Bernardo Neustadt (que no descanse en paz, eternamente).
Se puso de moda hablar del Partido Militar como si toda la teoría política hubiese retrocedido a las catacumbas del pensamiento.
Una vez concluída la tarea de desmembramiento y disolución del aparato productivo de cada país, el Plan Cóndor y el PM, se adecuó a las nuevas directivas de los organismos que dirimen la timba internacional y las políticas necesarias para su aplicación. En la Argentina nos costó la desaparición de 30.000 personas, el robo de niños y de recursos naturales. Aún padecemos secuelas de esa infección.
Y tanto las padecemos que hoy PM no refiere más a la influencia militar en la sociedad. Hoy PM es Partido Mediático, con sus brazos agropecuarios, empresariales,industriales, pseudointelectuales y psicopáticos (véase si no a Miss Villa Freud), místicos o eclesiásticos. Todos bajo la sombrilla de los cómplices, ahora sabemos que activos, de aquel PM originario y tan sumisos y dependientes ellos, como en los años de plomo.
Claro que, puestos a imaginar, PM puede significar también Pura Mierda, Patria Mía (¡Ay!), Pinta Mejor y, la que más me gusta, Para Martín.

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