jueves, 2 de diciembre de 2010

Los hijos, ese negocio

A veces creo que si, a veces que no. Cuando el Jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, dice que es una estupidez, creo que no. Pero cuando dice que es un problema de los EE. UU., creo que si. Cuando sugieren que es un golpe de Estado del Tea Party yanqui, esos fachos que no toman café porque es negro, creo que no. Pero cuando veo que daña, aún más, el prestigio de Obama y doña Hilaria, me parece que si. Cuando le miro la cara a los funcionarios norteamericanos se me ilumina mi rostro, pero cuando me entero que lo divulgado es un arreglo con Der Spiegel, El País, Le Monde, The Guardian y The New York Times para que se conozcan boludeces de alcoba y frivolidades varias, me digo que están escondiendo lo principal del queso.
Mientras tanto, pasan cosas, como dice Sandra Russo. Por ejemplo, avanza el proceso judicial para determinar si Marcela y Felipe Noble son o no son lo que parece que son: pibes robados.
Un poco de historia, querido Felipe Pigna, siempre viene bien, ¿no? Roberto Noble, el fundador del Diario Clarín, nació en La Plata, e hizo mucha, muchísima durante su vida. Joven aún se afilió al Partido Socialista pero, a no alegrarse, fue parte de una camada de socialistas sui generis que, por ejemplo, apoyaron el pacto Roca-Runciman, obra maestra del coloniaje. Después fue Ministro de Gobierno de Manuel Fresco, el gobernador bonaerense que, haciendo honor al apellido, nunca se calentó por respetar las formalidades republicanas. En este verdadero casting de nombres, vale incluír a nuestro protagonista que, sin ser duque ni conde, tuvo actitudes innobles de todo tipo.
En lo personal, don Roberto se casó, vía México, con Marta Zapata Timberlake y nació de ese romance, Guadalupe. Hoy, Guada es la titular de las Galerías Santa Fe, en Buenos Aires, columnista de Enrique Llamas de Madariaga, periodista categoría pithecantropus, y fue candidata a diputada, con suerte adversa, por la Democracia Cristiana. Suele decir que su papi fue un faro. O sea, una antigüedad oceánica.
Pero sigamos con el quía. Aunque era de Virgo, se murió de cáncer. Y aquí comienza el show. La puja hereditaria entre Marta Zapata, Guadalupe Noble y la nueva esposa, Ernestina Herrera, toma ribetes de novela romántica victoriana. Aparece en escena, entonces, Rogelio Frigerio, personaje político de renombre en la década del '50 y asesor primordial de Arturo Frondizi, sobre todo, para firmar el pacto con Perón que catapultó al desarrollista a la presidencia. Pero aquí lo tenemos a don Rogelio urdiendo un plancito un tanto macabro. Adquirir dos niños, adosarles el apellido Noble (siete años después de que los gusanitos se hicieran cargo del cadáver de don Roberto) y, así, arruinarle los festejos a la viuda vía México.
Repasando: Marcela y Felipe no son, en el mejor de los casos, adoptados. Son comprados, adquiridos como bienes, actores involuntarios de una tragedia cargada de billetes. Ya se sabe, detrás de una gran fortuna hay, casi siempre, una historia plena de mezquindades, traiciones, crímenes.
En poco tiempo más, si las chicanas no retrasan la investigación, se sabrá el verdadero origen de estos chicos, hoy adultos. Lo único seguro es que Marcela no apareció en una caja de zapatos, según la versión de la Viuda II, en la puerta de su casa.
Mi relato está basado en el testimonio judicial de Roberto Bandini, ex secretario de redacción de Clarín, mano derecha (bien de derecha) de Ernestina y nexo entre el diario y la Junta genocida durante los años oscuros del país. Otro caso de predeterminación por apellido: miembro conspicuo de una banda mediática-empresarial.
Mientras tanto, las Abuelas siguen buscando. Y nosotros con ellas.

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