miércoles, 18 de agosto de 2010

Ernesto Sanz y el neocáncer

Trato de buscar el tono. Trato de no escribir que el tipo es un hijo de puta. Tal vez se trate de ese neogorilismo del que hablaba el escritor Guillermo Martínez, hace poco en La Nación.
El tipo salió a decir que la Asignación Universal por Hijo había producido un aumento en el juego y en el consumo de drogas. Si hubiese tenido la edad suficiente, con seguridad habría salido a pintar en las paredes del país VIVA EL CÁNCER. Haciendo traspolación epocal, este exabrupto es su correlato.
Supongo que cada lugar de la Argentina debe tener sus contradictorios aportes humanos. Que se yo, pienso en Añatuya, por ejemplo, que dio a Homero Manzi, por un lado y, como contrapartida, a Monseñor Alberto Baseotto. O Jujuy, que da a Milagro Sala y a Gerardo Morales.
Mendoza, la nuestra, la que acunó la libertad, como dice el himno vendimial, ha dado a Leonardo Favio, Armando Tejada Gómez, Carlos Alonso, Benito Marianetti, Rodolfo Braceli y tantos otros: pero también ofertó a la sociedad argentina la nefasta secuencia de personajes como José Luis Manzano, Eduardo Bauzá, Roberto Dromi, Daniel Vila, Julio Cobos, Ernesto Sanz, ahora, entre tantos más.
Declaro con la mendocinidad que me queda, que las viñas no tienen la culpa, que las montañas son inocentes, los ríos se avergüenzan, que las hojas doradas caen de pesadumbre moral ante tamaña ignominia, que el Malbec, el Tardío, el Tempranillo y el Cabernet prometen lavar en vino tanta estupidez vengativa. Pero, seguramente, cada pibe de esta patria que ingresó al sistema educativo, a partir de la AUH, le demostratá al Senador de la Nación, que el juego y el tráfico de drogas prohibidas tuvo su auge con las políticas del neoliberalismo y con la protección de policías, jueces y funcionarios de entonces que hoy se rasgan las vestiduras en nombre de una desigualdad social que ellos mismos contribuyeron a consolidar. Esos pibes van a desintoxicarnos de estos sátrapas de la política, si sabemos respetarlos y acompañarlos.
Tengo la convicción de que la mamá de Ernesto Sanz lo crió, en San Rafael, con amor y con la esperanza de que sea un hombre probo. No le salió bien el asunto, pero cuando crecemos lo suficiente, no le podemos cargar nuestras maldades a papá y mamá. Por eso no lo trato como se merece. Por respeto a su madre.
13-05-2010

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