domingo, 5 de diciembre de 2010

¡Alerta!, recaudador flúo suelto

Los hechos, fríos, duros, son los siguientes: era el atardecer del viernes 26 de noviembre del año 2010 de Vuestro Señor. Las 19,20 marcaban los relojes. Nuestro destino final era el Concejo Deliberante de San Martín, donde se iba a celebrar el segundo acto por los festejos del aniversario de mi programa de radio. Previamente, debíamos pasar a buscar a Liliana Heker y Mempo Giardinelli, alojados en un hotel de calle Sarmiento, de nuestra ciudad.
Veníamos por Av. Belgrano, dirección Sur-Norte. Al llegar al cruce con calle Montevideo, frenamos. Por dos razones. En primer lugar, porque existe un cartel que dice PARE y, además, porque Montevideo tiene dirección Este-Oeste, es decir, tiene prioridad quien aparece por nuestra derecha. (No es un chiste histórico, es una verdad vial).
A unos 35 ó 40 metros más adelante, por Belgrano, hay una camioneta parada en doble fila y dos, sí, dos, agentes municipales "atendiendo" al conductor. Uno de ellos, hablando por celular, nos indica detenernos detrás de la camioneta. Obedecemos, obvio. Debemos esperar a que termine su conversación telefónica para saber de qué se trata. Nos dice, con actitud neutral, digamos rutinaria, que le facilitemos la documentación del auto y la conductora. Obedecemos, obvio. Nos pide el comprobante del seguro. Obedecemos, obvio. Los dos, conductora y co-piloto, con cinturones de seguridad colocados. El vehículo, con las luces reglamentarias y balizas encendidas. Todo prolijito, casi increíble. El inspector flúo rodea el auto, verifica que todo es normal y se asoma para informarnos que va a confeccionar un parte y a retener la licencia de conducir por haber cometido una falta grave. Así dijo, imperturbable, una falta grave. Estupefactos, preguntamos cuál. Nos dice, imperturbable, que no respetamos el disco PARE. La estupefacción empieza a mutar hacia la indignación. ¿Cómo sabe usted, le digo, si hablaba por celular y, además, está a más de 35 metros de esa señal? Es que usted me dijo, le espeta a mi esposa, que venía distraída. Así dijo, distraída. No obedecimos, obvio. Porque miente alevosamente.
Nos bajamos del auto con el indignómetro cerca de su temperatura crítica y lo tratamos como se debe tratar a un patotero con uniforme, ahora que nuestro país comienza a parecer un país en serio. Ofuscadísimo, interrumpo el tránsito para intentar, iluso de mí, solidaridad de mis conciudadanos. Pero me olvido que, como yo, iban a algún lado y querían llegar y este loco les jode el tránsito. Un piquetero solitario, discapacitado físico y vociferando en plena ciudad amable y acogedora.
Aparecen dos inspectorcitas flúo que tratan de calmarnos y nos sugieren, me sugieren, que me salga de lugar tan incómodo para tratar de "arreglar" el problema. Aunque, me aclaran, la licencia la retienen. Sí o sí.
En síntesis, nos hacen el parte, retienen la licencia de conducir y nos vamos masticando bronca, impotencia y ardientes deseos de encontrarnos con el inspector cara a cara en sede judicial, donde ya hicimos el descargo, obvio.
Algunas reflexiones. Lo normal, casi instintivo, de un funcionario vial que pesca in fraganti a un conductor en infracción, es ordenarle detener la marcha, acercarse e inmediatamente, recriminarle su falta. Sobre todo, si ésta es grave. No hace, como hizo, toda una búsqueda burocrática y mecánica para justificar una eventual multa. Porque eso es lo que buscó, desde que salió de su casa, el inspector flúo. Recaudar. Asegurar el pan dulce, la sidra y los turrones ahora que se acercan las fiestas de fin de año.
Lo más grave de este episodio urbano-vial no es la multa. Lejos, muy lejos estoy de compararlo con la masacre genocida que nos llevó a 30.000 de los mejores y desarticuló la sociedad argentina. Pero la matriz cultural es la misma. Habrá que avisarle a los funcionarios de la ciudad de Mendoza, que un uniforme no es más un pasaporte a la impunidad y el arbitrio. Es, seguramente, una rémora de aquel período de genocidio y horror. Un uniforme es, apenas, pilcha que identifica un trabajo determinado. Un significante que significa, diría un filósofo, y no la posibilidad cierta de humillar a otro ciudadano. El verde flúo de los viales capitalinos no es más que el guardapolvos de una enfermera, el vestir de un botones de un hotel o la ropa de un piloto aéreo.
Además, es bueno avisarles a estos machos uniformados que terminó la posibilidad de menoscabar la integridad de una mujer, que ya no es tan fácil pensar que, como la que maneja es una mina, tengo ventajas. Entre otras cosas, ya es hora de que se enteren de que la Argentina tiene una fémina que nos conduce sólida e inteligentemente.
Si el intendente municipal, Víctor Fayad, argumenta desconocimiento de esta situación, ya está avisado. Hay en su gobierno, en el área vial, un grupo que no pretende cuidarnos. Busca, primordialmente, recaudar. Aún mintiendo. Generalmente mintiendo.
El acto, en San Martín, fue una maravilla de creatividad y emoción.

2 comentarios:

  1. No tomó el nombre del flúo? Valdría la pena publicarlo, hacerlo responsable...

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  2. Si, se llama Mauricio Ponce, el inspector que, cobardemente se retiró apenas nos propinó el atropello. Saqué el nombre por su firma al pie del parte. En nuestro descargo está nombrado. Gracias.

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